Con mi revolución no te metas

OPINIÓN

El actor tucumano Guillermo Montilla Santillán opina sobre el slogan de campaña elegido por Silvia Elías de Pérez, ungida recientemente por Cambiemos como la candidata a Gobernadora de Tucumán.

Afiche proselitista de Silvia Elías de Pérez. (Crédito: Sebastián Lorenzo Pisarello)


Carta abierta a la senadora Silvia Elías de Pérez:

He tratado -¡lo juro!- de pasar por alto su estrategia de marketing para competir por la gobernación de Tucumán. Y no crea que se trata de sus pronunciamientos ideológicos en contra de algunas minorías, o en favor de la clandestinidad de algunas prácticas. De eso ha hecho usted sobrado proselitismo y ya no me sorprende. No es eso lo que vengo a cuestionarle. Si quiere usted traicionar sistemáticamente los pilares ideológicos de lo que llama su partido en busca de un bien personal, allá usted. Cosa suya.
Pero con mi revolución no se meta.

Quite de su afichería callejera (que bien podría alimentar a los que en estos tiempos oscuros tanto lo necesitan) la palabra revolución. Olvídela o destiérrela a ese rincón del cerebro donde van a parar las cosas que no entendemos.

¿Sabe usted, senadora, de qué trata una revolución? ¿Se ha permitido pensarlo concienzudamente? Si no es así, déjeme alcanzarle algunas referencias.

Revolución fue la de los hermanos Graco en Roma cuando se la jugaron para introducir las leyes de una reforma agraria en un imperio donde los pobres y los inmigrantes no tenían nada. Revolución fue la de Tupac Amaru que dio su vida por los "negros" y por los "indios", ese mismo que antes de ser atado a cuatro caballos le dijo a su torturador: "Solamente tú y yo somos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por tratar de libertarlo de semejante tiranía. Ambos merecemos la muerte". Revolución fue la cubana, la de octubre, la francesa. Revolución es la de hoy, la de las pibas que salen a luchar por la transformación de un mundo que nos incluya a "todes" y en contra de un modelo de pensamiento que hunde sus raíces en los albores de la civilización.

Revolutio, senadora, decían los latinos para significar aquello que viene a dar vuelta las cosas de un lado a otro y usted ha dado pruebas sobradas de que desea lo contrario.

Si algo de honor le resta, salga usted sin demora a las calles y tache esa palabra de cada cartel y oblíguese a no pronunciarla cuando un sentido común en retirada se la coloque en la punta de la lengua. Libérese de la pesada carga de tener que echar mano de algo que desprecia.

Levante la voz cuanto quiera para cuestionar los derechos de las minorías, use todos los pañuelos celestes que le venga en gana, haga carne las palabras de los que condenaron a Copérnico, o a Sophie Scholl. Todo eso se lo permito.

Todo menos que me hable de revolución. Eso no.

Usted no quiere sacudir el mundo, usted quiere dejarlo como viene siendo. Usted no quiere cuestionar, usted quiere que no se cuestione. Y está bien, cada quien entiende de principios como puede.
Pero con la revolución… ¡Ah, no! ¡Eso nunca!

Con mi revolución no se meta.

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