El día después de Manuela, la Cenicienta del clímax macrista

OPINIÓN

La jubilada cumplió su sueño antes de las doce de la noche cuando las campanas sonaron por su cumpleaños. Todo lo que no se vio sobre la imagen de la última visita del presidente Mauricio Macri a Tucumán.

Manuela y el momento del clímax.


La agenda tan apretada como la faja que usa le impidió al presidente Mauricio Macri probar esta vez las empanadas tucumanas. Pese al cansancio por los kilómetros recorridos en esta marcha eterna de campaña que encabeza, y hasta para atender temprano a Omar Nóblega, lo cierto es que el presidente se lesionó la espalda jugando al fútbol. Por eso usó la faja de repositor de Capo y caminó de esa manera tan extraña sobre la pista del aeropuerto apenas arribado. Es la faja que se quitó para subirse por la noche a la plataforma de la Catedral, la última escena de Macri en Tucumán con un beso al pie con los deditos como repulgue de doña Manuela, la gran protagonista de toda esta historia.

La propia Manuela es una especialista en empanadas. En una de las tantas notas que dio este martes del día después, le aclaró a Julio Marengo que ella no pertenece a ningún partido político (aunque los golpistas que recuerden que fue militante del bussismo), y que como prueba de amor que tiene por la democracia, Manuela ama tanto los días de elecciones que ella y su familia están cada domingo que se vota haciendo empanadas desde la mañana, repulgue por repulgue, fritándolas o al horno, de carne o pollo, con o sin picante, pero nunca con papa y menos que menos de dos docenas para todos los fiscales, para los guardianes de la República.

Sin empanadas en las manos, pero con una torta esperándola por su cumpleaños en Villa Luján, Manuela fue a la plaza Independencia como miles y miles de tucumanos y tucumanas: a paso lento por la edad (ayer cumplió 72 años) y por el calor que ni los abanicos aliviaba. Llegó a las dos y media de la tarde Manuela. Y a falta de abanico, distinguió un puesto ambulante con banderas celestes y blancas, con pañuelos amarillos, con banderas blancas y amarillas, y también con pañuelos celestes, celeste, blanco y amarillo, en ese tríptico de color que forman los colores de la Argentina, los del Vaticano y los de los defensores de Las Dos Vidas. Manuela eligió el pañuelo amarillo, se lo ató al cuello para empaparlo de tanta pasión y llegó a la primera fila, empujadas por las chicas de Concepción, en primera fila Manuela como una groupie contra las vallas, mirándolo de cerca a él, al único ser capaz de enceguecer y de alumbrar, de deslumbrar y de iluminar el final del túnel, de enamorar, de admirar, de hacerte gritar y hasta de hacerte llorar.

Son casi las ocho de la noche en Tucumán y el corazón de Manuela se acelera cuando el presidente, avisado por un asesor, anuncia: “¡Hoy… es el cumpleaños de Manuela! ¡Y vamos a cantar todos cumpleaños! (sic)”. Es en ese momento cuando Manuela entra en trance. Es un momento que no imaginaba, que ni en los sueños de una noche de verano hubiera pensado que se cumpliría. Es entonces cuando llega el prólogo de todo lo que iba a venir después: el cantito del cumpleaños en voz del mismísimo presidente, un regalo casi peronista, cantando: “Que los cumplas feliz… Que los…” Pero es cuando el público está por seguir el cantito que el canto, que el cantito se interrumpe. Todavía abajo del escenario, Manuela no puede más de la emoción, José Cano le acerca un pañuelo celeste para las lágrimas, Macri la mira y le pide a Cano con ese tono que no se distingue si gentil o si orden, señalando a Manuela: “Levantala”.

Cano, siempre tan dispuesto como George Clooney en sus últimas películas, se agacha con su saco azul, cruza miradas de unión con Colombres Garmendia, se dan fuerzas, se dicen "Sí Se Puede", y como a este país se lo saca laburando, toman a Manuela por las muñecas, por los codos, por los antebrazos, por las axilas y de repente Manuela ya está en el escenario junto a él, junto al presidente a veces tan lejano como el cielo que da color a sus ojos y otras veces como ahora, tan terrenal, sin faja, con el micrófono en mano, suelto, risueño, como un Tinelli de plaza, preguntándole a Manuela: “¿Cuántos años cumplís, Manuela?” Y que la respuesta sea la que dé apertura al telón de esta obra llamada Cenicienta, un cuento de hadas que ni los hermanos Grimm ni Walt Disney hubieran guionado: “Perdí el zapato”, le dice Manuela a Mauricio, ruborizándose, haciendo puntitas de pie.

El acto continúa mientras Amaya se preocupa por dónde está el zapato y el presidente, más ágil que nunca, dice: “Perdió el zapato Manuela, La Cenicienta. La Cenicienta Manuela. ¿Dónde está el príncipe?” Manuela, al borde del desmayo de la emoción, ya con el pañuelo amarillo colgando, ella es quien le deja en claro que él es el príncipe, que él y nadie más, y que se haga cargo de este sentimiento: “¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! ¡Sos la Patria!” Todo eso le dice para después, ya mirando al público cual Eva desde el balcón sujetada por los tirantes Amaya y Garmendia, jura a viva voz que Macri es el país: “¡Yo estoy abrazando a la Argentina!”

Es tanto el bullicio, el agite de las banderas, el de los flashes, el frenesí de esta aventura que el clímax llega de la voz del príncipe de Manuela, quien da la orden a sus súbditos mientras las cámaras de TN enfocan lo que viene para Manuela: “Agarrala, agarrala, dame la pata”. Ahí es cuando Mauricio hace historia para TVR: se agacha, se olvida del dolor, se agacha un poco más y le besa el empeine a Manuela, le apoya los labios al pie derecho, lo besa, le da un piquito. Cano se acerca para constatar lo que está por pasar, Campero se queda atrás, Garmendia desborda, Amaya se pone rosa y Manuela no lo puede creer: siente el beso, el chuick, y se toma la cabeza, se sostiene la cara por la frente, se emociona y llora: “Encontré mi Cenicienta”, jura el presidente. “Ahora tengo Hechicera (Juliana Awada) y Cenicienta”, jura el presidente.

Como hizo Jesús con sus discípulos en La Última Cena, pero sin tiempo de lavarles los pies a Manuela, Macri le da el beso a Manuela. El Papa Francisco lo hace en las cárceles cuando besa los pies a doce presos. Pero es Manuela quien importa, Manuela y todas las preguntas que ha dejado el día después: ¿qué habrá hecho con el pie Manuela? Hay personas que no se lavan la mano después de apretar la de su ídolo. Hay otros que piden una firma en la piel y luego lo transforman en autógrafo. ¿Se habrá lavado los pies Manuela ya convertida en calabaza? ¿Habrá sentido culpa si es que ha tenido que lavárselos? ¿Es cierto que ha prometido no lavárselos hasta el 27 de octubre? 

¿Refrescará sus pies en una palangana Manuela? ¿Los habrá metido en una fuente alguna vez como una descamisada más? ¿Cuánto calza Manuela? ¿36? ¿36 y medio? ¿Cuántos pasos habrán dado esos pies coronados por el beso del presidente? José Romero Silva le pregunta a Manuela si se los ha lavado, pero Manuela se tienta y como una abuela cómplice no le responde: se ríe Manuela, se tienta Manuela, Carolina Glasberg desde estudios se contagia y así se pasa el tiempo hasta que llega la última pregunta del millón con respuesta: “¿Apareció el zapato?” Con las palabras de Manuela, cae el telón: “No, no apareció el zapato, dicen que alguien se lo llevó. Pero no importa. Él estaba feliz de mirarme descalza”. ¿Quién tendrá el zapato de Manuela?


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