Una batalla decisiva para sostener el proyecto independentista

OPINIÓN

¿Qué lugar tenía la guerra y la muerte para esta sociedad que transitó entre 1810 y 1824 una serie continuada de enfrentamientos? Al evocar y sentirnos orgullosos de la gesta de independencia, no debemos olvidar lo violento que fueron estos episodios sangrientos. Por Facundo Nani, Doctor en Ciencias Sociales.

La Batalla de Tucumán, óleo de Francisco Fortuny, es una de las pocas representaciones pictóricas de la acción de Campo de las Carreras.


Es una falsa creencia que los historiadores tenemos una suerte de obsesión con los detalles y acontecimientos. No son un talismán, un fetiche, ni una carta coleccionable. Tampoco la memorización es una piedra angular de nuestra profesión, pero sí podemos sostener que los acontecimientos son un pilar sobre el cual montar procesos históricos. Podemos pensar a los hechos como una puerta lateral para entrar al pasado y a su complejidad.

La Batalla de Tucumán, por donde se la mire, fue un acontecimiento decisivo. Desde el punto de vista militar marcó un antes y un después en la disputa entre el Ejército Auxiliar del Perú y el Ejército Realista. Alentados por su triunfo en Huaqui, el ejército del rey quería continuar sofocando la revolución, descendiendo hacia el sur de forma victoriosa. Nuestra victoria les puso un freno y logramos pasar de una posición defensiva a una ofensiva. La Batalla de Salta, también crucial, consolidó este giro del destino hacia 1813.

Las consecuencias de la Batalla del 24 de Septiembre no fueron solo militares. Para el territorio de Tucumán y sus habitantes, la valentía les tenía preparado otros premios. Hasta ese momento Tucumán dependía de la intendencia de Salta, pero en 1814, aludiendo al honor de haber sido suelo de tan crucial batalla, Tucumán adquirió el “status” de provincia. Es decir que la participación activa de “gauchos” tucumanos -y del líder Bernabé Aráoz- colocó a Tucumán como un territorio afín a la revolución, y esos gestos tuvieron una recompensa tardía. Señaló en este sentido el comienzo de un largo liderazgo de Bernabé Aráoz, quién quedó marcado a fuego como uno de los protagonistas de aquella jornada épica. Accedió pronto a diez años de gran poder (1812-1824), dominio personal que terminaría tras ser fusilado por facciones adversas dentro de la provincia. Estos liderazgos fueron consecuencias del panteón de “héroes” que ocasionó aquella batalla.

Sin dudas, podemos saborear la sensación dulce de que nuestra provincia fuera “sede” de aquel enfrentamiento, considerado el de mayor relieve dentro del territorio nacional. Aun así,  se trata de una fecha clave para la nación, no solo para la historia provincial. Tampoco sus protagonistas fueron solo nacidos en Tucumán, más allá de algunos ejemplos notables. Hubo hombres de guerra vinculados con Buenos Aires, espacio central de la revolución, como Eustaquio Díaz Vélez y Juan Ramón Balcarce. Por supuesto Manuel Belgrano, que cambió el rumbo del ejército al asumir el mando en 1812 en la Posta de Yatasto. Hubo mujeres que colaboraron con la guerra en distintas funciones, como espías, como enfermeras, incluso como guerreras en el campo de batalla. Hubo también, aquél día feliz, hombres formados en la guerra europea, como el francés Charles Forest, que dirigía una columna de infantería, y el Barón Eduard Kaunitz von Holmberg, nacido en Prusia, al mando de nuestras cuatro piezas de artillería. Porteños, provincianos, europeos, gauchos y tropas informales convivieron con éxito en una batalla un tanto desordenada, pero con un claro vencedor.

¿Qué lugar tenía la guerra y  la muerte para esta sociedad que transitó entre 1810 y 1824 una serie continuada de enfrentamientos? Al evocar y sentirnos orgullosos de la gesta de independencia, no debemos olvidar lo violento que fueron estos episodios sangrientos.
La artillería, y las técnicas bélicas tomadas en gran medida como imitación de la Grand Armée de Napoleón, eran sumamente agresivas. Las balas de cañón,  por ejemplo,estaban pensadas para no matar directamente.  Provocaban separaciones de miembros del cuerpo, despedazaban gravemente, logrando que el bando opositor pierda tiempo en el repliegue de tropas y en la actividad de los Hospitales de Guerra. Debido a esta dureza, muchos evitaban la guerra, siendo numerosas las deserciones. Había, por ello, mecanismos para estimular que se alistaran voluntariamente, además de haber formas para que lo hicieran de manera forzada. El “honor” y la “gloria militar” funcionaron como poderosos alicientes, a través de trofeos, condecoraciones, ascensos militares y otras formas de distinguir la actuación en campo de batalla. La poesía de guerra, tal como lo han mostrado las investigaciones recientes, fueron otro imán para atraer jóvenes. Entonando estrofas como “O juremos con gloria morir”, soldados y oficiales podían aceptar estar en la línea de fuego. Por último, los principales generales de nuestros ejércitos, como Manuel Belgrano o José de San Martín,  advirtieron que la propia religión católica podía ser un factor estimulante, e incluso  disuasivo del miedo. La utilización se sermones que unían lo militar con lo religioso, y el uso de rosarios, relicarios y escapularios, permitió crear disciplina en la tropa, y olvidar de momento que un porcentaje alto sería sepultado en suelo guerrero. Como sabemos, nuestro Ejército Auxiliar del Perú acudió a la advocación de la Virgen de la Merced, que según las creencias se abrió paso incluso presencialmente en la batalla, entre un huracán de langostas. El efecto de estímulo era tan fuerte, que al año siguiente el realista Joaquín de la Pezuela imitó la estrategia y designó a la Virgen del Carmen como generala de los realistas, intentando insuflar los ánimos de una tropa realista vencida. 


Facundo Nanni obtuvo el título de Doctor en Ciencias Sociales (Orientación Historia) de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Su tesis doctoral analiza la relación entre política y opinión pública en la Argentina de principios del siglo XIX, analizando circuitos comunicativos y deliberativos como la prensa, la legislatura, y de manera más informal los rumores. Publicó sobre dichas temáticas en revistas especializadas nacionales e internacionales. Obtuvo becas de organismos como Conicet, la Universidad de Colonia (Alemania), la Universidad Sorbonne Nouvelle (Paris III). Se desempeña actualmente como docente en la UNT.

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