efeméride

"La infancia no es una etapa que haya que apurar": el diagnóstico de una psicóloga tucumana en el Día del Niño

La psicóloga Sofía Romero MP 4313 propone en diálogo con eltucumano.com correr el eje de "qué le regalamos" a "qué infancia le estamos construyendo". Desde su consultorio, analiza cómo pantallas, desigualdad, sobrediagnóstico y una cultura de la inmediatez están redefiniendo qué significa ser chico en la Argentina de hoy y por qué, para ella, esta fecha debería ser una oportunidad de esperanza y no un nuevo informe de problemas.

16 Ago 2026 - 13:01

Cada Día del Niño se repite la misma pregunta en miles de casas: ¿Qué le regalo? Para la psicóloga Sofía Romero MP 4313, esa no es la pregunta que debería estar circulando. En diálogo con eltucumano.com nos dice: "En vez de preguntarnos mucho qué darles, creo que es una buena oportunidad para que el adulto se pregunte qué infancia le estamos construyendo o estamos aportando en esa construcción para ellos", plantea. "Y ahí va el tiempo, la calidad, la disponibilidad, como otros recursos que no son un juguete, que no son una pantalla, que no son, a veces, una medicación, que no son gritos y que no son límites puestos desde la hostilidad."

En su trabajo diario, identifica un puñado de ejes que atraviesan la mayoría de las consultas: "la problemática de la tecnología, las redes y la vida digital con el niño", "la salud mental y los vínculos en la infancia" —donde entra el bullying—, "el manejo de sus emociones con sus pares, la inclusión y el dejar afuera", "la pobreza y la desigualdad" y "los riesgos digitales", desde el acceso a apuestas online hasta contenidos que un chico todavía no puede procesar.

Sobre este último punto es tajante: "Una cosa es que puedan tener acceso y otra cosa es que puedan manejar ese acceso, como distinto al adulto, que tal vez tiene un reconocimiento de los límites mucho más marcado."

Para Romero, hay una lista que no cambió con las generaciones, aunque sí cambió el mundo en el que se intenta sostenerla. "Si yo veo a un niño y pienso en la niñez, pienso que un niño necesita jugar, aburrirse, imaginar, equivocarse, ser escuchado, pero también tener límites, pero también sentirse querido. Tener adultos disponibles, construir vínculos, pero también explorar, pero también sentirse seguro, y por sobre todo tener tiempo."

A eso suma algo que atraviesa a muchos chicos hoy: "poder ser niño sin tener que responder a los problemas de adultos" o resolverlos. Y remarca: "eso, a pesar de qué generación esté marcando a ese niño, no ha cambiado. No cambió eso, pero sí se ha ido modificando el mundo en el que se intenta garantizar todas estas cosas."

Por eso, dice, prefiere pensar la infancia no como una etapa para acelerar sino para habitar: "la infancia no es una etapa que haya que apurar." Y agrega una reflexión personal: "si vos pensás en tu niñez, yo pienso en mi niñez, más allá de las cosas que hayamos vivido, fuertes o no fuertes, me parece que es una etapa que se debería recordar extensamente, porque después todo pasa como muy rápido."

Uno de los conceptos centrales de su análisis es que los chicos de hoy tienen acceso antes que nunca a información, sexualidad, redes sociales, problemas sociales, noticias, conflictos familiares, modelos de consumo, ideales de belleza, exigencias académicas y formas de entretenimiento "diseñadas para que te capturen la atención" —incluidos videojuegos pensados para generar dependencia.

El problema, explica, no es solo el acceso sino la falta de preparación para procesarlo: "vos tener acceso a algo no significa que vos estés preparado para elaborar lo que estás haciendo o viendo. Tenés acceso a todo esto, que es una hiperconectividad a través de una pantalla, pero el niño no está preparado psíquicamente para elaborarlo."

Frente a esto, descarta la idea de aislar a los chicos de las pantallas: "sería como una visión hipócrita yo también lo tengo al celular como parte o extensión mía, yo adulto." Su propuesta es otra: "no es impedir que los chicos conozcan el mundo a través de las pantallas, sino acompañar para que se puedan ir encontrando con el mundo tecnológico de acuerdo a cada posibilidad."

Romero es igual de crítica con la nostalgia fácil que con el discurso puramente alarmista. Cuestiona el lugar común de "los chicos de antes éramos mejores" frente a "los de ahora están todo el tiempo con el celular": "eso es como muy simplista de ver." Y pone en duda la idealización del pasado: "somos muy de decir 'en tal año se jugaba en la vereda'. Bueno, hoy hay mucho peligro en la calle, no sé si lo mejor también sería jugar en la vereda, o quién cuida en la vereda."

"No depende solamente de los padres, depende de una sociedad: de la familia, de la escuela, de los profesionales que los tratan a los chicos, de los clubes, de los barrios, de políticas públicas, de los espacios comunitarios", enumera.

Cita, en ese sentido, una investigación publicada por el diario El País con motivo del Día del Niño, realizada a más de 2.000 jóvenes: "lo que más se escucha, y lo que más también escucho en el consultorio es la necesidad de conectar con la familia. Cada llamado de atención, cada berrinche, es un llamado a conectar con la familia y contar con adultos disponibles." Y aclara que ese "adultos" va en plural: no se limita a los padres, sino a todos los que rodean al chico.

Desde ahí, propone correr el eje de la culpa individual hacia lo colectivo: "salimos de culpabilizar a los padres que están agotados hoy de tanto trabajo, de tantas preocupaciones, como si el padre fuera lo único que construya la niñez. Se trata de construir condiciones sociales que permitan los encuentros de la niñez."

Su mirada profesional va en otra dirección: "creo que hoy no necesitamos niños que sean obedientes, sino necesitamos niños que se desarrollen, que se puedan desarrollar." Y explica cómo trabaja la conducta en terapia: "siempre vemos la conducta como '¿qué nos está queriendo decir este comportamiento?'. Lo que vos estás señalando como problemática es un comportamiento. Ahora, que se problematice ese comportamiento tiene que ver con muchas otras variables."

Aclara que esto no equivale a justificar cualquier actitud —un chico que agrede a un compañero o a sus padres "claramente va a repercutir en un escenario negativo"—, pero insiste en no quedarse solo ahí: "hay que volver a mirar a ese chiquito no solamente como alguien que se tiene que adaptar a las necesidades del adulto, sino como un sujeto que está diciendo algo." Y lanza la pregunta que, dice, se hace a sí misma como profesional: "¿estamos intentando comprender a los niños o simplemente conseguir que se comporten de una forma que menos nos angustie verlos?"

Romero identifica una paradoja en torno a los diagnósticos infantiles: "hoy sí siento que hay mucha alerta y una sobreinformación también, o una falta de información. Hay una sobreetiqueta, pero una falta de información con respecto a cómo los diagnósticos en la niñez están marcando al niño en su cotidianidad."

Uno de los tramos más contundentes de su análisis se apoya en datos. Cita una investigación —vinculada al Observatorio de la Deuda Social Argentina— que plantea la infancia desde una perspectiva multidimensional: "no todos los chicos tienen las mismas posibilidades de jugar, de acceder a actividades culturales, deportivas, alimentarse, tener espacios seguros, recibir determinados estímulos. Y las privaciones incluso se pueden superponer. No podemos hablar de 'todos los niños son así hoy', como si vivieran todos la misma infancia."

Para graficarlo, contrapone situaciones que conviven en la misma generación: "un niño que se pasa todo el día en la tablet puede ser el que está aburrido y necesita más estímulos. Pero también ese al que el papá y la mamá se están yendo a trabajar, entonces está con la tablet. Con respecto a esa ausencia. Así como hay niños que están en un lugar inseguro esperando que venga un adulto a cuidar, hay otros niños que están sufriendo violencia. Y hay otros niños que en la misma hora están saliendo a trabajar. Y hay otros niños que están esperando a ser adoptados."

Sobre la exposición a contenido nocivo en internet, menciona el estudio Kids Online Argentina 2025, de UNICEF y UNESCO: más del 60% de los chicos accede a contenido vinculado a adelgazar, a lo sexual, a las malas palabras, a peleas y a videojuegos de guerra. Pero pide no simplificar la causalidad: "ya tampoco podemos decir 'ver esto produce tal trastorno'. La cuestión es que la infancia está accediendo rápidamente a contenidos que antes estaban mediados por adultos, y que hoy pueden aparecer de manera más directa, algorítmica y repetida."

Otro de los ejes que desarrolla tiene que ver con la inmediatez como matriz cultural. "Hoy en general los chicos están creciendo en una cultura donde muchísimas cosas ya funcionan con 'quiero tal cosa', clic, lo obtengo. La gratificación ya se enseña como algo inmediato." El problema, señala, es lo que viene después: "le pedimos al niño que espere, que tolere un no, que soporte el aburrimiento, que sostenga una actividad que no le gusta que estudie durante meses para un resultado, que pierda un partido, que acepte que otro niño le dice que no."

Frente al reclamo habitual de "por qué los niños no toleran la frustración", devuelve la pregunta hacia el mundo adulto: "¿qué lugar tiene hoy la frustración en vos, como parte de esta sociedad que organiza cada vez más experiencias que tienen que ver con una gratificación inmediata? Yo aprendo de la frustración porque te veo todo el tiempo frustrado, papá porque no llegamos a fin de mes, porque de repente todos estamos malhumorados, porque la escuela me pide resultados."

Romero pide, en este punto, un cambio de pregunta: "cuando dejemos de preguntarnos de una forma tan exigente por sobre estas conductas tenemos que pensar en todo lo que lo rodea.¿Qué nos habla el malestar? Hay niños angustiados, hay niños ansiosos ¿qué nos está diciendo ese malestar sobre esta sociedad, sobre este entorno en el que crecen?"

Para ella, ese malestar hay que leerlo cruzando variables —"lo individual, lo familiar, lo escolar, lo económico, lo vincular, lo comunitario, lo cultural"— y advierte que la salud mental infantil no puede pensarse únicamente dentro del consultorio: "tenemos que preguntarnos ¿cómo vive ese niño? ¿Qué vínculos tiene? ¿Qué espacios comunitarios tiene? ¿Puede jugar? ¿Tiene tiempo para jugar? ¿Tiene adultos disponibles? ¿Qué pasa en la escuela? ¿Qué condiciones económicas atraviesa su familia?"

Si hay una idea que Romero quiere dejar instalada es esta: el juego no es un accesorio de la infancia, es una de sus condiciones estructurales. "El juego, como canción, como narración, como lectura compartida, como actividades culturales, no son simplemente extras; forman parte de condiciones importantes para el desarrollo de este niño, para la identidad, para la autoestima, para socializar. El juego es una actividad fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y psicofísico."

Describe además el juego como un proceso con etapas propias: primero la definición de roles, después la aparición de información personal, y finalmente la construcción conjunta de una historia. Y remarca su condición central: ("el juego te desafía a estar presente es como pedirle a un adulto que esté 20 minutos en el presente sintiendo sus emociones, su respiración, su cuerpo.")

Romero elige terminar su análisis lejos del tono de alarma con el que suele hablarse de la niñez. "Pienso en esta fecha y, en vez de la inmediatez, de conseguir el regalo espectacular que pueda cubrir otras cosas poder repreguntarnos en qué mundo en realidad le estamos ofreciendo para crecer. Y eso no se toca, ni se ve, aunque se accione: se profundiza."

Su síntesis final funciona casi como epígrafe para pensar la fecha: "la infancia siempre funciona como la esperanza de lo social." Y agrega: "cuidar la infancia no es un gesto de nostalgia, sino una forma de pensar el futuro." Para ella, el Día del Niño debería ser una oportunidad para recordar algo puntual: "la niñez en sí no es pensar "en que niños reciben el mundo que construimos los adultos, sino aquellos que algún día lo van a transformar".



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