¿Importan las dos vidas?

OPINIÓN

Una marcha masiva, presión de la Iglesia. Políticos que confunden el mensaje en consonancia con la tribuna y agrupaciones que no brindan claridad. La despenalización del aborto ha caído en la grieta profunda y ciega de todos los días.

Manifestante solicitando despenalización del aborto durante las audiencias públicas. (FOTO: Amnistía Internacional)


Una vez más el debate se ensució. La religión metió la cola y las voceras del feminismo la pata. ¿Acaso alguien duda que haya gente a favor de la vida en lugar de la muerte? ¿Quién dijo que quienes bregan por la despenalización del aborto piden muerte a discreción? Qué pelea agotadora. Qué demostración de fuerza innecesaria.

Unas 100.000 personas ─según los organizadores de la movilización “Salvemos las dos Vidas”─ marcharon contra el proyecto de ley que pretende terminar con la criminalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Realizaron ecografías en vivo y utilizaron a chicos con síndrome de down para enviar un mensaje terrible: “Ellos no hubieran podido nacer si la ley hubiera estado vigente”.

Al momento que los detractores de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) se proclamaron pro vida, la discusión se perdió. ¿Quién podría estar de acuerdo con alguien que promociona la muerte? Claro, sin contar a los casi 100.000 tucumanos que votaron al bussismo en las elecciones de medio término ─nostálgicos de tiempos pasados oscuros─ y a una lamentable cantidad de personas que festejaron la muerte de un chico de 11 años a manos de la Policía.

La hipocresía es enorme, gigante. Desde la multitud de ciudadanos que se proclama a favor de la vida hasta el gobierno provincial que no adhiere hace más de una década a leyes nacionales fundamentales para no llegar a la triste instancia de la interrupción del embarazo: la Ley Nacional 26.150 de Educación Sexual Integral y la Ley Nacional 25.673 de Salud Sexual y Procreación Responsable. Ahora la multitud ofrece cobijo a las mujeres que quieren abortar, ahora ofrecen planes. Ahora ofrecen cuando antes pedían quitar a gritos. Merceditas marchó como el emblema de la vida ideal, mientras otros niños la miraban pasar a través de las calles donde trabajan a diario y ante la vista de todos. ¿Alguna vez alguien marchó por esos chicos?


El mensaje de los grupos que luchan por los derechos de la mujer no fue claro desde el comienzo. La prensa colaboró a sumar confusión con noticias que por poco daban a entender que una mujer podría abortar si acaso su bebé era morocho en lugar de rubio, o varón en lugar de nena. El periodismo no se esforzó en aclarar las cifras de muertes de mujeres por abortos clandestinos, ni en describir el padecimiento de las víctimas de violación que quedan embarazadas. El rol del periodismo, otra vez, deja mucho que desear.

El aborto existe, pero la discusión se enfocó en la decisión moral de practicarlo y en las cifras de mortalidad por complicaciones por abortos clandestinos para saber si se trata de una emergencia sanitaria. ¿Realmente importa el número? Algunos llegaron a comparar con ironía la legalización del aborto con la legalización del robo, como si ya no fuera una práctica común en todos los escalafones sociales. Desde el que se sube a una moto y sale a arrebatar celulares hasta el que evade impuestos al poner empleados en negro o sus fondos en paraísos fiscales; todos roban, pero las consecuencias para unos y otros no son las mismas. Los pobres van al penal, mientras que los ricos gozan de prisión domiciliaria. Si trasladamos este caso al de una chica que por cualquier motivo decidió abortar, la que pertenece a una familia pudiente vive mientras que la otra muere.

Así como la legalización de la marihuana en Uruguay, cuyo principal objetivo fue dar un golpe al narcotráfico y terminar con la estigmatización del consumidor, la Ley IVE pretende acabar con el negocio de los médicos que practican el aborto clandestino y especialmente con la criminalización de las mujeres que deciden interrumpir su embarazo. La moralidad de la decisión nunca estuvo en discusión; fue traída de los pelos.

Si la despenalización del aborto no prospera en el Congreso de la Nación, no será sorpresa. Tampoco lo será que los abortos no terminen con el rechazo al proyecto. Al contrario, seguirán habiendo mujeres obligadas a optar por un curandero de turno para realizarse una interrupción barata, insegura, clandestina y ─casi seguramente─ mortal. Sin embargo, la conciencia de muchos estará tranquila y la campaña por salvar las dos vidas habrá caducado.

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