Un puñal hirió a El Loco y Jesús hizo lo increíble para salvarle la vida

HISTORIAS DE ACÁ

Jesús cuida coches en la Buenos Aires al 500. Hace tres meses conoció a El Loco y desde ese día no se soltaron más. La semana pasada sufrió la noche más triste, pero no se dio por vencido. La historia de una relación única que ha conmovido a todos los vecinos de barrio Sur: "Es mucho más que un perro".

Jesús y El Loco, hermanos de la vida.




Esta es la historia de un hombre y un perro. El hombre se llama Jesús. El perro es El Loco. Es una historia que empezó hace tres meses, una noche de primavera como tantas, bajo las copas de los árboles del parque 9 de Julio: “Ya eran casi las tres de la madrugada y estaba intentando dormir. Cuando cerré los ojos, sentí una presencia, algo. Que alguien me estaba mirando. Abrí los ojos y lo primero que ví fue un perrito. Lo primero que pensé fue: ‘Ya me ataca’. Pero no hizo nada. Entonces le dije: ‘Si querés dormir, dormite’. Y se durmió a mi lado”.

Al despertar, Jesús empezó a caminar por la Benjamín Aráoz rumbo a su trabajo en la Buenos Aires al 500, donde cuida los autos de la cuadra. “Le dije al perrito: ‘Bueno, ya tenés un lugar donde dormir, ahora yo me voy a hacer mi trabajo, vos seguí tu rumbo’. Pero mientras iba cruzando el puente del lago, él me seguía con morisquetas, saltándome para que me entretenga con él jugando. Hasta que se me lo adelanta, se sube al puente y se tira al lago. Me asusto. No podía salir del agua. Me estaba por tirar hasta que la gente que limpia el parque lo saca. Cuando yo estaba por chamuyar que el perro era mío y que siempre me hacía lo mismo, los hombres me dicen: ‘Quedate tranquilo, flaco, que el otro día hizo lo mismo y casi lo infarta a un hombre’. ‘Vamos, loco de mierda’, le dije. Y ahí le quedó el nombre: El Loco”.

Mientras Jesús cuidaba los autos, estiraba la mano, señalaba dónde estacionar, dejaba el ticket sujeto por el parabrisas en la ventanilla del auto, corría cuando una auto se iba, y vuelta otra vez, algo lo preocupaba: “El miedo mío era que cuando iba a cobrar a un auto, como él venía conmigo, me lo chocara un auto. Así que ese mismo día, con la primera moneda que hice, me fui al veterinario, le compré la piola, y el collarcito me lo regalaron porque no llegaba. Era a la mañana y recién estaba empezando a trabajar. Tenía 140 pesos y eso me salió la piola. Eso fue hace tres meses: ahora el sábado 16 cumple tres meses a mi lado. Yo cumplí años el 16 del mes pasado y ese día le dí las gracias al Barba. No me gustan los cumpleaños porque llevo bastante tiempo solo. Pero esta vez le agradecí. Le dije: ‘Gracias porque me has regalado no un perro, sino un mes con el perro’”.

El primer incidente antes de la noche más triste de esta historia fue una pelea: “Quisieron robarme a mí y a un muchacho. Me alteré y me llevaron solamente a mí para verduguearme. Cuando me soltaron a la noche no lo encontraba al perrito. Moco tendido andaba por todos los bares de la zona que ya estaban cerrando. Ni dibujándola me imaginaría una vida sin él. Tragame tierra, pensaba, si no lo encontraba. Me voy triste a la plaza Yrigoyen a descansar, pensando que quizás él estaba ahí. Cuando llego a la plaza había un grupo grande de personas. Escucho la risa de mi amigo y cuando agacho la mirada veo ahí a un cuatro patas. Le silbo: ‘¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!’ Me mira y se me lo viene corriendo y nos tiramos al pasto llorando y puteándolo: ‘No me hagás más esto’, le pedía”.

Inseparables desde aquella noche, el lunes de la semana pasada ocurrió lo que Jesús jamás hubiera pensado que podría ocurrir: “Me voy a dormir con él esa noche. Tiene la viveza que anda despierto de noche basureando para comer lo que la gente deja y de día se oculta a dormir. Yo lo dejo que haga lo que quiera. No le cambio los horarios. Si a mí no me gustaría que me cambien por qué lo haría yo con él. Ese día, antes de dormirnos, también pensaba qué haría si me dicen que lo castre. Es una decisión muy fuerte que no podría tomar de un día para el otro. Si el perro hablase quizás me diría: ‘Si me castrás, quizás me estás haciendo daño’. En eso pensaba antes de que pasara lo que pasó”.

El Loco le estaba pasando la lengua por la cara a Jesús. No le gusta a Jesús que El Loco le pasa la lengua por la cara. Pero se acostaron a dormir abrazados hasta la mañana siguiente: “A la mañana me despierto para ir a trabajar: ‘Vamos, Loco’, le digo. Pero no se levantaba. Entonces levanto los cartones para que no le quedara otra que levantarse. Cuando agarro los cartones veo uno lleno de sangre. Me toco la nariz y digo: ‘¿Me salió sangre a mí?’ Me fijo y no, nada. Hasta que le veo una manchita en el brazo al Loco, le toco y se le abre el brazo: tenía así un boquete en el hombro. Le habían dado una puñalada en el hombro. Eran casi las 6.40 cuando entro en shock: si se me moría, si no reaccionaba, ¿qué iba a hacer yo? No vuelvo más a trabajar, no se sabe más nada de mí, me tiro al abandono”.

Desesperado y agitado a la espera de que las veterinarias abrieran, Jesús anduvo buscando qué hacer con El Loco por la plaza Yrigoyen, después por la Roca, hasta que en la Lavalle y Chacabuco vio el cartel de abierto: “Llegué a la veterinaria y me dice el chico: ‘Te voy a hacer precio: 1000 pesos’. Le digo que no hay drama. El jueves a la mañana lo iban a operar. Entonces desde el martes empecé a trabajar para juntar la plata. Varia gente a quien le comentaba me quería ayudar: una profesora de la facultad me quería ayudar, un hombre que se iba a Salta me quería ayudar. Pero les dije que no. Lo quería hacer por mi cuenta. Llegué a pagar una parte el jueves cuando lo dejé. Tenía que pagar la otra parte a la tarde. Una señora me dice que lo había ido a ver al perrito y que ya estaba bien: que ya había pagado lo que faltaba Si yo trabajo es para no andar pidiendo, es para no recibir caridad. Se lo dije. Y ella me respondió: ‘Tomalo como un regalo para el perrito’”.

Cuando Jesús habla cerca de su amiga Cecilia, quien atiende una forrajería donde El Loco se mete a veces a hacerle compañía, se muerde los labios y la impotencia se le mete en los ojos por lo vivido: “Ya no puedo pegarle a las paredes porque a los nudillos los tengo hecho pedazos. Me da bronca que le hagan daño al perro. Nosotros no le hacemos daño a nadie. Todo nos cuesta. Esa semana, ya con El Loco curado y contento, le dije: ‘Yo te voy a hacer curar siempre pero a ver si te cuidás porque no voy a hacer más dieta para cuidarte. La plata que junté durante esos días fue para darle de comer a él nomás. No llegué a juntar todo y Diosito me mandó un ángel para que pueda ayudarme a pagar el resto". 

"No quiero que él se me lo muera, ningún otro lo va a reemplazar. No puedo sentirlo como un perro ni como una mascota. Es un hermano que me dio la vida”, sonríe Jesús cuando le pido que vayamos a hacer las fotos, a ver si está, si anda por ahí, metido en el hall del edificio del frente, jugando sobre el pasto de la universidad Siglo XXI, detrás del mostrador de la farmacia de la esquina, cuando Jesús lo distingue, le silba dos veces y ahí viene, esquivando las piernas de los estudiantes, con la lengua afuera, el collar verde, saltándole al pecho, lamiéndolo al amigo.


EL DESEO DE JESÚS | “Me siento tocado con lo que tuve que pasar para que me lo cosan al perrito. Mi sueño es que exista un hospital público veterinario. Hay muchos perritos en la calle muriéndose. Entonces que la gente pueda dejarlo al perrito, y de ahí lo dejen a disposición para que alguien pueda adoptarlos. Yo entiendo que mucha gente la está pasando mal y no le sobra para mantener a los animalitos. Por eso sueño con el hospital gratuito y una red de adopción para que no haya más animales en la calle".
 

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