Tras décadas de olvido, demoliciones y estilos extranjeros, la Casa Histórica recuperó su fisonomía original gracias al milagro de una fotografía capturada hace más de un siglo.
Foto Facebook/Museo Casa Histórica.-
El 9 de julio no es solo una fecha en el calendario; es el eco de un grito de libertad que nació en las paredes de una casona tucumana, cuna de nuestra Independencia y símbolo máximo de la argentinidad. Sin embargo, pocos saben que ese templo civil que hoy visitamos con fervor patriótico estuvo a punto de perderse para siempre bajo la piqueta de la indiferencia. La actual fachada, que se yergue orgullosa en San Miguel de Tucumán, es el resultado de una reconstrucción épica que buscó sanar las heridas de una historia marcada por transformaciones y demoliciones.
La historia de este solar bendecido comenzó en el siglo XVIII, cuando fue edificada como parte de la dote de doña Francisca Bazán, quien se unió en matrimonio con Miguel de Laguna. Antes de ser el epicentro de la libertad, sus muros ya respiraban coraje, pues sirvieron de alojamiento y almacén de guerra para el Ejército Revolucionario. En 1816, el primer gobernador tucumano, Bernabé Aráoz, comprendió que no existía en la ciudad otro lugar con la grandeza necesaria para albergar a los congresales que sellarían el destino de las Provincias Unidas.
No obstante, el destino fue cruel con el edificio tras el traslado del Congreso a Buenos Aires en 1817. El abandono comenzó a corroer sus estructuras hasta que en 1874, bajo la presidencia de Sarmiento, el Estado la destinó a funciones de correos y telégrafos. En aquel entonces, la urgencia de la modernidad prevaleció sobre la memoria: el pabellón del frente y las habitaciones del primer patio fueron demolidos para dar paso a una reforma total. Solo el Salón de la Jura, como un centinela inquebrantable, permaneció intacto.
A principios del siglo XX, durante la segunda presidencia de Roca, la casa sufrió una nueva metamorfosis hacia el estilo francés, convirtiéndose en el llamado "Palacete". Con rejas barrocas y techos adornados con cabezas de puma, la edificación reflejaba la confianza en el progreso de la época, pero se alejaba de la humildad colonial que vio nacer a la Nación. El Salón de la Jura fue entonces recubierto por una estructura de vidrio para protegerlo, mientras figuras como Lola Mora dejaban su huella en los alrededores.
Fue recién en la década de 1940 cuando un renovado sentimiento patriótico impulsó la recuperación de nuestra verdadera identidad. En 1941, la Casa fue declarada Monumento Nacional y se decidió que debía volver a lucir como en aquel glorioso 1816. Para lograr esta hazaña, el arquitecto Mario Buschiazzo contó con un aliado inesperado: una fotografía tomada en 1869 por Ángel Paganelli. Aquella imagen, capturada casi por azar siete décadas antes, fue la pieza clave que permitió reconstruir con exactitud la fachada colonial que el tiempo había borrado.
La reconstrucción fue una verdadera gesta colectiva. Buschiazzo apeló al corazón de las familias patricias tucumanas, quienes donaron tejas y materiales originales para devolverle la autenticidad al edificio. Finalmente, el 24 de septiembre de 1943, en un aniversario más de la Batalla de Tucumán, la Casa Histórica reabrió sus puertas al pueblo argentino, recuperando el estilo que nunca debió perder.
Hoy, al contemplar sus columnas salomónicas y su puerta majestuosa, debemos recordar que cada ladrillo es un triunfo de la memoria sobre el olvido. Y aunque la fachada cambió muchas veces, el Salón de la Jura se mantuvo siempre firme, tal como estaba en 1816, recordándonos que, a pesar de los vaivenes de la historia, el compromiso con nuestra independencia es inalterable.