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Falleció "El Loco" Salinas: el tucumano indomable que tocó el cielo con Boca y prefirió vivir a su manera

A los 70 años, falleció Carlos Horacio Salinas, una de las figuras de la Intercontinental xeneize de 1978. Un wing guapo, desfachatado y de honestidad brutal que gambeteó la gloria y la malaria con la misma rebeldía del potrero.

02 Sep 2026 - 09:12

Carlos El loco Salinas.-

Se fue el último rebelde del asfalto. El fútbol argentino despide a uno de esos personajes de los que ya no se fabrican. El martes 1° de septiembre de 2026, a sus 70 años, falleció Carlos Horacio "El Loco" Salinas. De origen muy humilde en el barrio Ciudadela de San Miguel de Tucumán, "Semilla" —como lo conocían de pibe en su provincia natal— pasó sus últimos años en un departamento de Caballito en condiciones bastante precarias, subsistiendo gracias al apoyo de la Mutual de ex jugadores de Boca. Se fue un crack con todas las letras, un tipo que conoció el millón de dólares y la noche porteña, pero que terminó sus días sintiendo que nadie le quitaba lo bailado.

Su historia empezó con la desfachatez que lo marcaría siempre. A los 15 años, mientras vivía en una pensión en Jujuy con su hermano, le dio un baile memorable a la Selección Juvenil en un amistoso de pretemporada. Enseguida llegaron telegramas de San Lorenzo y de River pidiendo su pase. Aunque era hincha de Boca, recaló en Núñez. Su paso por el Monumental fue corto pero inolvidable, sobre todo por la locura que precipitó su salida: tras un superclásico, cambió la camiseta con un rival y, al día siguiente, se paseó por todo el hall de entrada de la cancha de River cobrando un premio con la azul y oro puesta. El propio presidente del Millonario, Rafael Aragón Cabrera, lo cruzó incrédulo:

— Pibe, ¿cómo va a venir así al club? Usted está loco.

Al mes, ya lo habían vendido a Chacarita.


En San Martín se convirtió en capitán y figura indiscutida del Funebrero. Su nivel llamó la atención del "Toto" Juan Carlos Lorenzo, quien puso los ojos en ese tucumano de 20 años, crack y pendenciero, y lo llevó a Boca en 1978 con el visto bueno del "Chapa" Rubén Suñé. Allí, Salinas tocó el cielo con las manos en un romance tan intenso como tormentoso. Fue una de las piezas clave en la obtención del Torneo Metropolitano, la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental de ese año, recordado especialmente por clavar el tercer gol en la final del mundo en Alemania ante el Borussia Mönchengladbach, en un histórico 3-0. Era un wing guapo, rápido y peleador, que despertabas admiración incluso en César Luis Menotti. Pero su temperamento también le jugaba malas pasadas: fue suspendido por 25 fechas tras agarrar del cuello al árbitro Abel Gnecco, y en otra ocasión se sacó un botín y se lo revoleó a un plateísta que lo hostigaba.

En 1981, el destino lo empujó fuera de la Ribera. Boca necesitaba desprenderse de algunas figuras para financiar la compra de un pibe que la rompía: Diego Armando Maradona. Salinas entró en el histórico pase a Argentinos Juniors. Y el fútbol, que es pícaro, le guardó un capítulo de colección. El 15 de agosto de ese año, el mismo día que el Diez daba la vuelta olímpica con Boca, al "Bicho" le cobraron un penal caliente que definía el descenso de San Lorenzo. Nadie quería hacerse cargo.

— Mis compañeros estaban todos atrás del arco agarrándose las medias, nadie quería patear. Encima, con toda la hinchada de Argentinos detrás de ese arco, recordó el Loco años después.

Él agarró la pelota, vio que el arquero se tiraba antes, la tocó suave al otro palo y mandó al Ciclón a la "B". Lo curioso es que pateó sabiendo que al día siguiente viajaba a España para sumarse a Independiente.

Su carrera siguió por el Rojo de Avellaneda, Colombia —donde lo apodaron el "Pájaro Loquillo" en el DIM—, Estados Unidos, Alumni de Villa María, Racing de Córdoba y un regreso nostálgico a Gimnasia de Jujuy en la B Nacional. Se retiró joven, a los 31 años, tras errar un gol imposible frente al arquero de Quilmes. El final fue de una honestidad brutal:

— Tenía mil opciones para definir. Era un gol que mi vieja con tacos altos hacía. Cuando terminó el partido, pensé: "Carlos Salinas no puede errar este gol". Dije chau. Colgué los botines. No jugué más.

Abajo de la cancha, la vida del Loco fue un torbellino de excesos, noches largas y anécdotas que él jamás se preocupó por maquillar. Cuando le preguntaban qué había hecho con toda la fortuna de su época dorada, que incluyó siete departamentos, autos importados y lujos, no titubeaba:

— Me lo he gastao en putas y en merca. Yo soy el Loco Salinas.

Pasó tres meses en la cárcel de Devoto por una causa de drogas en la que juró que le habían hecho una cama. Ante la pregunta de para qué servía la balanza de precisión que le encontró la policía en su casa, retrucó con genialidad de potrero:— Era para pesar cartas. Hay mucha gente que me manda cartas. Son mis admiradores.

También desmintió con risas sus supuestos intentos de suicidio o problemas graves de alcoholismo:

— Decían que tuve que ir a Alcohólicos Anónimos y nada que ver. Lo mismo que cuando dijeron que me quise tirar desde mi balcón, como Suñé. Cualquier cosa, si debajo de mi departamento hay un balcón terraza, ¿a dónde me voy a tirar?

En sus últimos años, alejado por completo del ruido mediático, Salinas se convirtió en un filósofo ermitaño, sin teléfono porque no quería hablar con nadie. Se levantaba tarde, baja al bar de la esquina a comer media porción de muzzarella y volvía a dormir la siesta. Ya no le quedaban amigos de la pelota:

— Ni uno. Cuando la carrera se termina, cada chancho a su rancho.

Y cuando un periodista le preguntó por Gabriel Batistuta, el Loco dejó una de sus mejores postales de honestidad desarmante:

— ¿Cuál es la diferencia entre Batistuta y yo? La guita. Él es millonario, pero no puede estar parado ni una hora porque tiene las rodillas rotas... ¿Qué hace Batistuta, decime? Nada. Igual que yo. Todos los exfutbolistas estamos al pedo.

Se fue el Loco Salinas. El que jugaba con el alma, el que no le debía nada a nadie y el que entendió la vida con sus propias reglas de juego. Cuando le preguntaron qué era la vida, contestó simple: "¿Y qué es la vida? Decime vos. ¿Qué es? Nada es la vida". Hoy el fútbol argentino tiene un poco menos de potrero y mucho menos de esa locura linda que él llevó siempre como bandera.


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