Uno en Santiago y otro en Tucumán, hace 40 años se vieron por última vez. La historia de esta amistad conmovió a muchísimas personas, pero no había caso: Eduardo seguía sin saber qué le pasó a su amigo. Hasta hoy.
Eduardo y Miguelito.
El prefijo 0381 apareció en la pantalla del celular de Eduardo. Del otro lado de la línea, una señora. Se llamaba Elizabeth Cruz y vive en El Colmenar, donde Eduardo había visto por última vez a Miguelito, su mejor amigo a quien vio por última vez hace 40 años. Durante este tiempo, Eduardo no había tenido noticias de Miguelito. Hasta hoy.
Es una historia de amistad que ha conmovido a muchas personas, pero no había caso: “Siento que está vivo y que me necesita”, le decía a el tucumano Eduardo Santos, uno de los protagonistas de esta historia, el hombre ahora de 70 años y que a los 21 había venido a Tucumán como muchos santiagueños para estudiar Ciencias Económicas.
En la esquina de la pensión de calle 24 de Septiembre y Muñecas, había un bar donde trabajaba Miguelito, el mozo que le calmaba el hambre a su amigo Eduardo con un café con leche con tortillas, el que le pedía prestado el traje para ir al Casino de Tucumán, el que una noche ganó y cenaron un bife para dos después de mucho arroz y fideo, el que le pedía a Eduardo que le escribiera las cartas para la chica que le gustaba, el mismo Miguelito que se derrumbó cuando su madre se fue un día de su casa en El Colmenar y no volvió más. Hasta el 5 de marzo de 2013.
“Recibí el llamado de una señora de El Colmenar. Miguelito era el padrino de uno de los hijos de la señora, comadre de Miguelito. Cuando me llamó me dijo que ella vivía en el Barrio Sibantos, que tomara el 105, y que pregunte por Elizabeth Cruz. Ya se había conectado varias veces hasta que me dijo que Miguelito había fallecido. Yo no quería aceptar que es él, hasta que vi la foto. Miguelito falleció el 5 de marzo de 2013. Ese día la madre volvió a Tucumán para ir a su funeral”.
Eduardo toma un vaso de agua para calmar la presión. Se emociona por el final de su búsqueda, por el final no deseado, pero con el alivio de saber que lo buscó hasta el último día: “Estoy triste porque se fue mi amigo. Recién ahora puedo saber toda la verdad gracias a la señora que me llamó. La comadre de Miguelito conoció a la madre de Miguelito, que vino para despedir a su hijo. También conoció a sus hermanos. Viven en Buenos Aires”.
La última imagen de Eduardo con Miguelito había permanecido imborrable en su recuerdo: “En el 82 me había casado, volvíamos con mi señora de la luna de miel, la convencí de que fuéramos a buscarlo y lo encontramos en su casa de El Colmenar: siempre había sido gordito y ese día estaba flaco. Compré un pollo y mercadería. Nos quedamos a dormir esa noche. Y al día siguiente iba a tirar los huesos del pollo, pero Miguelito me pidió que no lo hiciera: ‘Voy a hacer una sopa con los huesos, Eduardo, no los tirés’. Esa frase se me clavó en el alma”.
Pasaron 40 años sin tener noticias el uno del otro: cientos de recuerdos habían quedado en la memoria: días de mate cocido y también de café con leche, noches de arroz con arroz y también de carne, las novias, los abandonos y una búsqueda que hoy llegó a su fin: “Por más desagradable que sea la noticia, ahora sé la verdad. Mire lo que son las cosas: la madre que se había ido volvió para despedirlo a Miguelito que fue cuidado hasta el último día por su padre, a quien le decían Paco, quien tenía una verdulería. A veces íbamos. Ahora cuando termine la cuarentena voy a ir a dejarle una rosa al cementerio. Su comadre me va a acompañar”.
Eduardo Santos.
Miguelito García, junto a su comadre Graciela y sus ahijados.