análisis mundial

Al final hay recompensa: de la zona de promesas a la ilusión de todos

Argentina fue un puño apretado este miércoles de nervios y festejos. La Selección volvió a su mejor nivel y el pueblo, ávido de alegrías, recupera espranzas y se anima a soñar otra vez.

30 Nov 2022 - 00:17

Alguno que se afeita, otro que da la vuelta a la Plaza Independencia de rodillas, está el que dice que deja de comer dulces, o de tomar alcohol, el que no va a a ir a bailar por una año, el que promete el gimnasio y el que empieza la dieta. Están los que prometen pedir por última vez, y los que prometen no ilusionarse nunca más. Hay de todo cuando se entra en la zona de promesas.

Desde ese pitazo final, cuando todavía no eran ni las 9 de la mañana del martes pasado, cuando el país no se terminaba de despertar de la noche sin dormir de ansiedad, cuando ese árbitro marcó el medio y la gráfica del televisor decía “resultado final: Argentina 1 – Arabia Saudita 2”. Desde entonces, corrieron las promesas adelantadas, las que nadie hubiera imaginado tener que hacer a esta altura. 

Cómo es posible si hasta hubo puños apretados cuando el sorteo terminó en abril de este mismo año  en el que el Mundial siempre fue una zanahoria a la que nunca terminábamos de alcanzar y de la que ahora nos queda la mitad. 

De la Scaloneta de la ilusión, esa del nuevo Maracanazo, la de las Eliminatorias brillantes, y de la Finalissima de Wembley a puro fútbol champagne, parecía quedar poco y nada: solo un buen recuerdo, las esperanzas de volver a verla algún día y no mucho más que eso. 

Scaloni, mientras tanto, buscó y buscó, con cambios por todos lados: cuatro durante el debut, cinco entre el primer y el segundo partido; cinco más en el medio del segundo;  cuatro entre el segundo y el tercero; y cinco en medio del tercero. En total, en tres partidos ya jugaron 21 de los 26 jugadores del plantel. 

En medio de tanta prueba y error, y ya sobre el final de la primera ronda, Argentina volvió a ser la que nos había vuelto a ilusionar con ganar la tercera, con ser campeón mundial. 

Copando la cancha desde el primer minuto, con la dinámica reclamada, con la ambición esperada y con la convicción que faltaba, La Selección se puso el traje de candidato que le había quedado grande en el debut, que no se quiso probar contra México y que hoy le calzó justo al cuerpo. 

Ni que Messi erré un penal, ni que el arquero polaco parezca estar en estado de gracia, ni que los goles que se pierden en un arco se lamentan en el otro, nada de eso amilanó a un equipo que hoy podría haber jugado sin arquero; que tuvo dos centrales que se merendaron al mejor 9 del mundo; a dos laterales nunca pararon de ir e ir; a un mediocampo que despejó dudas; a un Di María picante, a un Messi que crece partido a partido y a un Julián Álvarez que juega a otra velocidad. 

Aun así, todo eso parecía no alcanzar y tras un primer tiempo que rozó la perfección, nos encontramos todos en los pasillos con las caras chatas, masticando bronca, tragando angustia y respirando desolación.  Eso sí, todavía con fe.  

Sin embargo, para ese segundo tiempo, en el que se podría haber entrado en una espiral de desesperación y desazón, Argentina no dudó en repetir una actitud avasallador, inclinando la cancha de entrada, mostrando temple de equipo campeón América, justo cuando más se lo necesitaba. 

Entonces, Di María recibió la primera del complemento y esta vez decidió dársela a Molina que había pasado mil veces en los primeros 45 minutos sin que se la den. El ex Boca justificó su vuelta a la titularidad con un centro tan perfecto que aunque Mc Allister le pegó mordido, la pelota se terminó metiendo, pidiendo permiso, por el segundo palo. 

¡GOOOOOOLLLLLL! Y nos sacudimos la modorra, nos espabilamos, salimos del sopor de ese entretiempo de malos augurios y lamentos. Gritamos, ahora sí gritamos y nos abrazamos y nos alegramos. 

Llega tan justo ese gol, tan oportuno, que contagiamos el otro estadio y alguien nos cuenta que en Lusail acaba de mojar México y el alivio es casi total, porque, de última, si nos empatan, ahora tenemos más margen. 

Los polacos no cambian de actitud, saben que perder por poco todavía les sirve y así siguen jugando. Se paran y miran, la ven pasar y ni intenta recupera esa pelota que siempre está tan cerca y tan lejos a la vez. 

Así, cuando un tiro libre intrascendente en el costado izquierdo inicia una nueva seguidilla de toques, nadie podía imaginar que 28 pases después, Julián Álvarez la iba a estar clavando en el ángulo, emulando el tremendo golazo que en el 2006 Cambiasso (y todo el equipo) le marcó a Serbia y Montenegro en Alemania. 

De izquierda a derecha y viceversa, pasando por el medio varias veces, con alguna de gambeta de Messi incluida, con el cambio de ritmo oportuno de Fernández (que juega mejor con otro cinco que le permita soltarse), este gol devenido en obra de arte, va directo al firmamento de las grandes anotaciones de La Selección de todos los tiempos. 

Después, todo está de más, solo hubo tiempo para algún intento de Messi que sigue creciendo en esta copa; para que Julián esté cerca de un doblete; para que Lautaro sume una nueva frustración que ojalá no le calé hondo en el ánimo; y para que Tagliafico casi meta un golazo. 

Este 2 a 0 nos termina de convencer que hemos llegado a Qatar 2022 con expectativas legítimas, con una ilusión genuina, quizás, por primera vez, despojadas de triunfalismo y soberbia. Simplemente, creemos en esta Selección porque juega bien y nada más, ni nada menos. Tenemos un buen equipo, al que no le sobra nada, ni le falta mucho.

Estamos acá, ávidos de alegrías en tiempo post pandemia, atravesando crisis y capeando temporales, como tantas veces, pero, ahora, más golpeados, más dolidos y también más necesitados. 

Es por todo esto, que este miércoles que pudo ser tane gris como el cielo que en Tucumán amenazó falsamente con tormentas desde el mediodía, se convierte en calles de bocinas, cornetas, y banderas. De Plazas llenas y oficinas vacías. De latas que se abren y botellas que se descorchan. De muchos brindis con abrazos. De ilusiones que se renuevas y de pasiones que se reencuentran. Porque aunque sufrimos más de la cuenta en esta primera fase y hemos tenido que entrar en zona de promesas, tarda en llegar, pero al final hay recompensa. 


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