"La risa era macabra": fue a descolgar la ropa de noche y sufrió el horror

HISTORIAS DE ACÁ

Eran las once de la noche y faltaba una hora para que el novio pasara a buscar a Pamela, quien empezó sacar la ropa seca de las sogas y el espanto lo vivió en primera persona: “Pensé que me desmayaba del miedo. Y como un acto reflejo grité a Dios que me ayudase”.

Descolgar la ropa puede ser una experiencia aterradora.




Llega el sábado a la noche y es el momento preferido de la semana para miles y miles de tucumanas y tucumanos. Después de una semana de mucho trabajo o estudio es el momento (si el bolsillo lo permite) para despejarse y salir a tomar algo con amigos, ir al cine o a comer algo con tu pareja, sacarse la ropa de la semana y vestirse con la más linda que tengamos: es la ropa que ya lavamos y que se está secando. Antes de prender la plancha, en qué me pongo pensaba Pamela B. a las once de la noche. Faltaba una hora para que su novio la buscara de su casa. Una hora para descolgar la ropa de las dos sogas que cruzan el patio y prepararse para salir a disfrutar de la noche. Pero eso no pasó.

Mientras sacaba la ropa seca y colgaba la de su trabajo, Pamela estaba sola. Sus padres y su hermana no se encontraban ya que habían ido al cumpleaños de su sobrino. “La casa tiene una galería en el fondo y el patio amplio da hacia el terreno de una casa abandonada, deshabitada”, le relató la joven a Tucumán Paranormal. Las sogas para la ropa cruzaban el patio y salían desde la galería hasta la pared del terreno de la casa abandona. Cuenta Pamela que mientras descolgaba la ropa, algo sintió y no se animó a seguir hasta el final del recorrido: “La luz de la galería solo llegaba hasta la mitad del patio”.

Desde las seis de la tarde que Pamela había estado lavando ropa: la noche era cálida como lo había sido durante todo el día, pero cuando descolgaba la última muda de ropa, Pamela vio cómo la ropa que quedaba colgada aún empezó a agitarse por el fuerte viento que empezó a correr, un viento de esos que anticipaban una lluvia para la madrugada y el resto el domingo. Algunas prendas se desprendieron de los broches de madera y también de los que son de plástico multicolor. Agitada, Pamela comenzó a recoger las prendas del piso y a resguardarlas en el interior de la casa. Todavía quedaba ropa debajo de la galería cuando la luz se cortó.

Faltaba una hora para que su novio la buscara: a oscuras, no veía nada de lo que la rodeaba. Solo escuchaba el murmullo de los árboles bamboleándose por los fuertes vientos y en la confusión de la oscuridad, Pamela empezó a tantear con las manos, a ciegas, por dónde tenía que caminar para volver a su casa: “Empezó a sentir un poco de temor, y más aún sabiendo que se encontraba sola. Pamela no podía ver nada en la densa oscuridad que cubría la noche, los árboles y las plantas de su fondo daban al ambiente una escalofriante sensación de terror y miedo. En uno de los árboles que estaban al fondo de su terreno pudo escuchar un crujir de ramas de manera insistente, pero pensó que era producto del fuerte viento”.

El temor hizo que Pamela pensara en llamar a su novio para que la buscara antes de la doce. No quería estar más tiempo sola. En vano intentó tranquilizarse para recoger la ropa que quedaba colgada en la galería: las sogas estaban ubicadas a una altura tal que Pamela tenía que estirarse en punta de pies para tender y sacar la ropa. El espanto llegó luego de quitar la última prenda: había empezado por un pantalón, unas toallas, y unas remeras. Pero el pánico lo sintió cuando sacó una camisa y se agachó para levantar una prenda que había quedado en el piso: al pararse Pamela B. sintió cómo algo rozaba su cabeza y luego eso mismo se deslizaba sobre su rostro: “Pensó que era alguna media larga o algo por el estilo. Cuando la tomó entre sus manos para saber qué era en concreto, cayó en la cuenta que era una trenza de cabello demasiado largo. Por inercia y por la impresión que le causó eso, tironeó de aquella trenza y en el medio del silencio y de la oscuridad se dejó escuchar un grito estridente de una mujer, que gritaba, y se reía”, relata Augusto Bellido, creador de Tucumán Paranormal.

“Cuando Pamela quiso soltar aquellas trenzas, empezaron a moverse como una serpiente. Pamela trató de librarse, y así lo hizo, con toda la fuerza que pudo recoger y entró a su casa. Estaba pálida, muerta de miedo, la luz seguía cortada, no encontraba una vela, así que decidió marcharse a la calle a la casa de algún vecino”, agrega el relato, pero lamentablemente para Pamela el horror no terminaría ahí: Pamela necesitaba volver a entrar a su casa y caminar a oscuras hasta la pieza para buscar el celular y llamar a su novio o comunicarse con alguien de su familia, ajenas al espanto en una fiesta de cumpleaños.

Fue cuando entró al cuarto que Pamela escuchó cómo la risa macabra de una mujer  revoloteaba de un lado a otro: “Pensó por un momento que si estaba afuera aquella entidad, en su casa no podría entrar. Sin embargo, tenía tanta impresión de aquella situación reciente que no se atrevía a entrar a su pieza a oscura”. Antes de animarse a hacerlo, dejó las puertas abiertas para salir corriendo una vez que tuviera el celular en sus manos. Pero no encontraba el celular. Tanteó su cama, una de las dos camas de una plaza que hay en el cuarto. Tanteó a oscuras la mesa de luz, pero tampoco lo hallaba hasta que pudo encontrar su celular, y cuando estaba atravesando el cuarto para salir, pasó por el costado de la otra cama de una plaza y allí encontró lo espeluznante: una mujer acostada.

“La mujer estiró el brazo y la tomó de la muñeca, sus dedos eran huesudos y transmitía un frío y un horror tan intenso que carcomía el alma. Jamás había tenido esa sensación”, relata Pamela al sitio que investiga los sucesos paranormales que suceden en la provincia. “Pensé que me desmayaba del miedo. Y como un acto reflejo grité a Dios que me ayudase”, indicó Pamela, quien sintió cuando la mujer le soltó su muñeca y dejó salir un grito de espanto, escapándose por la ventana y rompiendo algunos vidrios. “Pamela salió como pudo de su casa, no se preocupó por ponerle llave a las puerta, y a tientas llegó a lo de un vecino quien afortunadamente salió a su encuentro porque la vio casi desvanecerse en medio de la calle”.

Cuenta la página que cuando Pamela pudo recuperarse un poco, le contó todo lo que le había sucedido al vecino. El vecino la escuchaba atentamente y le confesó que él también había escuchado las risas de aquella mujer, mientras que Pamela reparó en la casa del vecino y en el resto de las casas de la cuadra: todas, menos la casa de Pamela, tenían luz. Luego de 30 minutos, llegó la familia de Pamela y luego su pareja. Antes de entrar, volvió la luz. Todavía espantados por la historia que le contaba Pamela y también con un poco de dudas sobre qué podría haber pasado, vieron la silueta hundida en el colchón de la cama donde Pamela señalaba. Sacaron el colchón a la calle y le prendieron fuego.

“Cuando Pamela y sus familiares pensaron que todo ya había pasado mientras ardía el colchón, de ese colchón surgió el llanto de mujer que estremecía los huesos. Para entonces, los vecinos, niños y adultos de la cuadra y su alrededores ya se habían amontonado alrededor del suceso. Cuando el llanto de aquella mujer penetró los oídos de los espectadores, cayeron en la cuenta que debían alejarse de ese lugar lo más rápido posible. Un día después, pudieron conseguir a un cura para bendecir la casa, el fondo, y toda aquella cuadra, sin excluir el lugar exacto donde se llevó a cabo la quema del colchón”, termina el relato que ha causado conmoción entre los seguidores de Tucumán Paranormal y que, según Bellido, hasta el día de hoy, en las noches de un sábado cualquiera, las risas de una mujer se siguen escuchando.


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