Historias de acá

La tragedia y el milagro de amor para los cinco hermanitos adoptados

Graciela se hizo cargo de sus cinco sobrinos después de que la madre murió por un aborto clandestino. Cómo podés ayudarla a cumplir con el sueño de los niños en la noche de Reyes Magos: “Siento orgullo del amor y no siento vergüenza por la pobreza”.

05 Ene 2021 - 20:14

Los cinco hijos adoptivos de Graciela.

La tragedia de los cinco hermanitos Soria empezó en 2015 con un aborto clandestino. Desesperada, Nora Argentina Gallo recurrió a uno de esos sórdidos antros para interrumpir su embarazo. Cuando salió de ahí, ya era demasiado tarde. Tenía una septicemia generalizada y los esfuerzos de los médicos del hospital no pudieron salvarla. El golpe de esa desgracia fue demasiado para su marido Miguel Ángel Soria que perdió el trabajo y se volcó al alcohol. María Sasha Angélica, Ángel Miguel, Rosa del Milagro, Alan Benjamín y Cristopher Nahuel quedaron a la deriva, así lo define quien entonces era su tía y ahora cumple el rol de madre: Graciela Rosa Soria. La mujer fue hasta la casa de la familia en Delfín Gallo y encontró al menor de sus sobrinos, entonces de seis meses, desamparado. La escena le estrujó el corazón: “Me partió el alma. Cuando lo vi dije este chico está muy enfermo, yo me lo llevo hoy”. Ese fue el comienzo de una nueva vida para ambos y de un gesto de amor que tiempo después se expandió: “Yo vivía solo con Nahuelito. Me hablaron de minoridad para traer a dos de sus hermanitos y les dije: yo voy con todos y que Dios me ayude”.

“Nahuel me salvó la vida y yo a él. Estaba muy depresiva y tenía que poner el hombro con un hijo adolescente. Nahuel me enseñó lo que es la paciencia, el amor y el amor al prójimo. No importa si es tu familia, tenés que amarlo, estar y brindar todo de tu parte”, cuenta con vos amable Graciela. Hace casi seis años, cuando se hizo cargo de su sobrino, acababa de separarse después de 20 años de matrimonio y había quedado sola con su único hijo biológico. Según confiesa, estaba muy mal sentimentalmente y ese encuentro fue reparador para ambos. Nahuel estaba desnutrido y padece de retraso madurativo, secuelas físicas con las que viene peleando para salir adelante de la mano de esa mujer a la que todos los días llama mamá. Graciela tenía el corazón roto; un corazón con muchísimo amor para dar. 

Y si hacerse cargo de Cristopher Nahuel significó el comienzo de una nueva vida, un llamado telefónico terminó de cambiarla para siempre. Fue hace casi cuatro años cuando un funcionario del área de minoridad y familia la llamó para preguntarle si podía hacerse cargo de otros dos de sus sobrinos que iban a pasar a la Casa Cuna. Alma mía, no vas a regatear se dijo Graciela a sí misma y no dudó en responder que se haría cargo de todos sus sobrinos. En su corazón parchado de afecto maternal había lugar para Nahuel y sus cuatro hermanitos. Lo suyo fue un acto de amor y también de entrega total: “Me shockeó que ellos iban a estar separados porque son mi sangre, son mí familia. Me acuerdo que yo me lloré todo ese día. Dije como sea vamos a acomodarnos. Cuando vinieron ellos ya tuve que renunciar al trabajo que tenía. Para mí ha sido un cambio total y no me arrepiento jamás. Yo siento que me dejé de lado a mí misma porque soy una persona joven y podía rehacer mi vida, pero los elegí a ellos. Ahora, adonde voy, voy con ellos”. 


La mujer de 47 años trabajaba entonces como cocinera en un bar y tuvo que renunciar para hacerse cargo de los cinco hermanitos que se instalaron en su casa del barrio Ciudad Parque. Y como si el amor trajera más amor en una especie de onda expansiva, sus vecinos le dieron una mano para que pudieran emprender esa nueva vida todos juntos. Uno le regaló una balanza comercial, otro un mostrador, alguno ofreció un freezer y Graciela pudo montar en su hogar un emprendimiento de venta de pollos y no alejarse de los niños que tiene a su cargo: “Mis vecinos son un amor, a ellos les debo todo”. No fue el único de los gestos: le acercaron colchones para sus hijos adoptivos y hasta un vecino médico ofreció sin cargo sus servicios de kinesiología para la fisioterapia que debe afrontar Nahuel. Una red solidaria que los impulsó a sobrellevar la tragedia y reinventarse como familia. 

“Con los cinco, soy la gallina con los pollitos, a mí no me los saqués. Yo los amo porque, imaginate, ellos no se quieren mover de acá. Los más grandes me dicen tía porque yo quiero que tengan la imagen de la madre presente. María, la mayor, no se llevó ninguna materia y ya empezó la secundaria”, comenta con orgullo maternal Graciela que comparte su habitación con sus hijos del corazón. Enzo, su hijo biológico de 22 años, ya no vive en la casa que no es tan grande como la generosidad de ese corazón capaz de albergar a María Sasha Angélica (de 12 años), Ángel Miguel (de 10), Rosa del Milagro (de 9), Alan Benjamín (de siete) y Cristopher Nahuel (de seis). El pasar económico de la familia no es el mejor, pero ella tiene en claro que eso no es lo más importante: “Con lo que gano me alcanza sólo para darles de comer y pagar la luz, que a veces me viene hasta 12 mil la boleta. Antes, vivía siempre en prestamistas para comprar los pollos y ahora conseguí una consignación. Yo siento orgullo del amor y no siento vergüenza por la pobreza o por la humildad. A veces estamos arriba y otras no. Te juro que no me arrepiento de nada… tuve mucho, tuve poco y también tuve nada”. La única ayuda económica que recibe Graciela son los $13.000 de la Asignación Universal por Hijo y el resto sale todo de su esfuerzo vendiendo pollos y de las viandas que prepara para vender.

Enzo y Nahuel, primos de sangre, hermanos del corazón. 

Según revela, uno de sus puntales es la fe católica y la vida espiritual. A veces, esa ayuda divina que, asegura, la sostiene en los momentos más difíciles, se manifiesta en las situaciones más triviales de la vida cotidiana. “Una vez vienen los de EDET y le cortan la luz al del frente, al verdulero y a la vecina de la esquina y a mí no. Le digo al hombre que yo ya tenía fecha de corte y me dijo que a mí no me tocaba… Pasaron tres días y pude juntar la plata y nunca me cortaron. Como no voy a creer en los milagros, yo creo que Dios está con nosotros porque yo siempre digo que Nahuel me salvó la vida y yo a él. Si yo no tuviera fe y buen humor esto no anda. Nosotros hablamos siempre del equipo que formamos, si no hay equipo, no funciona. Tienen sus días buenos y malos y tienen derecho a estar malhumorados, como la tía”, cuenta entre risas Graciela. Basta escucharla para contagiarse de ese optimismo vital que se traduce en una ternura arrasadora. 

Graciela, que ya tiene la tenencia de Cristopher Nahuel, ahora va por la tenencia de los otros cuatro. Aunque no necesita de ningún papel que certifique su cariño. En esa nueva familia ensamblada por el afecto mutuo, Graciela es la capitana del equipo y la capitana del amor: “Nos armamos un equipo y ellos me guían. Estamos sacándole el potencial a cada uno, de acá van a salir artistas, recicladores que hacen macetas, chefs… porque también me ayudan a amasar, a cocinar. Estoy completamente segura de la decisión que tomé, siempre que hablo ellos me emociono, no sé qué sería mi vida sin ellos”. En las buenas y en las malas - como la que les tocó vivir en octubre pasado cuando ella contrajo Covid y debió aislarse de los niños -, mucho más amor. Sin mendigarlo ni regatearlo. Sin guardarse nada, ni una gota. Graciela lo da todo. Graciela va por todos. Graciela va con todos. 
 
El milagro de reyes magos
 
En su casa del barrio Ciudad Parque y siempre junto a su mamá del corazón, los cinco niños juegan con lo que tienen a mano. Se tienen entre ellos y eso alcanza y también sobra para zambullirse en la felicidad cotidiana de las pequeñas cosas: “Todas las tardes, como hace mucho calor, nosotros tenemos patio y una manguera así que podemos divertirnos jugando al carnaval. Empezamos a la antigua, a los manguerazos, pero acá el vecino de al lado tiene pileta y el de frente también tiene y ellos ven y también quieren, como todo niño… la cara de ellos a mí me mata”. 

Entonces a Graciela se le ocurrió que el mejor regalo para que puedan disfrutar del verano todos unidos era pedirles a los Reyes Magos una pileta de lona. Eso sí, ante la cruda realidad económica que les toca vivir, ella eligió hablarles desde el corazón, aún a riesgo de romper esa ilusión infantil con que los niños esperan esta fecha: “Me senté a explicarles con la biblia que los reyes magos eran astrólogos y se guiaban con una estrella. Les conté la historia y que, desde entonces, quedó la leyenda de que los niños deben recibir un regalo, pero hay papás que tienen y otros que no tienen para comprarlo. Siempre les voy con la verdad y les dije que, cuando yo pueda, voy a hacerles un regalo, pero lo principal es que Dios está feliz de que podamos estar unidos y con salud. Lo importante es estar juntos y que nos tenemos el uno a los otros”. 

Para esta noche, Graciela está empeñada en conseguir el regalo que tanto desean los cinco hermanitos. “Para reyes como sea vamos a tener una pileta, por eso me preocupo un poco porque ya es martes y todavía no tenemos la pileta. Me habló una señora que quiere regalarme una, espero que se dé. No te digo que me la regalen, pero si me quieren vender una pileta accesible también será muy bienvenida… Ya me estoy imaginando la cara de ellos cuando tengan la pileta”, cuenta y deja su teléfono y una cuenta bancaria para quien desee ayudarlos: 3816232534, CBU: 3220051329003416540011. Claro que no es lo único que necesitan: “Te soy sincera, en verano los chicos andan con las Crocks porque no tienen zapatillas”. Con zapatos o sin ellos, con o sin regalos, lo que a los hermanitos les sobra es amor y no necesitan pedirlo. 


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