Argentina vuelve a estar en una final del mundo. Un viaje turbulento que hoy tuvo por primera vez un descanso para los corazones. Con la mejor versión del piloto Messi, con un copiloto impensado como Julián y la Scaloneta tuvo un partido soñado: efectivo y sólido.
Luego del torbellino naranja que nos azotó en ese viernes caluroso, los miocardios se relajaron para disfrutar del fin de semana. Sin embargo, el frenesí fue efímero y toda la algarabía se esfumó rápidamente, como si se tratará de la lluvia en Tucumán, para volver a convivir con la dura realidad cotidiana, llena de humedad, cortes de luz, mosquitos y transportes públicos sin aires. Todo sumado a la ansiedad exuberante de volver a vivir una instancia definitiva, a sufrir por estos colores que nos dan y quitan años de vida, a seguir ilusionados con el sueño máximo que nos provoca insomnio y hace que nuestras obligaciones pasen a segundo plano, que quizás, como dicen lo más puristas, el fútbol, que es la cosa más importante de las menos importantes, se vuelva lo único relevante, por lo menos, en dos horas.
Encima un martes, un día laboral, como aquel fatídico debut ante Arabia Saudita.
Nos sentamos con los rituales necesarios, con los rezos ya recitados y con la esperanza alta e intacta para ver un partido complejísimo: al frente está la joven nación croata, con uno de los mejores mediocampos de este Mundial, teniendo al mago Modric en un gran nivel y que viene en alza luego de ganarle un duelo de manera combativa a la fatua Brasil, tras ir perdiendo en tiempo extra, para remontar y definir en penales, dejando fuera a uno de los grandes candidatos, que ya se bordaba su sexta estrella para terminar coreando “Tristeza nao tem fim”. Tal es así que Scaloni plantea un 4-4-2 de inicio, para apagar esta llama balcánica y sobre todo a su corazón de león que porta la 10, sin dejar de obviar la generación de juego, poniendo como volantes externos a jugadores más técnicos que veloces.
El principio del rodado del balón es lento y pastoso, mucho más que esas galletas viejas que dejaste a la intemperie y comiste por error, donde la posesión de la pelota se vuelve ostensible, pero a la vez, improductiva, sin concebir peligros en ninguna de las dos de las áreas. Mientras vos ya pensás en posibles pateadores para esos penales, aún cuando falta una eternidad. Visto lo visto, nadie iba a poder abrir ese cerrojo impenetrable que presentaban los dos conjuntos y esto era un 0-0 de manual. Sin embargo, alguien tenia que salir de esta pantomima insípida, de romper esas cadenas que aprisionan las piernas y no permiten el libre albedrío, y ese alguien es un jugador diferente, que no le teme a los reflectores y tiene la sinvergonzonería de jugar a la pelota como si estuviera en el patio de su casa: Enzo Fernández, que le apartaron de un par de tareas defensivas, se adelanta unos metros y ve en su radar a un único objeto albiceleste surcando por la última línea defensiva croata. Con un pase más exquisito que el asado que comes cada muerte de obispo, logra ubicar y dejar solo al inagotable Julián Álvarez. Semejanzas con lo que vivimos en 2014 con Rodrigo Palacio y velozmente soltamos “¡¡¡ES POR ABAJO!!!” pero la Araña decide picar de manera más sutil, haciendo que el balón vaya por un lado y él, habilidosamente, ir por el otro. Esto sorprende a un inocente Livakovic que se lo lleva puesto por delante como tren sin frenos y la pena máxima es sancionada. Abrir la lata en un encuentro así no es para cualquiera, pero en el Mundial del Messías, que busca ser profeta en tierra prometida, nada parece amedrentarlo. Sujeta ese esférico con la convicción insustituible que se precisa en momentos de tensión colosal y con un golpeo impasible, bate a un arquero con el mote de “ataja-penales”, porque Él todo lo puede, porque Él todo lo quiere. El astro hace hasta golazos de penal. Es un artesano de lo incómodo, un equilibrista empedernido que no teme transitar por la cornisa y que ama los riesgos, porque de su mente no sale ese objetivo dorado y tan preciado, tocado por algunos pocos y anhelado por tantos.
Argentina ya experimentó la desazón de los momentos de zozobra que arrebatan todo tipo de ilusión. No es tiempo de relajarse, hay que ir por más. Así lo entiende el de Calchín, que luego de una salida en una pelota detenida de Croacia, le sirven la pelota para que sea el líder de una estampida albiceleste. Como un caballo de carreras, recorre más de 50 metros, con esas anteojeras que únicamente le permiten visualizar la línea de meta, en este caso, tres palos blancos que los anexa una red. En el camino, un pie balcánico quiere interponerse en su ideal, pero a este pura sangre no lo detendrán tan fácilmente. Otro pie aparece, estéril ante el galope de esta bestia, que define con una tranquilidad digna de los mejores maestros zen. El potrero nacional forja luchadores de lo imposible, creyentes de lo inalcanzable que se sostienen en una piedra angular: la satisfacción de convertir, ya sea en el barrio o en un estadio mundialista. Como si se tratase de su Córdoba natal, Julían demuestra todo su coraje y se funde en un abrazo con el Messías, para aportarle tranquilidad a este momento argentino.
Faltaba la frutilla del postre. Faltaba ver de qué era capaz la Scaloneta en el complemento, teniendo que aguantar a unos furiosos croatas que son perseverantes a más no poder. Aguantando, sufriendo, conteniendo, tratando de apaciguar la furia roja y blanca. Y en esta función no se podía privar del truco de magia característico de Él, de la rutina de lo extraordinario, de lo magnífico de un tipo que emociona en cada corrida, en cada gambeta, en cada intervención. En este caso su rival es el Batman Gvardiol, un central de 20 años, catalogado como uno de los mejores del mundo y ya tasado en 100 millones de euros. 15 años lo separan. Pero el Guasón zurdo de 1,69 m lo vuelve loco. De aquí para allá. No lo puede anticipar. No lo puede leer. No lo puede atrapar. El talento no comprende de limitaciones que la edad puede imponer, menos cuando en la mente hay sensaciones que van más allá de cualquier cosa tangible, cuando una persona tiene algo entre ceja y ceja, y tiene las capacidades superlativas para alcanzarlas, difícil que se le escape. Eso es Messi. Un niño de 35 años. Alguien que disfruta del fútbol y gambetea a uno de 20 porque se lo cree. Porque así lo presagia en su conciencia y lo puede volver real. Aunque parezca mentira, Él lo torna verosímil con su idiosincrasia de potrero. Y las alabanzas empiezan a caer luego de que Julían le ponga el sello a este óleo sobre lienzo del mejor artista que alguna vez tuvo el balompié.
Goleada y final. Scaloni puso a todos para que tengan minutos en esta Copa del Mundo. Todos se sienten parte de un grupo Todos quieren hacerlo. Todos quieren poner su granito de arena. Ser artífices de un sueño de más de 50 millones de personas. Desde Ushuaia a La Quiaca, en Daca, y en cualquier parte del mundo donde se flameé la celeste y blanca. Este grupo nos representa. Pase lo que pase, muchachos, gracias. Simplemente gracias.