La espera de la final del mundial alteró el habitual transcurrir del tiempo. Nada nos devuelve a la niñez como la inminencia de la felicidad, por eso llegamos al domingo de la mano del changuito que fuimos. Por Exequiel Svetliza.
Foto: Instagram Diego Aráoz.
Los relojes nunca nos han mentido tanto. No es que hayan renunciado a su condición de máquinas ni a su función de contar el paso de los minutos, de las horas, de los días. Pero, desde la tarde del martes, las agujas y los números de los cuadrantes digitales fracasan en su intento incansable de ubicarnos en la tenue fugacidad del ahora. Es un esfuerzo vano porque en estas latitudes –acaso también en Bangladesh- nadie vive, nadie está, nadie piensa ahora. Todos estamos más allá, como Nahuel Molina corriendo más rápido que la pelota en la jugada del segundo gol de La Selección ante Croacia. Le pedimos al reloj que se apure, que intente alcanzarnos. Le hemos dado todas las vueltas posibles a la cuerda que nos mueve y las agujas nos corren de muy lejos. Estamos acelerados. Estamos apurados. Estamos manija. Movidos por una ansiedad desbocada, forzamos tanto el mecanismo del tiempo que algo se rompe. De pronto, soy niño otra vez y viajo de vacaciones en el asiento de atrás del auto de mis viejos. La ilusión y la promesa es conocer el mar, pero tras la ventanilla el paisaje ofrece la sucesión vertiginosa de alambrados, montes, vacas, campos, tierra arada, más vacas y más campos. Entonces, pregunto con exasperante regularidad: ¿Ya llegamos? ¿Falta mucho? ¿Ya es domingo?
Nada nos devuelve a la niñez de forma tan contundente como la inminencia de la felicidad. Esperamos para encontrarnos con el mar. Esperamos para abrir los regalos de navidad y de reyes. Esperamos que los pies nos lleguen a los pedales para andar en bicicleta. La espera es parte de una alegría por venir; una alegría que es nueva y única y siempre está sucediendo por primera vez. Muchos recibimos el carnaval anticipado de esta final mundialista con ese entusiasmo infantil que creíamos perdido. Poco importan en estos momentos las exigencias del mundo adulto: las cuentas que no cierran, el aguinaldo que no llega, el acecho del ruidito del auto, la factura de la luz, las fiestas de fin año, el calor, el laburo, el tránsito del centro y la mar en coche. No importa más nada porque aquel changuito que fuimos ha venido a buscarnos para llevarnos de la mano hasta el domingo al mediodía. Y ahí estamos ahora, esperando que Papá Noel, los Reyes Magos, el Gauchito Gil o El Diego nos traigan eso que tanto les pedimos. Esta vez no hace falta ni escribir la cartita. Ellos ya saben.
Es acaso ese mismo niño el que impulsa la manija de estos días como quien le da cuerda a un juguete hasta tensar al máximo todos sus resortes y engranajes internos. Vemos la foto de una pareja chapando arriba de un semáforo en los festejos. Una vuelta. Vemos el video de un changuito tirando pasos a lo Michael Jackson con la diez de Messi. Otra vuelta. Con las imágenes de un grupo de hinchas subidos al techo de un colectivo. Otra vuelta. Con la efervescencia de la canción abuela la la la. Otra vuelta. Con un video del Maradona de ojos llorosos. Otra vuelta. En los sofismas de café donde se debaten formaciones y nombres, dibujos tácticos y estadísticas, cábalas y brujerías. Otra vuelta más. Aunque intentemos abstraernos del contexto y hacer de cuenta que no pasa nada excepcional a nuestro alrededor, que la vida sigue como siempre. Aunque hagamos fila en el banco, saquemos a pasear el perro, cuidemos las plantas del jardín o leamos la última novela de un best seller húngaro. Basta con cerrar por un momento los ojos para que empiece a sonar en loop la más maravillosa música, esa que reza: “Muchachos… Ahora nos volvimos a ilusionar…”.
Esa manija es gigante porque está hecha a medida de nuestras más elevadas ilusiones. No es para menos, es la manivela que impulsa el sueño de muchos. De grandes, de chicos, de todos. Aún de los que intentan permanecer ajenos al fútbol, al mundial y a esa locura inusual que ha pintado nuevos colores en los rostros en las calles. ¿A quién puede amargar la alegría popular? Claro que hay exegetas (siempre los hay) que repiten que los goles no dan de morfar ni pagan la deuda externa ni cambian el destino de las naciones. La razón los asiste, pero no los corazones que saben que no hay alegría más feliz que aquella que se comparte con otros. En ese mismo palpitar andamos ahora quienes creemos que este puede ser un lugar un poco más bello y un poco más justo para nosotros después del domingo.
Bienvenidos y bienvenidas entonces a la manija más grande del mundo. Tal vez en diez, en veinte, en treinta, en cuarenta años o más, recordemos donde estuvimos y con quien el mediodía del domingo 18 de diciembre de 2022. Si Messi y los nuestros levantan la copa ganaremos mucho más que un mundial. Le habremos ganado a la tiranía del tiempo y sus mentiras.
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