Así se vivió el aumento de la divisa en la City tucumana. Conocé el consejo del financista que tira la posta para no perder poder adquisitivo.
Las pizarras de los bancos en la City.
Es una mañana clara, apacible, de cielo nublado. El termómetro marca 16 grados cerca del mediodía y no hay humedad ni calor ni lluvia a la vista. En la ciudad todo parece trascurrir según el ritmo cotidiano, sin mayores sobresaltos. Hacia el corazón de la City tucumana, ahí donde la calle San Martín se vuelve la pista de carreras de la bicicleta financiera, el tránsito de gente se vuelve mucho más fluido. Rostros de apuro, de resignación o de fastidio. Rostros que llevan pintados el gris cansino del día. Nada fuera de lo habitual, el único síntoma de bochorno viene de las pizarras de los bancos: el dólar a 45 pesos y el futuro con pronóstico reservado.
Adentro de los bancos, los televisores sintonizados en los canales porteños siguen el minuto a minuto de la cotización récord. Miradas estoicas clavadas en las pantallas, algún que otro comentario en voz baja entre los que esperan en la línea de cajas y nada más. En los cajeros automáticos no hay largas filas. Tampoco en las casas de cambio. Todo parece en calma. En los bares de las galerías, en las mesas de café donde se cierran negocios millonarios, donde los cachimoteros tiran sus pesados salvavidas financieros a los ahogados que deja la crisis, donde los buscas se la rebuscan y los tahúres se la juegan, donde se aceita día a día la cadena de la bici para que siga rodando; ahí tampoco hay mayores sobresaltos. Cucharas que revuelven pocillos a medio tomar, mucha filosofía, poca guita.
Afuera, a la salida de las casas de cambio, apoyada la espalda al frente del edificio, un arbolito dice tímidamente “cambio” como un jugador resignado que se niega a salir de la cancha. Son dos o tres nomás. Uno ofrece el dólar a 44,50 pesos y el euro a 50. Otro, se fija en el teléfono la cotización del dólar en el Banco Nación: 44, 90. Al principio, la oferta es la misma. Ante un gesto de desaprobación, la mejora: 20 centavos menos por cada dólar, pero no tiene muchos, aclara.
Como la calle no ofrece mayores respuestas, enfilo para la financiera donde trabaja mi amigo José. Es un edificio colmado de oficinas donde labura gente muy formal, gente que usa religiosamente la camisa por dentro del pantalón. Hay financieras, inmobiliarias, empresas de seguros y escribanías. Hay que anunciarse por el portero eléctrico y después dejar estampada la firma en el cuaderno de visitas que custodia el hombre de seguridad privada que hace las veces de portero. La financiera de José no es precisamente eso que se conoce como “cueva” (mezcla de casa de cambio y de préstamos, especie de kioscos dedicados a la usura), sino una empresa, en apariencia, mucho más sofisticada. Adentro, me recibe Soledad, la secretaria, y me indica que pase a la oficina, la primera de tres oficinas igualmente sórdidas: paredes grises impolutas, escritorio, una computadora, una impresora, muchos papeles y un bote de alcohol en gel. Detrás del escritorio, José tiene camisa a cuadros, siempre dentro del pantalón, y una expresión que no es precisamente la de alguien que la acaba de pegar en la timba financiera.
Con José hay una confianza consolidada en años de amistad y kilos de asado:
- ¿Cómo va la cosa? – le pregunto sin vueltas.
- No pasa nada, no hay un mango en la calle – responde en tono lacónico.
La financiera trabaja principalmente cambiando cheques, en porcentajes que van del 7% al 9% mensual. Con los usureros, la tasa es mucho más alta, aclara José: entre 10% y 50% mensual. De un tiempo a esta parte, cuando comenzó a acentuarse la crisis económica, sólo aceptan cheques de empresas y no de personas físicas. Lo que pasa, me explica, es que el mercado está muy volátil. Esa volatilidad se traduce en cheques que “rebotan” o que “vienen de orto” o que siguen el esquema del pago en tres cheques diferidos cuya lógica es: 30 (días), 60 y tribunales, según la jerga financiera. Es lo que el resto de los mortales llaman cheques sin fondos. En la actualidad, las empresas tampoco representan ninguna garantía. Muchas se están fundiendo y otras siguen el mismo camino.
Como todavía los ingenios ni las citrícolas están produciendo, la financiera no está realizando muchas operaciones con cheques. Lo que más se mueve son los créditos prendarios para la financiación de autos. La situación ahí adentro no es muy diferente que afuera: “En épocas de crisis la gente pierde su capacidad de ahorro porque usa esa plata para subsistir. Los únicos que pueden aprovechar la crisis son los que tienen capital. Es fácil: los ricos se hacen más ricos, los pobres más pobres y la clase media apenas subsiste”, explica.
La pregunta es dónde van en busca de plata aquellos que ahora están ahogados con la soga al cuello, dónde los que tienen que “levantar un muerto”, dónde los que necesitan un poco más de vida para llegar a fin mes: “Nosotros acá no prestamos, pero en las financieras el interés está alrededor del 10% mensual. El tema es que te piden muchos requisitos. En la calle, un usurero te puede cobrar entre el 15% al 20% mensual. Igual, te digo que las peores usureras son las empresas que venden artículos para el hogar y las agencias de motos. El negocio de ellos es la financiación. Te piden el DNI nomás, pero si te fijás en la letra chica te afanan con los intereses. Vos sacás un lavarropas en doce cuotas en enero y en junio ya lo pagaste, el resto de las cuotas es plata que pagás de intereses. Y si te atrasas en las cuotas, peor, te matan. Y si no lo podés pagar te lo quitan o vas a juicio. Nunca pierden”.
La charla deriva en el tema insoslayable; el tema del día, del año, de siempre: el dólar.
- Decime la verdad, entre nosotros: ¿ustedes que están en el tema saben cuándo va a subir el dólar? ¿Verdad?
- Nadie sabe. Los únicos que saben son los que están arriba, ellos son los que hacen la diferencia. Lo saben el Banco Central y sus amigos nomás.
- ¿Posta? – Insisto.
- Si yo supiese no estaría acá amigo.
- ¿Pero ustedes no la vieron venir?
- La verdad que nadie se imaginaba que el dólar se vaya de 20 a más de 40.
Para José, el gobierno nacional está especulando con los dólares que van a entrar por liquidación de los granos del sector agropecuario, pero no cree que eso sea suficiente para detener la escalada de la moneda estadounidense. Según entiende, el tipo de cambio sigue muy atrasado, básicamente, porque el dólar también va de la mano de la inflación, por eso, no sería nada extraño que siga aumentando. Es más, sería lo esperable.
- ¿Y para los que tienen algo ahorrado cuál es la posta entonces?
- Si es una inversión a mediano o largo plazo, de seis meses en adelante, para mí que el negocio es el dólar. Ojo, no vas a ganar plata, pero al menos no vas a perder. Ahora si es por un par de meses nomás, depende, si estás construyendo lo mejor que podés hacer es comprar materiales. Si tenés un negocio, lo que te conviene es stockearte de mercadería. Y sino un plazo fijo, que en los bancos rondan el 30 % anual y en las cuevas podés llegar a conseguir que te paguen entre un 32% y 38%. Pero con la inflación que tenemos está claro que no es la mejor de las opciones.
- Se deben estar vendiendo muchos dólares ahora en la City entonces…
- ¿Quién tiene plata hoy? El problema es que no hay un mango. La gente de a pie no tiene para comprar dólares y las empresas que pueden llegar a comprar dólares los compran en los bancos. A menos que no tengan cómo justificar la plata, entonces se vuelcan al dólar blue. Pero no son muchas realmente.
Ya son las dos de la tarde. El dólar cerró a una cotización récord de $44,90, $1,30 más que ayer. En lo que va del 2019 subió un 16,2% y ya supera los índices de inflación del período que rondan el 10% acumulado en el primer trimestre. Me despido de José para irme a almorzar. Antes de saludarme, me chista.
- Mirá, esta es la que va – Me dice mientras navega en su teléfono.
Me acerco, mientras pienso que me va a hablar de algún bono, letra del tesoro, Lebacs, Letes, alguna fórmula secreta para que la plata no pierda su valor día a día. En el teléfono veo el vídeo de una youtuber que gesticula ante distintas noticias. Lo miro sorprendido.
- Hay que pegarla con algo así, no sé… hacer vídeos hablando boludeces y cobrar suscripciones en dólares ¿No te parece?
Afuera, el día está ahora un poco más gris.