La selección africana quedó afuera con una entereza conmovedora y jugando un buen fútbol ante el último campeón mundial. Por Diego Jemio.
Jorge Luis Borges sabía poco de fútbol. Tampoco se preocupaba por entenderlo ni disfrutarlo como sí lo hicieron Pier Paolo Pasolini o Albert Camus, entre otros intelectuales. Durante el Mundial de Argentina 1978, el escritor amenazó con dejar el país para evitar el “batifondo infernal” que suponía la organización del torneo. Y pensaba que un país entero no podía ser representado solamente por once atletas de un deporte. “Es como si lo representaran once dentistas”, repetía.
Justo él, tan poco futbolero, dejó algunas de las frases más exactas para definir esto de ganar y de perder, de la gloria o la mierda, de quedar en la memoria colectiva para siempre o ser carne de olvido. En “Nota para un cuento fantástico”, del libro “La cifra” (1981), Borges escribió lo siguiente: “En Wisconsin o en Texas o en Alabama los chicos juegan a la guerra y los dos bandos son el Norte y el Sur. Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece, pero también sé imaginar que ese juego, que abarca más de un siglo y un continente, descubrirá algún día el arte divino de destejer el tiempo o, como dijo Pietro Damiano, de modificar el pasado”.
En la segunda semifinal de este Mundial, pero principalmente en todo el torneo, Marruecos encarnó como nadie esa dignidad que menciona Borges, que no sabía por futbolero sino por viejo sabio. Primero están los números, lo mensurable: se convirtió en el primer país africano en llegar a esas instancias en una copa del mundo. Dejó atrás a un campeón como España en octavos y por penales -el último se dieron el lujo de patearlo a lo Panenka-, al Portugal de Cristiano Ronaldo en los 90 minutos y se topó en semifinales con Francia, último campeón y dueño de un plantel muy superior.
Con ese panorama, Marruecos jugó como si no existiera la historia, como los chicos de Wisconsin o Texas que menciona Borges. Hizo un partido lleno de atrevimiento, con una demostración de carácter conmovedora y con un gran manejo de la pelota que, por momentos, fue de su exclusiva propiedad. Logró atorar a un Francia que le ganó por dos ramalazos de talento; fueron grandes ráfagas de una técnica que le sobra en los jugadores de cancha y en el banco de suplentes.
Dos momentos de lujo del perdedor, que quedan en la memoria inmediata post partido, pero se olvidarán pronto: la chilena de Jawad El Yamiq que podría haber sellado el empate y sido uno de los goles del Mundial. Los momentos en la cancha de Azzedine Ounahi, un jugador que tiene una visión de juego riquelmiana, calidad técnica y el despliegue de alguien de 22 años. El técnico Luis Enrique, que lo padeció con España, reaccionó como quien descubre una gema y comenzó a recomendarlo al volver a casa. Juega en el modesto Angers de Francia y después de este mundial es pretendido por el Barça.
“¡Somos el Rocky Balboa del Mundial!" definió el técnico Walid Regragui a su equipo. Esas palabras son simpáticas para titular una nota pero no le hacen honor a un equipo que fue más que coraje y tuvo momentos de buen fútbol y juego asociado. Rocky encarnaba como nadie el periplo del héroe en el cine. Acá no hay resurrección como en las películas de Hollywood ni una piña ganadora. Pero sí irse a casa con el goce sibarita de haber jugado el mejor fútbol posible.