23 de Mayo: El derrumbe del Parravicini

Opinión

"Al cortar la llamada me di con los mensajes, las fotos, la noticia que estremecía a mi ciudad: el derrumbe de un edificio, en pleno centro, en plena tarde-noche". Carla Mora recuerda, a seis meses de la tragedia, las horas previas a recibir una noticia que cambió su vida y la de sus seres queridos para siempre.

El ingeniero Miguel Morandini fue una de las tres víctimas del derrumbe del excine Parravicini.


[El cartel de la puerta de emergencias no dice “Salida”, como todos creen. Dice “Escriba”, porque no hay mayor antídoto contra todo esto que se atraganta.]

Recibí un llamado apenas entré a mi departamento. Era miércoles, lo recuerdo clarísimo, porque desde ese día durante meses, cada miércoles a la misma hora, repasé con mi memoria todos los minutos de esa noche de mierda. En esa voz sonaba la intranquilidad y yo no supe detectarla hasta que la vi, a la vuelta de casa, en la puerta de su trabajo, dura, congelada, sabia, aterrada. Miguel no atendía su celular, su mamá tampoco, y por eso ella estaba en pánico.

Yo recién llegaba del centro. Venía de hacer compras, me preparaba para viajar ese fin de semana largo, como siempre, y venía discutiendo por teléfono, como otras tantas veces. Al cortar la llamada me di con los mensajes, las fotos, la noticia que estremecía a mi ciudad: el derrumbe de un edificio, en pleno centro, en plena tarde-noche. Cuando me llamó ella, a las 21 horas, no supe conectar ningún punto del mapa cruel que estaban dibujándonos desde arriba. No podía ser.
Miguel, el compañero de mi mamá, la dejaba todos los miércoles en su trabajo, a las 19 y mientras tanto visitaba a su madre. Antes de irse le repetía la misma frase: Te busco a las 22:30. Las últimas palabras nunca nos parecen las últimas. Esta vez no la buscó.

Las que empezamos un peregrinaje hacia la oscuridad fuimos nosotras. Cuando ella, entre clase y clase, vio las noticias que ya circulaban con videos del lugar, se aterró, se aturdió, se enajenó. Me llamó creo que con las únicas fuerzas que le quedaban, porque cuando fui a encontrarla las manos y la boca no le respondían a sus órdenes. Le dije que todo estaba bien, que seguramente él no atendía el teléfono porque estaba ayudando a su madre, una señora grande. De verdad yo lo creía. Mi mamá me repetía algo entre balbuceos y sonidos que no entendía, o no quería entender, pero creo que me dijo que ellos estarían en la zona, que dejarían el auto al lado del Ex Parravicini, que irían PARA AHÍ. El ahí nunca nos parece el último “ahí”, ni el último nunca.

Atiné a llamar a su mejor amigo, a mi pareja, a los conocidos, a los amigos periodistas, a comenzar a armar esa red que uno nunca sabe muy bien para dónde expandir porque en los momentos de crisis nadie está verdaderamente preparado. Recuerdo bien que escuché mi instinto por primera vez en mi vida. Fuimos hasta el lugar, es lo primero que atinamos a hacer, porque paradas en una esquina no podríamos lograr nada. Dos alumnos suyos y mi amigo nos acompañaban. En el camino intenté por milésima vez llamar al celular de Mike, como le decíamos nosotros. Esta vez no me daba directamente al contestador, sino que llamaba. Durante los segundos en que sonó el tono practiqué la puteada que iría a decirle por no atendernos el teléfono. En paralelo yo escribía mensajes, recibía consejos, intentaba contactos, averiguaba informaciones. Y él seguía sin atenderme.

En el lugar del derrumbe no nos podían decir nada, solamente que las víctimas serían trasladadas a un determinado hospital de la ciudad. Eran las 22:15. Con su poca energía, ella me miró a los ojos y me pidió que esperemos hasta las 22 y media. Si a esa hora no aparecía, algo le había pasado definitivamente. Jamás dejaba de buscarla, jamás llegaba tarde sin avisarle, jamás la defraudaba.

El reloj nos dio la señal de que la búsqueda iba por otro lado, así que partimos hacia el Hospital. En el camino ella nos pidió que intentáramos pasar por la casa de la madre, lugar que nos quedaba relativamente cerca. Quizás habían ido para ahí, quizás perdieron los celulares, quizás algo falló. Todavía me prendo a ese quizás y recuerdo mis esperanzas como si fuese ayer, vivamente, intactas, no podía haber pasado nada. En la puerta de su casa llamé al 911. Hice la denuncia. Denuncié dos desapariciones. Jamás imaginé estar en esos zapatos, ni en mi más rebuscada novela, y eso que tengo varias en la cabeza. Jamás pensé vivir esta pesadilla en colores. Viva, parada ahí, esperanzada. Que es lo último que se pierde, dicen. Nadie contestaba a los llamados en esa casa. Otra ilusión que se me iba, otro horario del reloj, otro minuto más.

Finalmente fuimos al Centro de Salud. Llegamos y no había noticias, ni identificaciones, ni respuestas, ni nada. Pasó la Ministra de Salud de la provincia; la recuerdo muy coqueta, rubia, rodeada de personas. La recuerdo vivamente, también. Hasta esos momentos todo estaba vivo en mi mente. Mi amigo intentaba averiguar por un lado, yo intentaba saber más, por el otro. Mamá estaba pálida, sentada en el borde de la vereda. Tenía la cabeza entre las piernas, inerte. Me pidió que llamase a mi tía, su mejor amiga, y fue la última vez que escuché alguna palabra salir de su boca. Llamé a mis hermanos, llamé a mis amigas, pedí fuerzas porque ya no las tenía. Eran las 11 de la noche. Mike jamás faltaba a una cita, jamás nos fallaba. Algo más grande que nosotros tenía que haber pasado.

Entonces mi amigo me llamó con la mirada desde la puerta de la guardia del hospital. Solamente tuve que mirarlo una vez para entender lo que cargaba en sus ojos, lo que debe haberle costado tolerar esos minutos infinitos hasta que entré, dejando a todos afuera esperando algo, algo más. ¿Esperando qué?

Entré a una habitación muy pequeña, esas en las cuales los médicos nos revisan rápidamente o nos ponen una vacuna. Había tres personas que se presentaron como psicólogos. A dos los conocía de mi trabajo anterior. Me relajé cuando vi caras conocidas. En todo momento pensé en nada. Pero a mi alrededor todo se caía muy despacito y yo ni me daba cuenta. Me pidieron que lo describa físicamente, y asentían con la cabeza, lentamente, con profunda comprensión. Hasta que uno de ellos cerró los ojos más de lo normal. Y lo supe. Tuve la certeza. Caí al vacío. Eso es recibir una mala noticia: se siente como caer desde muy alto sin llegar nunca al piso. Me agarré fuerte de mi amigo, le clavé las uñas en sus manos, le grité que no, que no, que no. No. Todos esos ojos me miraban a mí, las piernas me temblaban sin control, mi boca repetía sin parar que no, que no, que no. No podía ser. Ese derrumbe no podía habérselo llevado. Mike jamás faltaba. Jamás.

Aunque lo llamase mil veces, nunca más me atendió el celular. Supongo que finalmente ese aparato se apagó. No borré su número; está todavía entre los contactos favoritos, señalado con una estrella. Quiero seguir creyendo que nunca me decepcionó, que simplemente tuvo que irse, que no fue nuestra elección. Mamá también se apagó ese día. Se tiñó todo el mundo de gris. Y pensar que yo solamente podía repetir frases inconexas y sin sentido. Que no… que mi mamá… que no podía ser. Te juro, Mike, que hasta el último segundo no abandoné las esperanzas de encontrarte. No te quería fallar.


Carla Mora es tucumana y licenciada en letras de la UNT. El 23 de mayo pasado, su padrastro, el ingeniero Miguel Morandini, perdió la vida en el derrumbe del excine Parravicini, ubicado en pleno centro de San Miguel de Tucumán.



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