análisis mundial

Sobreviviendo: el día que Argentina se salvó del descenso y renació la ilusión

Nervios de punta y ansiedad en la previa. Alivio y alegría, después. La Selección nos da una vida más en este Mundial del que necesitamos alegrías. Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán.

26 Nov 2022 - 11:41

“Cuando me preguntaron ‘cómo vivía’, ‘sobreviviendo’, dije, ‘sobreviviendo’”, entonaba Víctor Heredia en un clásico que se volvió himno de cancha y que hoy todos cantamos: “Soooooy argentino”.

Los argentinos vivimos sobreviviendo, y nuestra Selección sobrevive en suelo qatarí, devolviendo el alma al cuerpo y el pulso a las arterias que no latían desde el martes pasado. La ilusión que nos condena nos interpeló con una derrota inesperada, que nos puso patas para arriba con la necesidad de que este sábado juguemos todos.

Todos los tucumanos, y todos los argentinos, nos calzamos la casaca, no las pusimos en las malas mucho más, como otras veces nos tocó con nuestros clubes. Salimos a la calles, como si fuera a la cancha, cada uno a jugar su partido cómo pueda y desde dónde pueda. No faltaron las del Santo, las del Deca, las de Sportivo, las de Central Norte, las del Cuervo del Sur, mantos sagrados que también sirvieron para alentar.

Zombis caminantes bajo el calor de la siesta, con los nervios de punta y la mirada en el piso, hinchas exultantes y optimistas que musicalizan el centro con cumbias del recuerdo, bares llenos, amigos que prenden fuegos en casa, solitarios que se encierran en habitaciones vacías con la tele en mute. Hay de todo bajo el sol quemante en las horas previas que van entre la agonía y la resurrección.

A 14.000 kilómetros, los jugadores, atados de pies y manos durante 45 minutos, nos recordaron a los tiempos pre Copa América y hasta nos hicieron extrañar a Sampaoli.

Mucho olor a Croacia, muchas evocación del anterior Mundial jugado en Asia hace 20 años. Mucho miedo, en los hinchas y en el equipo que lejos está de ser ese que nos enamoró en Brasil, en las Eliminatorias y en la Finalissima de Wembley. Al ritmo de un De Paul desconocido, de un Messi desaparecido, de un Mc Allister no nato, de un Acuña olvidado y de un Montiel impreciso, Argentina no juega como un candidato y el primer tiempo se va entre las penas y sin la gloria. 

Los del frente son de México, viejos conocidos, duros de roer, pero que al final siempre terminan sucumbiendo ante la albiceleste y hoy no será la excepción, porque Messi juega para nosotros, aún cuando parece no estar jugando, como hoy que casi no la tocó, pero le bastó con controlar una en el borde del área para que todos nos abracemos de nuevo y volvamos a soñar, mejor dicho, volvamos vivir.

No se olviden de Di María, señores, ese flaco corazón de león al que le tiran el fardo cuando la cosa viene difícil y no se esconde, jamás se esconde. Encara por aquí, va por allá, de afuera hacia adentro y al revés también, no lo pueden parar, pero está solo. Con dos como él todo sería más fácil.

Es Fideo el que usa al recién ingresado Molina de señuelo cuando pasa, ve a un Messi marcado hasta por árbitro, se la da igual y el resto es Messi en su máximo esplendor: control, zapatazo rasante y a desenredarla del rincón al que el eterno Memo Ochoa no podía llegar.

Un día después del aniversario de la muerte de Maradona, el 10 reencarna en Lionel y con ellos dos resucita La Selección que había estado más muerta que viva y que ahora está más viva que nunca.

Martino mete delanteros y Scaloni defensores. Es hora de aguantar, pero ellos nunca llegan, Otamendi le pone candado al área y el Dibu atrapa un par de centros. Messi se agrandó con el gol, y ahora hasta la pisa. Julián Álvarez encuentra algún espacio para correr, Enzo Fernández las entrega redondita.

También entra Palacios, el tucumano que hace llorar a su abuela que lo mira desde su Famillá natal: “Estoy muy emocionada”, dice y en el estudio de latucumana FM (95.9) y en la redacción de eltucumano.com a todos se nos escapa un lagrimón.

Más de 32 años después volvemos a tener uno de acá en una cancha mundialista. Él no decepciona, entiende lo que juega, se mata en la cancha y recupera todo lo que le cruza cerca.

Hay que aguantar, pero Enzo Fernández tiene otros planes. Recibe de Messi en el vértice del área, amaga con desbordar y bicicleta mediante, engancha para el medio. Derechazo con el borde interno y Ochoa vuelve a volar al pedo. De pie, señores, acabamos de ver uno de los mejores goles argentinos en la historia de los mundiales. Algunos lo comparan con el del Cani contra Nigeria en el 94, es parecido, pero este es mejor.

Partido liquidado, sufrimiento superado, por lo menos hasta el miércoles. En las esquinas se tocan bocinas, se flamean banderas y se venden más gorros y camisetas. La gente va a la Plaza Independencia y al Monumento del Bicentenario, suenan cuartetos en el Bajo, y los niños soplan las cornetas que desde el 2010 llamamos vuvuzelas.

Los zombis ya son hinchas a los que les volvió el alma al cuerpo, el pueblo festeja este sábado y encuentra en el fútbol alivio otra vez y como siempre. Respira hondo y sobrevive, como La Selección que se acaba de salvar del descenso. Se festeja hoy y mañana, el lunes se labura, se sobrevive y se vuelve a sufrir contra Polonia. ¿Quién dijo que iba a ser fácil? Tomemos, somo Tucumán, si no sufre, no es Argentina.  A disfrutar que la alegría no es solo brasilera. Nos vemos el miércoles.


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