El frío del silencio, el calor de la palabra

Opinion

Un grupo de personas poderosas y adineradas, entre los que había dos tucumanas y un tucumano, debatió un problema que aún existe.

Buenos Aires. Plaza de los Dos Congresos. Madrugada del 9 de agosto. Foto AP


Ha de tener el corazón frío quien interrumpa a alguien en el discurso más importante de su vida.

O quizás en el discurso por el que alguien puede ser recordado cuando ya no tenga vida. O el discurso que hoy se festeje en una casa o en una plaza pública.

Qué poco ha de compartir la pasión por los ideales quien no se asombre, quien no se congele, quien no escuche, cuando alguien hace pública su verdad, cuando vió, vivió, sintió, entendió; cuando eso es el alimento del corazón que habla.

De sus verdades; de la sinceridad o de la pasión por hacer entender un problema, una falencia, una falla, miles de dolores; decenas de miles de muertes.  

Y qué triste el silencio en las asambleas públicas, qué triste escaparle a la palabra.  

Aquel que prefiere ocultar sus ideas cuando es quien debe mostrar ideas.

Discutir por ellas, hacerlas valer, darle vida, ser portavoz. Pero personas que dejan sin voz cuando juegan a “mejor no digo nada, que pase rápido, que quiero pasar desapercibido, que no me suma explicitar mi sinceridad”.
 
Pero cuánto seducen quienes no se callan. Quienes hablan por otros, por otras. Quienes se ponen en la piel ajena y, delante de quienes pueden hacer algo, dicen verdades que se dicen solo en la calle, que si no fuera así quedarían solo en la distancia de lo que llaman vulgar, de lo que no quieren hacer valer; en fin, de la palabra de quienes valen menos, de los más débiles.

De los sometidos, de las sometidas.

Aquellos que cierran las puertas. Peor: quienes no dejan ni siquiera escuchar a los demás, que no dejan participar. Quienes desde la silla única del mandato piden que se acabe rápido, que se corte, que mejor no… que, así sea muy importante para mucha gente lo que estamos hablando, que así esto dependa de un país, si se sigue hablando se harán las tres de la mañana. Las tres de la mañana. Y a las tres de la mañana me da sueño. Y más me importa irme a dormir que escucharte.

¿Cómo te puedo contar algo importante, de vida o muerte, si no querés interesarte por mí? Qué difícil. Qué difícil se hizo.

Fácil fueron los golpes bajos; que te humillo, que te degrado, que te aplasto. No sos yo. No me importa. No te conozco. Y si no te conozco odiarte más fácil. Callarte es más fácil. Te odio.

Porque si te conozco, si se lo que te pasa, recién entonces te puedo querer.

Saber qué te duele, qué te cuesta, qué te falta, qué te pasa, qué soñás, quién sos. Por eso hay decirlo: esto nos pasa. Este problema doloroso es el mío. Esto me duele. Qué hacemos con esto.


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