FIESTA ROLINGA

Nueva visita a un mundo feliz

Utopía rolinga en Floresta. Dos años después, la patria stone tucumana emergió para reencontrarse y confirmar su idilio eterno con Los Gardelitos. Como antes, como siempre.

19 Mar 2022 - 15:21

Gardel, Eli Suárez y Tucumán.

Sienten más los rolingas. Sienten mucho. Le ponen corazón a cada frase, a cada paso, a cada beso, a cada vaso y cada abrazo. ¿Qué hacen de día? ¿Dónde estuvieron estos dos años? Aquel 20 de marzo de 2020 seguro querían estar acá. Pero no podían, o no los dejaron. Y esperaron. Y acá están. Cuando suenan las sirenas del rocanrol, ellos aparecen al rescate. Llegan en colectivos colmados desde cerca y desde lejos, comparten cervezas en los bares y en las veredas, en las adyacencias del Club Floresta o donde mande la ocasión. Cantan y bailan. Comparten birra, faso, historias, alegrías y penas. La remera no tiene que coincidir con la banda que toca, dicen algunos. Dos años después, hay fiesta y rocanrol en Tucumán.


El humo de los choris se eleva entre la lluvia. La larga fila da la vuelta en la esquina, llega hasta la otra cuadra, se hace eterna. Las latas corren de mano en mano, de boca en boca. El puesto de remeras vende y vende, pero el de las birras vende más. Llega otro bondi lleno y adentro hay un quilombo tremendo, se divisan brazos y vasos por las ventanas. "No no no puede detenerme...", cantan. Y no pueden. En el bar de la esquina, unos viejos toman un café que luego reemplazan por wiski y no dejan de sorprenderse por los flequillos, las remeras negras, las banderas, las botellas cortadas que ofician de vasos, las topper de lona, y una danza extravagante que tal vez ya han visto en Okupas. No lo saben, pero están ante la materialización de la patria stone en Tucumán.


Eli Suárez irrumpe en un desbordado Club Floresta que se pone de pie para aclamar a Los Gardelitos, del Bajo Flores de Buenos Aires para todo Tucumán. Eli es el hijo de Korneta, prócer del rock que dejó este mundo en 2004 antes de que su banda llegue a la cúspide del rock nacional, con sus trajes inmaculados e impronta arrabalera que poco tiene que ver con el andar de los rolingas abajo del escenario, pero que por alguna extraña razón maridan a la perfección. Los Gardelitos vuelven a subir a un escenario dos años después, en el mismo lugar donde iban a tocar antes de la pandemia, antes de la cuarentena, antes de todo. 


Son un mito en sí mismos Los Gardele. Estos dos años estuvieron casi recluidos, guardaron silencio absoluto. No dieron notas ni pistas de su nueva formación, con el regreso de Jorge Rossi, sobrino de Korneta, en el bajo. Sin pedir permiso, anunciaron nuevas fechas pero empezando por Tucumán, donde tenían que tocar cuando ya no se pudo tocar y hubo que esperar para lo que los ricoteros llaman misa, los piojosos ritual,y que consiste en congregarse entre pares para sentir lo mismo. Con Eli al frente, la banda se abre paso y se presenta con un cover cuyo autor original se desconoce y que fue popularizado por Hugo del Carril en 1949. La Patria Stone baila y canta al compás de Los muchachos peronistas. "Rock nacional y popular. Rock Sudaca", sentencia minutos después. 


"Pero que nadie se espante si allá por Constitución la yuta obliga a las putas a vender milonga", canta en Sortilegio de arrabal, porque nunca duda en hablar de prostitución, de la policía, de droga. De lo que pasa en los barrios. Por eso lo escuchan y por eso lo quieren, y por eso explotan cuando suena Puño y letra, antes de rendir homenaje a 30 mil compañeros con Lo que vendrá. La fiesta es total cuando suenan los primeros acordes de Nadie cree en mi canción, siempre en libertad, mi amor oh oh oh.


A Mauro no le alcanzan las manos para vender todos los fernets que le reclaman. Cuestan $500, o dos por $1.000. Le gusta trabajar en recitales grandes, donde gana más que haciendo cualquier otra cosa. Pero claro, hace dos años que él y todos los presentes esperaban este show y los que vendrán. Detrás de Eli aparece la figura por supuesto de Carlos Gardel, pero también Eva Duarte, Jorge Bergoglio y Rafael Sebastián Guillén Vicente cuando comienza Comandante Marcos y la patria stone tiene sed, sed ser. Suárez saluda a Tucumán y empieza a contar las banderas que flamean como estandartes: Ezeiza, Mercedes, Santiago del Estero, Alberdi, Santa Ana, León Rougés y tantas más, antes de dar rienda suelta a Anabel.


"Ven a mi casa, sientate en mi mesa, toma mi vino, come mi pan. Y acércate, yo quiero ser tu amigo, quiero que aprendamos a compartir", invita en Dueños del poder, como una declaración de principios. Un ensamble de músicos tucumanos sube al escenario, una pareja baila un tango antes de Un taxi y La ciudad que se oculta. Nuevo éxtasis con Cobarde para amar y Amando a mi guitarra, himnos ineludibles en esta utopía rolinga. "Saludos a José Cuervo, el mejor bar de rocanrol del país", jura Eli y ya saben todos dónde sigue la fiesta, que todavía no termina.


El reloj confirma que es la hora de Los Gardelitos, que no necesita estribillos pegadizos, melodías melosas ni extravagancias para sentarse en la mesa grande del rock nacional, esa que está reservada para muy pocos. Cae agua del techo, Floresta le queda muy chico a Eli y los suyos en este reencuentro en el que ponen a todos a bailar cuando se prenden las luces para decir "buen día nena, que bien te vez sin el disfraz". Con Amor de contramano el éxtasis es total, Los Gardelitos saludan a Tucumán al conmemorarse esta noche el sándwich de milanesa y agradecen a los tucumanos y tucumanas por esperarlos dos años y porque Todavía quieren más.


Le explotan las lágrimas en la cara a un compañero rolinga que se emociona cuando escucha Envuelto en llamas y se quiere tirar de cabeza de la platea del estadio; más todavía cuando descubre que sigue Calles calientes y Suárez pide que lo ayuden a cambiar este mundo de mierda. Los Gardelitos se van, pero todos saben que vuelven. El baño es un hervidero, los pasillos también. Abajo del escenario ni hablar. Floresta es un infierno cuando se entonan las estrofas del himno nacional rolinga, Gardeleando. Ahora es nuestra la ciudad, ahora es nuestra y de nadie más cantan fundidos en un abrazo inmortal decanos y cirujas, hermanados por el rock barrial.


El cierre es explosivo: el nivel de manija es inconmensurable. Pasó la pandemia, viven los rolingas, vive el rock. No puedo parar mi moto es muy sincera, muy sentida. Es el rock. No no no no puedo detenerme, es que tengo algo adentro, siento que me estalla el corazón. Llegaron cantándola en aquellos bondis. La mancomunión es total. "Baila nena quiero ver tu cara entre las luces hoy", exclama Eli, y le responden al unísono "¡Vamos Gardele!" ante cada estrofa.


Todos a bailar que suenan Los querandíes, porque dice los que ellos sienten cuando bailan, que no necesitan las luces ni los lujos de la ciudad y que todo lo más lindo no se puede comprar. La fiesta tiene que terminar y Los Gardelitos se despiden recordando que hay lugar para todos bajo el techo del rock barrial, donde todo están hermanados, pero que también somos una Mezcla rara y no hay más extraño que ser tu adversario solamente por no pensar igual, por no sentir igual. Y cómo sienten los rolingas.





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