El país madrugó para ver a La Scaloneta, que estaba para golear a Arabia Saudita en el primer tiempo y se durmió en el segundo. Soñamos con el ’86 y nos despertamos en el 2002. Pero hay razones para soñar y no rendirse.
Arabia Saudita festeja. (Foto tomada de TyC Sports)
Qué lindo es madrugar para ver a la Selección Argentina en un Mundial. Un viaje en el tiempo, que nos retrotrae a Corea-Japón 2002, los inicios del Siglo XXI y los coletazos de la crisis del 2001. Aquel equipo inolvidable de Marcelo Bielsa que arrasó en las Eliminatorias, El Diego tocando timbres y despertando al país, una ilusión que nace y muere con una bomba que se mete en el ángulo de un arquero que vuela pero que no llega y el dolor que nos devuelve a la realidad.
Buscamos tantas coincidencias en el '78 o el '86 que nos olvidamos de mirar en el espejo retrovisor y pensar en los Mundiales que nos duelen, de los que no nos queremos acordar. Paradoja del destino: toda Argentina madrugó y La Scaloneta también salió enchufadísima. Y después se durmió. Lo tuvo Messi al minuto y al toque el VAR marcó penal a Paredes por un agarrón en un córner. Una "gentileza" de la tecnología que no le hace mucho bien al fútbol y minutos después se cobraría tres (no) goles argentinos.
El 10 definió con toda la categoría del mundo y sucesivamente el VAR le anuló el grito sagrado al propio Messi y dos veces a Lautaro Martínez. Un país entero se ponía de pie para gritar el 2-0 y soñar, y seguir soñando. De Trancas a La Cocha, de Villa Amalia a Villa 9 de Julio, en las casas, en los bares, en las oficinas. Toda una provincia, todo un país, toda la ilusión que se derrumba cuando la Selección que se levantó con el pie derecho se durmió en el complemento de forma inexplicable.
Pero esta mañana de martes que estamos todos de la cabeza, patas para arriba: Argentina se durmió y Arabia Saudita se lo dio vuelta en pocos minutos del complemento. El impasable Cuti Romero y el invencible Dibu Martínez no lograron frenar ni tapar el remate de Saleh Al-Sheri a los dos minutos y nada pudo hacer el 1 ante la tremenda bomba de Salem Al Dawsari a los ocho. Seis minutos fatales.
Un baldazo de agua helada, un golpe al que La Scaloneta no estaba acostumbrado: la Selección ostentaba un invicto de 36 encuentros que la armada árabe puso en jaque en el Lusail Stadium. El público argentino se puso de pie, de Qatar a Tucumán. A mostrar las garras: a gritar, a alentar, a putear cuando uno de ellos queda tendido aunque el arquero le haya reventado la cara de un rodillazo. El país entero deja de ser un puño apretado para ser un manojo de nervios y ansiedad, y en la cancha eso se sintió.
De la goleada inminente en el primer tiempo a la desesperación del segundo: Lisandro Martínez, Enzo Fernández y Julián Álvarez a la cancha y a la carga barracas. Pero Arabia Saudita ha levantado una muralla y resiste. Alowais se puso el traje de héroe y respondió cada vez que lo llamaron, volando de palo a palo. Por arriba, por abajo, por acá y por allá. El ingresado Acuña empujó por izquierda, el tándem Molina - Di María por derecha, con Julián y Lautaro peleando todas en el área y Messi haciéndose cargo y poniéndose al hombro las esperanzas de todo un pueblo.
Pero no alcanzó. Esta no era la mañana eterna, la mañana del milagro, la madrugada inolvidable. Esta no será la historia de aquella vez que nos despertamos temprano, arrasamos con las panaderías, compartimos sonrientes y empezamos a soñar con un diciembre de festejo total.
Esta será para toda la eternidad la mañana del cachetazo árabe, del golpe al corazón de La Scaloneta y la ilusión argentina, de cafés y mates que se enfrían, de las medialunas que ya nadie quiere, de las caras de cansancio y las explicaciones que no aparecen. De un Messi golpeado pero jamás vencido y un equipo que tiene argumentos de sobra para reponerse ante México y buscar la clasificación ante Polonia.
Esta vez nadie le va a poder decir al 10 que no puso la cara. Cuando las papas quemaban, cuando la pelota quemaba, se hizo cargo y la buscó y la pidió y se tiró atrás y se tiró a los costados. También se lo vio ofuscado, como en aquellos pasajes de frustración pre-Maracanazo. Pero este es otro Messi, el que sabe cuánto pesa la Copa América, el que se para frente al grupo y recuerda que El Dibu fue papá y todavía nolepudohaceupa y el que sabe liderar a los pibes que mejor lo han rodeado y acompañado desde que se puso por primera vez la Celeste y Blanca.
Messi no se rinde. Argentina no se rinde. No nos van a contar nada a nosotros sobre hazañas, sobre cómo reponerse de las malas y salir adelante todos juntos para conquistar eternos laureles, para vivir coronados de gloria. O jurar con gloria morir.
Al que madruga, a veces, cada 20 años, no lo salva nadie. A veces vienen bien estos golpes, dicen los menos golpeados por el fútbol o por la vida. Habrá que esperar que esta mañana de mierda sea un cable a tierra, el momento de barajar y dar de nuevo. A no perder la calma, el norte ni las esperanzas. A estar todos juntos y rezarle a nuestro D10S, que por primera vez nos marca el camino desde arriba y nos hace tanta falta.