La odisea de Ernesto para llegar al laburo sin colectivos

Historias de acá

Ernesto Duarte tiene 66 años y cumplir con sus horarios de trabajo se ha vuelto una aventura épica desde que se inició el paro de transporte: camina, hace dedo y, como no logra llegar a tiempo, teme perder su trabajo. Su historia y su reclamo a los empresarios del sector.




Todavía es de noche. La oscuridad es tan densa que impide vislumbrar la silueta de las montañas en el horizonte. El frío es un latigazo que golpea la cara y que se siente en las manos entumecidas. A las siete de la mañana todavía es de noche en Lomas de Tafí y las calles están casi desiertas, pero Ernesto Duarte camina doce cuadras a tranco seguro hasta la Diagonal Leccesse, en el límite entre Tafí Viejo y la capital. Pesan los 66 años sobre los hombros y pesan los pies tan temprano y tan invierno. Al llegar a la diagonal, se encomienda al destino y hace dedo a los autos que pasan indiferentes. Las pocas veces que tiene suerte, consigue que lo lleven hasta el centro y ahí prueba otra vez, a la espera que otra alma caritativa se apiade de él. La misión es llegar hasta el corralón donde trabaja en San Cayetano. Los días en que la suerte y los autos son esquivos, Ernesto camina más, a veces, hasta la Plazoleta Mitre. Esa se ha vuelto su rutina desde hace cinco días, cuando los colectivos dejaron de circular en toda la provincia.

“El sábado me levanté antes de la siete y fui hasta la autopista, todavía estaba oscuro. Me puse a hacer dedo ahí y no me quiso levantar nadie. Estuve hasta las 10 masomenos. Yo los  entiendo porque la inseguridad hoy en día es tremenda y no se quieren arriesgar, yo los entiendo, creamé, esa es otra parte de toda esta historia, yo también me expongo al salir de mi casa a esa hora”, cuenta Ernesto que este último sábado no pudo ir por la mañana a su trabajo. Su jefe le dijo que no fuera, que ya era muy tarde. Desde hace cinco días, cuando comenzó el paro de colectivos, llegar a su trabajo se ha vuelto una odisea personal y cotidiana: “Esto te complica porque uno se sacrifica para cumplir y no puede por causas ajenas a su voluntad. Eso no va con mi personalidad, yo soy muy responsable”.


De lunes a sábado, Ernesto Duarte repite la misma rutina: a las siete ya está listo para ir hasta la parada y subirse al primero de los ocho colectivos que se tomará a lo largo del día, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde. Desde Lomas de Tafí toma el 101, el 109 o el 142 hasta el centro de la ciudad y, una vez ahí, el 8 o el 10 hasta el Barrio San Cayetano. Después del mediodía, vuelve a su casa a almorzar y en media hora ya está otra vez saliendo con rumbo al corralón donde trabaja.  Por semana gasta $926. Tiene un sistema muy bien aceitado para llegar siempre puntual. Se vale de la aplicación RedBus Tucumán para saber en qué horario pasará el colectivo y cuál es la mejor combinación para llegar a tiempo. Su jornada termina recién a las 22 cuando regresa a su casa para cenar junto a su esposa y tres de sus cinco hijos. Así todos los días laborables, desde hace cinco años, el tiempo que lleva trabajando en el corralón.

En su tonada, Ernesto Duarte conserva un poco del acento de su Corrientes natal, pero se define como tucumano por adopción. Llegó acá en 1974 para estudiar ingeniería y, aunque no pudo terminar sus estudios, se aquerenció en la provincia. Acá completó un curso para ser piloto de avión, pero llegaron los tiempos de vacas flacas, como llama él, y ya no pudo despuntar el oficio de aviador. Asegura que desde siempre usó el colectivo como medio de transporte y eso se vislumbra en su gran sapiencia en materia de transporte urbano de pasajeros: sabe de líneas y recorridos, tanto que es fuente de consulta ineludible de amigos y colegas. También tiene un ojo crítico para el servicio. “La línea ocho es un desastre, aprovecho la oportunidad para decirlo, no te mandan unidades y te complica porque te hace llegar tarde”, asegura. Con la línea 101 es otro el problema: “Es un desastre papá, parece un colectivo limonero. Por eso la evito, porque las unidades son muy sucias, cuando llueve se gotean adentro y los asientos están llenos de tierra. Ojo, con los choferes hay que sacarse el sombrero porque son muy atentos, pero el servicio de la empresa es un desastre”.

Con sus avatares cotidianos, Ernesto se las ingeniaba para estar puntual en la oficina donde desempeña tareas administrativas. Pero el paro cambió toda esa rutina, hace cinco días que sale a hacer dedo y, si no tiene suerte, camina hasta donde le dan las piernas. Muchas veces llegó hasta la Plazoleta Mitre a pie: “Trato de buscar quien me acerque, busco la forma de acercarme y sino yo camino, le meto pata. No siempre uno puede conseguir quien lo lleve. Si los sueldos ya no alcanzan, menos con una situación de estas”, afirma sin ocultar su indignación.

“Esto es muy dañino para el usuario de colectivo, pero parece  que los empresarios no se dan cuenta, no les importa que haya gente que no puede volver a su casa y no tiene para comer en la calle”, reclama a la hora de buscar responsables del problema actual. Cansado de esta situación, esta mañana fue hasta la Radio Bicentenario (FM 103.3) donde dejó en claro su descontento. “Pienso que el servicio  debería cambiar. No podemos depender de un capricho de los empresarios, ellos quitan el servicio a los tucumanos sin importarles nada, yo les pido que tengan la solidaridad con la gente, que no nos dejen sin colectivo. Nos están atando de pies y manos y nos dejan a la intemperie. El gobierno tiene que tener mano dura y exigirles que brinden algo del servicio, aunque sea un  20% o un 30%, que el paro no sea total”, reiteró esta tarde el reclamo, aún sin saber que la medida de fuerza se había levantado y el servicio se restituirá mañana, aunque el viernes de nuevo no habrá colectivos debido a un paro, esta vez nacional.

Estos días que pasaron sin colectivos y la dificultad de llegar a horario, han puesto a Ernesto en jaque en su trabajo. “Me dijeron que trate de llegar como sea”, aclara y después agrega: “Ya estoy próximo a jubilarme y esto no me favorece para nada. Yo tengo miedo de que me echen. Además, yo necesito el trabajo. Si era más joven no me caliento, pero quién me va a dar laburo a mi edad. Yo lo cuido al trabajo, por eso me sacrifico y ahora tengo que pagar los platos rotos”. Sabe Ernesto que la calle está dura y más para caminarla temprano, a oscuras y con frío.

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