"No conoce el no": el ejemplo de Arturo Castro, del taller al título de abogado con 76 años

HISTORIAS DE ACÁ

Sufrió el cierre de los talleres en Tafí Viejo, vendió gas, vino, volvió al mercado laboral, pero siempre le faltó algo: estudiar. La historia de un abuelo que terminó la secundaria a los 58 años y el último jueves emocionó a todos en el Aula Magna de la UNT. VIDEO

Selfie con Arturo Castro en el Aula Magna de la UNT.




Es la noche del último jueves en el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la UNT y Arturo Castro tiene un diploma enrollado en un tubo plástico azul. Impecable de traje gris y corbata al tono, recibe los primeros aplausos y abrazos sobre el escenario, baja con cuidado los peldaños y comienza a subir los escalones del salón hasta la fila 10, diez escalones por subir pinzándose el pantalón, escalón por escalón hasta llegar a los brazos de Hortensia, la mujer de su vida, la madre de sus hijos, la compañera que puso en marcha este sueño. El abrazo dura unos segundos: ella le apoya la frente en su pecho y escucha las palabras que le dedica el flamante abogado recibido de 76 años, son palabras que no registra el video, que no se escucha en ese encuentro tan íntimo que ahora revela Gustavo, el hijo de 51 años: “En ese momento yo no podía ni hablar. Cuando mi viejo se encuentra con mi vieja le dice: ‘Este título es para vos, la mitad es tuyo’”.

La escena del abrazo entre Arturo y Hortensia en detalle es contada por Gustavo y revela qué es lo más importante del momento para los hijos del matrimonio, para Gustavo y para sus hermanas: “Tanto mis hermanas como yo estábamos más preocupados por su condición física y emocional: que él esté contenido en esa mezcla de emociones, de verlo bien, de que no tropezara con los escalones, de cuidarlo a nuestro viejo. Sí, uno estaba más preocupado por eso, por mi vieja, que lo acompañó como siempre durante todo este tiempo y por él, que toda la vida se rompió el lomo y que lo único que no conoce es el no”.

La historia de Arturo Castro tiene como origen una etapa hermosa y también un dolor que ha compartido con miles de tucumanos: el cierre de los talleres de Tafí Viejo: “Mi papá laburaba en los talleres. Nosotros éramos chicos y lo veíamos despertarse. Sonaba la sirena de ingreso y a las 5.30 ya entraba a los talleres. Salía a las dos de la tarde y lo esperábamos llegar en su motoneta por la esquina. Era un viaje que hacía de 70 metros nada más pero para mí y mis hermanas era muchísimo. Comíamos juntos, todos dormíamos un rato a la siesta porque era sagrada. No volaba una mosca. Y ya cuando se levantaba hacía laburo de mecánica. Mi vieja cosía para afuera y todo iba a parar a la misma olla. Fue un desastre cuando cerraron los talleres”.

Es triste a veces andar por la Villa Obrera y ver vencidos a algunos de los hombres que trabajaron en esos talleres. Como los personajes de Arlt, en camiseta calada con la pava en el piso y el mate en la mano, son hombres que jamás se han recuperado de ese golpe que significó el cierre. No así Arturo Castro, quien, asimilado el fin, subió a su hijo a vender garrafas de gas de puerta en puerta, o damajuanas de vino en una camioneta hasta volver al mercado laboral en Papel de Tucumán, luego en la concesionaria de León Alperovich, en los talleres de los colectivos Bossio y la última etapa con base en Tafí del Valle, moviéndose hacia Amaicha o Colalao reparando máquinas viales.

Pero algo le faltaba a la vida de Tatano: “Rebobinando la historia con mi mamá, me cuenta que un día durante el almuerzo llega y le comenta a ella: ‘Tengo ganas de terminar la secundaria'. Tenía 58 años y hace 40 años que no estudiaba. Toda su vida había trabajado y había quedado postergado el estudio. El objetivo de mi viejo fue siempre inculcarnos trabajar, ser buena gente, formar una familia, pero quería estudiar. Se fue a los valles a trabajar y cuando volvió mi vieja ya lo había inscripto en la escuela nocturna Próspero Mena, aquí en la Perú. Imagínense a mi madre yendo a buscar los certificados de esa época, materias que ya no le reconocían a mi papá, así que empezó todo de nuevo: volver a leer, a memorizar, a estudiar matemáticas. Completó el secundario en tres años y se recibió a los 61. Pero no se iba a quedar ahí”.

Cuarenta años de trabajo en la vida de Arturo Castro, claro, repercutieron en su camino como estudiante: “Tanto tiempo con la cabeza metida en los motores le dejaron una sordera parcial y le duele mucho cuando escribe por un golpe que recibió en el hombro derecho. Pese a eso, siempre fue para adelante: agachaba la cabeza y se ponía a estudiar. Así terminó la secundaria y para nosotros haberlo visto estudiante ya era motivo de orgullo. Hasta que vino un día a mi casa: ‘Che, Negro, quiero hablar con la Vero’. Mi mujer es abogada y nos dijo: ‘Ahora quiero estudiar abogacía’. Yo le dije: ‘Dejá de hinchar, papá, andá a cuidar a la mamá’. Pero no hubo caso”.

Arturo Castro se inscribió en la Facultad de Derecho, empezó a pedirle los apuntes a su nuera, charlaban sobre la carrera y unió sus conocimientos y sus pasiones: “Tiene un cuartito en el fondo de la casa. Ahí yapaba los atriles para estudiar. Mientras aprendía, a veces cuidaba a los nietos, otras se metía al taller, mi mujer se sorprendía porque eran materias de tres meses de estudio, pero le metió para adelante, iba aprobando las materias, a veces caía a clases con la ropa del trabajo, y hace dos años nos dijo así como si nada que le faltaba la última materia para recibirse como Procurador”.

Arturo aprobó Procuraduría y volvió a hacer un anuncio a la familia: “Bueno, ahora sí, me quedan 14 materias para recibirme en Abogacía. Yo voy a seguir hasta donde puedo”. La meta llegó con la última materia: “Tuvo que esperar un año y medio para rendirla porque ya no podía escribir del dolor en el hombro. Había pedido rendir oral y cuando se lo permitieron la aprobó y ahí lo tenemos con el título recibido. Anoche hicimos una fiesta íntima con la familia y unos pocos amigos. Vino un abogado y me dijo: ‘No sabés lo que lo vi sufrir a tu papá por la última materia’. Fue una maceración muy lenta, pero todo valió la pena: anoche veíamos cómo le decían: ‘Felicidades, Doctor’, ‘Permiso, Doctor’, Doctor de aquí, Doctor de allá, esa solemnidad de los abogados hermosa”.

La escena final del Aula Magna tiene a la vicedecana hablándoles a los egresados, a Marta Yolanda Tejerizo diciéndoles: “Bueno, egresados, no sé si decirles colegas o de nuevo alumnos, pero saben que hay posgrados y hay que seguir estudiando”. Esas palabras las escuchó la familia de Arturo Castro: “Yo creo que mi papá no va a ejercer. Tiene un estudio jurídico con otros abogados grandes, pero creíamos que ya estaba. Ha dejado la vara muy alta para todos en la familia. De verdad que es un ejemplo: el capital humano que nos ha dejado es enorme. Somos una familia de laburantes, de buena gente. En eso pensaba cuando le preguntamos qué iba a hacer ahora. Ahí nos dimos cuenta que mi viejo tiene una sordera selectiva. Nos respondió: ‘¿No la han escuchado a la vice? Tengo que seguir estudiando, no queda otra”.


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