No nos callamos más no es un hashtag

VIOLENCIAS CONTRA LA MUJER

Thelma Fardín pateó el tablero. En un acto de valentía denunció a Juan Darthés por violación. Y miles de mujeres y hombres sometidos sexualmente se animaron a hablar. No está sola. A muchas nos pasó. Y ahora nos animamos a hablar, gracias a ella y a muchas otras. No es una moda: es una realidad que duele y deja cicatrices en las víctimas. Pero no nos callamos más.

El abuso en el ámbito familiar es más común de lo que creés. Imagen ilustrativa


Los abusos y violaciones sexuales, quizás, son más comunes de lo que vos pensás. Pero se viven en silencio. A mí me abusaron cuando tenía 9 o 10 años. Fue mi tío. Y no dije nada. Años después, de adolescente, lo conté por primera vez a mi mejor amiga. En mi entorno familiar también me reclamaron el porqué de mi demora en hablar: exploté y les grité lo que me había pasado. No podía denunciar. 

En estos años en los que temas relacionados con las diversas formas de violencia hacia la mujer tomaron fuerza, ese recuerdo se hizo presente, sobre todo anoche. Cierro los ojos y se reproduce como una película en mi cabeza: el tío Lalo y un abuso.

Hace algunos años, en la toma a la UNT que surgió a raíz de una violación en el Parque 9 de Julio escribí un cuento. En realidad, una crónica. Un relato de cómo me abusaron cuando era niña. Cuando me preguntaron, me dio vergüenza admitir que ese texto era en realidad lo que a mí me había pasado y no ficción. Pero yo tampoco me callo más, con vergüenza y todo.

Las heridas que te deja un abuso sexual no se borran con Cicatricure o con una cirugía: quedan. Y aunque en la mayoría de los casos las mujeres somos víctimas, también afecta a los niños, a los varones.

En estas horas, tras el sacudón de la denuncia, leí muchas posturas. "Que hay que esperar a que actúe la Justicia". "Que mirá cómo se vestía". "Que debe haber provocado". "Que mirá cómo provoca en Instagram". Lamentablemente, en algunos casos ya es tarde para la Justicia. Entonces, uno recurre a la palabra, que también sana. Y puede ser revolucionaria. 

Hace algunos años hice mi catarsis: una crónica de un abuso. Era niña. No podía denunciar. Tenía miedo. Pero me acuerdo -23 años después- de casi todo. Esas situaciones te quedan para siempre, pero ahora las cosas cambiaron, porque no nos callamos más.

En eltucumano.com se habló del tema. Le pedí a un amigo que me acompañara a fumar. Y lloré. Él conoce mi historia y m tiró el título: "no me callo más no es un hashtag". Y lo hablamos: no hay vergüenza, no fue mi culpa y los testimonios ayudan a visibilizar esto ante la hipocresía del "no pasa nada". Estoy acompañada.

Son estos relatos, todos los que leí, los que sirven para para dejar de sentirnos sucias, culpables, responsables. Son ellos, los violadores, los abusadores, los que ahora tienen que rendir cuenta. Y esconderse, si pueden.

Acá, mi experiencia:

El pijama del conejito turquesa (Cuento leído en La Toma de la UNT el 9/9)

“Por qué algunas partes del cuerpo son como celdas y otras como países”.

María Negroni


Tenía 10 o 9 años cuando decidimos –ellas decidieron, yo apoyé con entusiasmo- ir con mi madre y con mi tía – su hermana- de vacaciones  a Río Cuarto, o Río Tercero, en Córdoba –nunca me interesó tantísimo la precisión de los números.

Me acuerdo que nos fuimos en un Renault 12 de mi tía que siempre, desde que lo conocí hasta que lo vendió, tenía olor a nuevo. Siempre.

Mi tía nos dejó ahí, en el campo de soja de mi tío Lalo. El tío tenía el pelo  hirsuto, los dientes prominentes, canas; se le hacía un masacote de baba en las comisuras de los labios que a mí no me molestaba particularmente, pero me daba un poco de asco. Más asco todavía, me daba el olor rancio que tenía. El olor de una persona de unos 50 o 60 y tantos que no se baña hace unos días. Y el casco nazi del lado alemán de la familia me daba un poco de miedo; ya uno había leído  El Diario de Ana Frank.

Con mi vieja apenas unos meses atrás habíamos comenzado a llevarnos bien. El tipo tenía un Falcon gris, que ni me iba ni venía. No significaba nada para mí. Y no era desagradable, porque a mí me prestaba atención en especial. Nos quedamos en su casa, que estaba en el campo de soja. Lalo tenía un tractorcito para andar, que yo a mi 10 o 9 años podía manejar. Y me dejaba manejarlo. Y un día había comprado postres shimmys.

Mi vieja en ese momento- mujer sola-no andaba en las buenas con la cuestión del sueldo. Y sus amigas le daban ropa para mí, que pegaba una estirada cada nueva estación. Ese verano había llevado a Córdoba un pijama recién heredado, que es lo mismo que nuevo, que tenía el pantalón que era blanco, todo atravesado con rayas turquesas bien finitas. La parte de arriba del pijama tenía un dibujo de un conejito humanizado- no me acuerdo que acción llevaba adelante el conejito de la imagen-, que al mismo tiempo vestía un pijama igual que el mío. Yo en esa época gozaba de una alegría inexplicable.  Ese pijama nuevo llevé a córdoba para vestirme, casi religiosamente por el colegio de monjas, antes de dormir.


¿Saben? Creo que al tío Lalo le gustaba cómo me quedaba el pijama del conejito rodeado de líneas infinitas turquesas. A él y a su casco nazi.

Teníamos una buena relación. Me había comprado postres shimmys. Y -ah- bombones garotos (los niños se compran así).  Había un tractor para circular por el campo que tenía gallinas. Había gallinas de Guinea.  Había cariño, atención, confianza del tío Lalo.

Yo por esa época iba a un colegio de monjas, pero mi mamá- erudita en las ciencias naturales y sensible- me había explicado el sexo que, capaz,  es mejor con amor;  que no tiene que ver nada la religión; que es algo que uno ofrece, no algo que alguien tenga derecho a quitar. Algo del asunto me imaginaba, muy vagamente, pero lo suficiente para identificarlo con una situación física.

¿Saben? Creo que al tío Lalo le gustaba cómo me quedaba el pijama del conejito rodeado de líneas infinitas turquesas. A él y a su casco nazi.


Yo me levantaba muy temprano en esa época. Antes que mi mamá. Después que el tío Lalo. Todas las noches con mi pijama del conejito turquesa.  Me acuerdo, también, que de calzado usaba unos zuecos blancos que tenían un clavito saliendo; eran muy cómodos, pero por culpa de ellos me pusieron la antitetánica.

¿Saben por qué creo que les digo ahora, 18 años después, que al tío Lalo le gustaban mis zuecos, mi pijama del conejito de líneas infinitas turquesas y mi niñez? Porque esa mañana yo estaba despierta. Nos había dado una habitación para mí y para mi mamá. Una de las ventanas de la casa tenía el nido de barro de un hornero que a mí me encantaba. ¿Y saben qué? Esa mañana me levanté al baño. Yo, mi niñez, mi pijama y mis suecos querían ir al baño. Y el tío Lalo me llamó, tenía su cama ahí, cerquita, a unos metros.



Me dijo que fuera a darle un beso. Yo era chúcara, pero fui. No le daba besos, pero me había colmado de atenciones.  De repente, me tenía en posición fetal en su cama. De repente, un abrazo. Después, la mano del tío Lalo flanqueando el elástico del pantalón del pijama del conejito. Sensación prohibida. Incómoda. Indeseada. Forzada.  Culposa. No. No mamá, no me pasa nada. No hablo porque no se me canta, mamá. Sí, me encanta ser un hongo al lado de este eucaliptus mamá, déjame en paz, no me pasa nada.

Muchos años lo imaginé al tío Lalo de rodillas. A él así y a mí apoyándole el caño de una escopeta contra la nuca. Sí.


PD: Gracias a mis compañeros e eltucumano.com. Yo y ellos estamos atravesados de micromachismos, pero los discutimos, hablamos, cambiamos. Gracias por cuidarme y por escucharme. Gracias por no hacer distinciones.






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