Mercedes Chenaut recordó su experiencia personal durante la última dictadura militar a través de un emotivo relato.
En vísperas de una nueva conmemoración del golpe de Estado de 1976, la escritora Mercedes Chenaut publicó a través de su cuenta de Facebook un relato en el que recuerda vivencia de la última dictadura. La narración es un fragmento de “Respuestas a Facebook y otros textos impúdicos”, un libro inédito de su autoría que se publicará próximamente.
La pregunta era: ¿Te gusta despertarte temprano o tarde?
"Respondiendo a tu pregunta, amigo, diría que no importa demasiado si prefiero despertarme temprano o tarde porque lo que yo sé hacer, y muy bien, es recordar e imaginar, y sucede tanto en el sueño como en la vigilia. Si abro los ojos cuando aún es de noche, la duermevela posterior se llena de imágenes. Bellas muchas veces, preocupantes otras, y no faltan ocasiones en que son terribles. Como las de esta madrugada.
Vi a una jovencita -yo misma- a mis 18 años, cercana a casarme, y completamente ciega, no porque tuviera clausurados los ojos sino porque vivía inmersa en la oquedad de un nido sin ventanas. En esa clausura -una verdadera "ergástula" diría el Maestro Jorge Luis- convivían horrores y maravillas y la gente que allí pasaba su tiempo -mi gente- pensaba y actuaba como lo hacían los cuerdos y los buenos: nada de sacar los pies del plato (aquí me permito un carraspeo). El 24 de marzo de 1976 escuchamos el comunicado número 1 de la Junta Militar que diezmaría el país, con el alivio de quienes creían a pie juntillas que volvían al orden y a la paz. Es cierto que el horror había hecho de las suyas. ¿Te acordás, Face? (no, vos sos muy joven y esto sólo lo debes haber leído). El país estaba muy enfermo, cada día se lastimaba más y más con una violencia que venía arrastrándose desde hacía mucho tiempo, y se habían sumado los secuestros de la triple A y la confusión política nacida de un Perón senil cuyos hilos eran manipulados por un brujo (con perdón de los brujos), un tal López Rega, que hoy se ha reencarnado en otro hombre, en un ecuatoriano, también de doble apellido. Para la fecha que tratamos, la del comienzo de la caída de la patria al fondo del peor abismo de nuestra historia contemporánea, yo vivía, como lo dije, en medio de gente que celebró el 24 de Marzo. Padecí algunos años más de ceguera ideológica porque a la falta de ventanas en mi casa familiar, se sumarían la visión de mundo de quien llegó a mi vida en calidad de marido, más los mil trajines de la maternidad y los estudios en una universidad privada desde la que se alcanzaba a ver lo que estaba sucediendo, desde hendijas pequeñísimas. Una de esas benditas hendijas se llamó Dora Alicia Bellomo, que también enseñaba en la universidad pública, y tenía a su cargo la cátedra de Literatura Latinoamericana y Argentina. En la clandestinidad, en un adorable e imprescindible acto de rebeldía a los programas del establecimiento en el que nos formábamos, Alicia nos dio la posiblidad de conocer y amar a los autores del boom latinoamericano, y sin problemas, a la luz del día, también a quien se había constituido para mí en una obsesión: hablo de Borges, por supuesto.
Cuando Victoria, prima de mi padre, abandonó el país en calidad de exiliada política, cayó al fin el pañuelo que me cubría los ojos y empecé a ver a las apañueladas de la plaza de Mayo, a los dictadores con sus charreteras de pacotilla y sus mentes siniestras, muchos de ellos convencidos de que la eliminación de quienes pensaban era algo de vida o muerte (sí, de vida o muerte). Yo podría haber sido una de las eliminadas. Eso lo había intuido mi novio cuando estando con una beca en Alemania, me exigió que lo esperara estudiando en lugar seguro. Ante el pedido, ante la orden, se me encresparon todas las plumas del gallo que soy -así lo dice el horóscopo chino- pero su padre, un hombre de inteligencia escolástica (reconozco que quizás me salvó la vida) logró que me allanara al pedido de su hijo. Triunfaron su discurso y el amor. Eso es evidente.
Yo podría haber sido una de las eliminadas, pensé también esta mañana cuando me desperté, antes de que el sol saliese, momento en que comencé mi consuetudinario soñar despierta luego de haber soñado dormida con el pozo de Vargas, con los helicópteros sobre el lago del dique el Cadillal, con la selva de yungas que atravesábamos camino a Tafí y que en los setentas se había vuelto un lugar difícil, peligroso. Nunca sabíamos, cuando nos detenían para revisarnos los autos y palpar de armas a los hombres, si seguiríamos viaje o nos detendrían por alguna razón nimia. Y digo razón nimia porque nosotros -los que no sacábamos los pies del plato- no éramos blanco de quienes mataban y hacían desaparecer en nombre del estado porque a su criterio no hacíamos nada que atentara o subvertiera lo que se consideraban las buenas costumbres. Pero a veces una pequeñez, aún a nosotros, nos ponía en jaque.
Podría haber sido yo una de las eliminadas, digo, pero sólo potencialmente, porque mis gritos comenzaron recién cerca del 82, cuando Malvinas me terminó de sacudir, de iluminar con su fuego. (Lo digo parafraseando, por supuesto, el título de la película protagonizada por Gastón Pauls).
Esos gritos, estos gritos, compensan el silencio casi cómplice de la jovencita atolondrada de 18 años, que no tenía por dónde mirar el mundo y existía abstraída por las tragedias familiares que se producían sin solución de continuidad. Mi alarido de hoy exclama:¡Presente!, porque he sacado hace mucho los pies del plato y he asumido los riesgos que conlleva, mucho menores, por supuesto, que los de aquella época; pero riesgos y costos al fin. A causa de mi reposicionamiento ideológico, he perdido amigos, amigas, algunos parientes; me he ganado malos momentos, ofensas, incomprensión. Pero aquí estoy, porque padezco el síndrome del sobreviviente y los que hemos sobrevivido intentamos repetir, en actos creativos y de intención sublimatoria, el destino de los que no.
Estos son los efectos de despertarme temprano, Face. Podría vivir como si nada, haciéndome la tonta, como si la sociedad no estuviera expresando síntomas de que aún algunos tentáculos del monstruo están vivos y pretenden regresar para ahogarnos. Pero si recurriera -ahora voluntariamente- a la venda en los ojos, o me hiciera la bien dormida, la que carece de pesadillas, y me quedara más tiempo en la cama, estaría traicionándome a mí misma. Y eso no sería una vida que valga la pena, amigo Face. Por eso estoy aquí. De pie.
Resistiendo.