El arduo desafío de llegar a fin de mes

La economía real

La inflación y el aumento de los servicios nos obligan a remarla cada vez más para llegar a fin de mes ¿Qué tan lejos estamos de la orilla y qué tan cerca de hundirnos?

Sin un mango. foto sacada de https://pixabay.com


Los billetes se amontonan en el centro de la mesa del bar. Los hay de todos los colores que ofrece la galería de próceres nacionales y algunos de la fauna autóctona, los más nuevos, entre los que no deja de sorprender la ausencia de una vaca. La nuestra esta noche apenas si llega a ternero. Alguien cuenta otra vez, pero los números no cierran: falta. Las miradas se cruzan en un silencio de misa. Otro revuelve una billetera raquítica. Se suma un Manuel Belgrano cansado de tantas batallas y un Bartolomé Mitre, azul cual pitufo, que parece escrutarnos en un gesto de sorpresa y desazón: no alcanza. Ahora todos los ojos se posan en Pedro, quien aprisiona entre sus manos un yaguareté chaluca en claro peligro de extinción. Se aferra al animal de papel para mantenerse a flote como Rose, la protagonista de Titanic, al final de la película. Porque, para ser honestos, nadie quiere ser Jack Dawson. Se lo acaba de prestar un amigo y sabe que una vez que el felino monetario se convierta en Julio Argentino Roca o Juan Manuel de Rosas o Domingo Faustino Sarmiento o llama o ballena, su destino no será otro que la desaparición. En un rincón de la mesa, un chango ha dejado un cúmulo de estampitas de santos y no ha vuelto a pedirnos nada a cambio. Ellos también nos miran con aire de resignación. 

Para los náufragos de la economía actual, la orilla es el depósito del sueldo, pero esos primeros días del mes en que no hay tierra a la vista no son precisamente un plácido remanso. Eso en el caso de tener un trabajo y un sueldo, para los que no lo tienen la situación es mucho más dramática y difícil, como remar las cataratas del Iguazú desde abajo y contra la corriente. Asalariados en apuros y desocupados preocupados, ni unos ni otros, se fían en los algoritmos que dibujan los índices económicos: el dólar que hace rato escala por encima de los 20 pesos, precios que en enero subieron un 1,8% (según el INDEC) y que en febrero lo hicieron un 2,4% (según el Instituto Estadístico de los Trabajadores), un nivel de pobreza que alcanza al 28,6% de la población (de acuerdo con los datos del INDEC para el primer semestre de 2017) y seguiría creciendo aún más. Y aunque el INDEC estime que el año pasado la capacidad de compra del salario haya crecido un 2,2%, lo cierto es que estas estadísticas no hacen más que desmentir las metas del gobierno que hablan de un 15% de inflación para todo el 2018. Como muchos otros índices, entre los que hubo algunos que supieron alcanzar cierta popularidad como el otrora renombrado “riesgo país” (una especie de tabla de los promedios del campeonato del subdesarrollo), estas son apenas cifras que a los hombres y mujeres de a pie, por lo general, ni les van ni les vienen. El tucumano promedio sólo confía en un índice mucho más pragmático y real que es el de esa brecha que se abre entre un sueldo y el siguiente. Esa forma de percibir la realidad económica del país no goza de prestigio académico, ni cuenta con el aval del Fondo Monetario Internacional, ni tiene, hasta ahora, una sigla que la identifique, pero para sacarla del ostracismo en que actualmente se encuentra podemos denominarla como Índice de Sequía Monetaria Intersueldos (ISMI). Y lo que el ISMI intenta decirnos es que son muchos los que sienten que tienen que bracear cada vez más para llegar a la orilla. Las olas indómitas de la economía real parecen devolvernos a mar abierto. 

Ya nadie recibe cartas de amor que se filtran por debajo de las puertas. El antiguo género epistolar, tal como lo conocíamos los que alguna vez hicimos uso de él, ha sucumbido ante la tecnología de las comunicaciones. Ahora el romance cuenta con la inmediatez del WhatsApp, la iconografía de los emoticones y la animación de los gifs. Los que siguen llegando por debajo de las puertas, en cambio, son mensajes de desamor. He percibido en los rostros el amargo rictus de quienes reciben las boletas de los servicios o de las expensas y en algo se parece esa mueca triste a la resignación que genera la decepción amorosa. En algunos, en estos últimos días, la amargura estuvo acompañada por gestos de sorpresa: ojos grandes, bien abiertos, ante boletas de la luz que duplicaban en valor a las del mes anterior. Ni siquiera hay un beso de despedida al final o el dibujo de un corazón o una explicación del tipo: “no sos vos, soy yo”. Nada de eso. Apenas números fríos como una daga que parece calar hondo desde la cartera de la dama y la billetera del caballero al corazón. Y luego, una vez que nos sobreponemos del estupor, llega un inevitable sentimiento de culpa: “Pero si puse el aire en 24 como me dijeron…”, “Pero si lo prendí lo justo y necesario…”, “Pero si uso la ropa sin planchar…”. El aire acondicionado, de pronto, deja de ser una bendición necesaria para mitigar el sofocante verano tucumano y se vuelve una condena para nuestra frágil economía hogareña. Y para quienes respiran aliviados ante la inminente partida del calor, la realidad les depara una nueva cachetada: junto con el frío llegará un nuevo aumento en la tarifa del gas que rondará el 50%.  Desde abril, para llegar a la orilla, habrá que remar bien abrigados.

Los índices económicos, las estadísticas oficiales, los frívolos números del sistema financiero no contemplan esas heladeras de solteros que a fin de mes parecen el escenario de Titanic donde sólo hay agua y hielo. Nada dicen del fiado en el almacén de la esquina, ni de la tarjeta ciudadana con saldo negativo ni del costo de los útiles escolares de los changuitos que comienzan las clases ni las cervezas que no alcanzamos a pagar o los cafés que no podemos invitar a los amigos apenas entrado el mes. El Índice de Sequía Monetaria Intersueldos (ISMI), en cambio, podría considerarse como un vector de la economía viva, real y concreta; una certeza que no nos otorgan nunca los guarismos que dibujan los economistas avezados en las predicciones y otras ficciones extravagantes donde sobran los números y faltan las personas. ¿Pero hace falta realmente una nueva estadística entre tantas otras? Acaso lo que necesitamos no son más indicadores que mirar y escuchar a los demás. La economía más real, más palpable, más humana es preguntarse por los otros y tenderles una mano cada vez que sea posible. En medio de la borrasca económica, por cada rico que se salva hay un pobre que se hunde, como Rose y Jack en Titanic. Nuestra respuesta nunca puede ser la mirada resignada y pudorosa de los santos de las estampitas.  

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