Volvió la alegría a Ciudadela y el cuartetero, fanático como pocos, se metió en la intimidad del plantel para dirigir los festejos de todos los jugadores del Santo que hoy renuevan ilusiones, las de ellos, y las de todo el Pueblo Ciruja. VIDEO.
Volvió escucharse el himno más reciente de los últimos planteles Ciruja, volvió la alegría de las noches de fiesta a la Ciudadela. Con más esperanzas puestas en un futuro promisorio que nostalgias de un pasado que cada vez duele menos, volvió a sonar Walter Salinas en el vestuario de San Martín y eso siempre es una buena noticia.
Esta vez, el propio Walter, empilchando de pies a cabeza con los colores del Santo, se subió a la mesa para dirigirle la batuta a los jugadores que acababan de conseguir un triunfo que trae aire fresco por el estadio más caliente del país.
Como en los tiempos en los que la máquina de Orsi y Gómez destruía cuanto rival se le pusiera al frente, ahora, con la Demunereta en marcha y a toda velocidad, el ya clásico Uno por Uno se cantó a capella y a los gritos en ese habitación gigante que queda justo entre el gimnasio y el glorioso campo de juego.
Saltando y con más de celular encendido en las manos para registrar el momento, uno por uno, todos los jugadores se hacen oír: “Ante de que me quede sin corazón, voy a decir todo lo que me pasa”, y es un mensaje al Pueblo Ciruja que esta noche recupera la sonrisa y le responde al plantel: “¿Qué quieres que le haga? Si cuando me clavas la mirada, se vuelve loco mi pensamiento, nunca lo digo pero lo siento”.
Es el diálogo más fluido que un equipo y su gente, en estos tiempos de tribunas vacías, pueden tener. La comunión de la hinchada que espera una señal desde adentro y viceversa, con esa palabra que lo explica todo: Ilusión. “Dilo bajito que me hace falta” y quién quiera oír, que oiga.