Pésimo primer tiempo del Decano, que esbozó una reacción en el complemento. El equipo de De Felippe no encuentra el rumbo y ni el empuje de los hinchas presentes pudo revertir un presente complicado. Es tiempo de parar la pelota, barajar y dar de nuevo. La historia y el Pueblo Decano merecen otra cosa.
López define entre los centrales de Atlético. (Foto: Fotobaires)
Lo imaginaron, lo esperaron, lo soñaron durante meses. Ese abrazo final, ese grito desaforado tantos meses atragantado, ese momento invaluable en que en éxtasis victorioso podrían casi inconscientemente al cielo pensando en los que perdimos en el camino, ese grito de guerra tras el pitazo del árbitro, ese Viejo y Glorioso Decano de corazón sin igual la banda te lo agradece y te alienta hasta el final, éxtasis de la comunión entre hinchas orgullosos y jugadores reconocidos por la entrega, por la garra, por el fútbol, por esa victoria digna de El Gigante del Norte. Ese momento glorioso y eterno, bien Celeste y Blanco, vos sabés de que hablo. Antes de emprender el regreso sonrientes, triunfales, enormes: un chori en la mano, una cerveza en la otra cerveza, caminando por la 25 o la Laprida victoriosos, cantando entre la marea Celeste y Blanca. Sueño trunco.
El regreso del Pueblo Decano no fue el esperado. Fueron 100 los socios leales de corazón Celeste y Blanco que ganaron un sorteo del que participaron por no dejar de pagar su cuota. Es poco para las más de 30.000 almas que esperan rugir en 25 de Mayo y Chile. Y la actuación del equipo no estuvo a la altura: Atlético Tucumán cayó 2-1 ante Boca tras un primer tiempo en el que podría haber sido goleado; en el complemento, esbozó una reacción a partir de los cambios y se encontró con un gol en contra, pero nunca mostró argumentos para alcanzar el empate, y mucho menos quedarse con la victoria.
A veces hay que llorar un poco en el fútbol y subrayar que "no fue córner" en la jugada previa al gol de Boca. Eso no es excusa para que toda la defensa de Atlético se quede impávida, inmóvil, contemplando como Lisandro López reafirma su fama de defensor goleador, algo de lo que Atlético (como casi todos los equipos en realidad) carece. El segundo es un golazo del pibe Rodrigo Montes tras buena jugada de Pavón, ante una defensa otra vez paralizada. Qué tiempos aquellos en que los pibes revolucionaban al Decano con su chispa, su picardía, su frescura.
Hay muy poco para decir del primer tiempo Decano y nada para rescatar. Basta mencionar que "cama" fue trending topic entre los twiteros Decanos y explotó en los grupos de Whatsapp al ver cómo se arrastraba el equipo del técnico que una semana atrás cuestionó duramente a sus jugadores en conferencia de prensa. Atlético viene de ser aplastado por Sarmiento, de llevarse dos triunfos sobre la hora ante Independiente y Newell's, jugar mal ante Arsenal y Central Córdoba. Si vamos para atrás, las últimas actuaciones rescatables fueron allá lejos en el tiempo ante Huracán y Godoy Cruz. Demasiado atrás, demasiado poco.
En el segundo tiempo, con los cambios de De Felippe en el vestuario, Mussis centralizó su posición y logró hacerse dueño de la pelota, Guillermo Acosta intentó asociar por banda derecha y Junior Benítez aportó destellos de esa mezcla de inspiración y barullo que permitieron al equipo intentar una reacción. Le pasa algo raro al Decano, y ya es sintomático: intenta jugar apoyándose en quiénes no son sus mejores intérpretes y luego manda centros y centros adonde no están sus atacantes. Ciro Rius entró a tirarle centros a Augusto Lotti, que ya estaba sentado en el banco. El Polaco Menéndez todavía está lejos de su versión deluxe antes de su partida.
El gol en contra entusiasmó a los presentes y a los que estaban renegando frente a la tevé en sus casas o en los bares, pero en el fondo todos los Decanos sabían que dependía más de la fortuna o de un error no forzado encontrar el empate. Ya ni el tiro del final, una bomba salvadora de Mussis de afuera del área. El 7 mejoró en el complemento, pero la bomba fue la murra que le pegó al pibe Aaron Molinas que le valió la roja sobre el final del partido.
Terminó plagado de sinsabores el regreso del Pueblo Decano al Monumental. A su Monumental. Que no sean los únicos ni los últimos. Y que el equipo encuentre el rumbo perdido. Hasta De Felippe resaltaba semanas atrás que el equipo siempre hacía un gol, y hasta ese poder de fuego ha perdido El Deca: sin Ramiro Carrera y Augusto Lotti inspirados, añorando los destellos de Leonardo Heredia y ni hablar de la frescura que aportaban los pibes, el Pueblo Decano extraña ver al equipo salir con determinación a atacar, yendo al frente, a poner el pecho ante todos los rivales, jugando a lo que sabe, a lo que supo jugar.
Por lo menos 100 Decanos pudieron volver a caminar esas calles, a oler esos choris quizás, a encontrarse con los hermanos del tablón, aquellos que aman los mismos colores y que también se les arruinó el sábado porque El Decano no levanta cabeza. Al menos pudieron renegar juntos, putear un árbitro por un córner que no fue, aunque un boludo se pase un poco de rosca con el lateral de Boca. ‘Omar, algo anda mal’, decían los hinchas como Big Apple, y sigue mal la cosa. Hay que parar la pelota, barajar y dar de nuevo. Hay que pensar en ese hincha que pagó la cuota 18 meses de pandemia, con la economía mundial paralizada, por amor a los colores, porque el corazón le late bien fuerte cuando canta Viejo y Glorioso Decano entre la multitud. Por ese hincha, por todos ellos, por los que pagarían si tuvieran la guita. El Gigante del Norte merece más: dirigentes, cuerpo técnico y jugadores tienen el deber y obligación de estar a la altura de las circunstancias. La historia y el Pueblo Decano lo merecen y demandan.