¿Para qué está tu familia si no va poner 'me gusta' en tu estado?

AFECTOS 2.0

Estoy pensando que al chanchito que hizo la casa de material lo cocinaron en un horno de barro. Mentira, a esa frase la venía masticando desde antes del almuerzo. En realidad pensaba muchas cosas a la vez, pero lo más nítido, donde más hacía foco era en no cometer algún error de ortografía y si la frase cosechará un buen puñado de me gusta.

Clínica para ojos en Tainan, Taiwan (1962) Fotografía de Wang Shuang-chuan


¿Qué estoy pensando? Estoy pensando que al chanchito que hizo la casa de material lo cocinaron en un horno de barro. Mentira, a esa frase la venía masticando desde antes del almuerzo. En realidad pensaba muchas cosas a la vez, pero lo más nítido, donde más hacía foco era en no cometer algún error de ortografía y si la frase cosechará un buen puñado de me gusta.

Entonces: Estoy pensando que al chanchito que hizo la casa de material lo cocinaron en un horno de barro, y compartir.

La frase no era lo musical que se pudiera pedir pero tampoco había una batería en medio de un solo de flauta traversa, zafa. Tenía lo que más me gusta: tomar un tema popular, que lo conocen todos y darle una vuelta de tuerca, meterle ironía. Y más social y sutil: denunciar el mensaje implícito de que usando ladrillos no te come el lobo. Si me preguntan es una buena frase, ya muy buena no me animo a decir. Como sea, es Facebook, en una semana ya no va a existir.

Me agarra miedo ¿Se me ocurrió a mí o ya se la dijo a la frase? Pensando un poco es imposible que no fuera ya repetida. Y seguro ya la escuché o la leí por ahí. No la habré recordado hasta que algo me conectó y me la puso al frente de mi nariz. Sino cómo explicar que un buen día de la nada me siente a reflexionar en los tres chanchitos. No me gustaría que alguien piense que soy un copión. Pero bueno, es Facebook. Si algo sale mal, en una semana ya nadie se acuerda.

Ya pasaron tres minutos, veamos. Agarro el celular y entro. Mierda, ningún numerito blanco encuadrado en rojo sobre el mundito azul. Nada, ninguna notificación. Salgo. Miro la pared, doy unas pataditas en el piso, me paro, doy una vuelta alrededor de la silla y me vuelvo a sentar. Entro. Nada. Es raro, ya van cinco minutos. Doy vuelta el celular, no hay platos para limpiar. Aunque me quedan cigarrillos voy a un kiosco a dos cuadras a comprar. Está cerrado. Regreso y acelero la marcha en el tramo final. Voy derecho al celular. Entro. ¡Nada!

Veo en mi perfil. Ahí está, inmaculada, mi frase. Hace 25 minutos me avisa Facebook. Ya es raro. No hay me gusta de los que ponen al toque, de los amigos de afuera, de los que les gusta mis frases, de los que la identifican del lado suyo de la grieta, no hay de mi familia ¿para qué está la familia sino va poner me gusta en tu estado?

Calma me digo. Miro el celular que lo había arrojado bastante lejos sobre la mesa. Entro una vez más. Pongo el pulgar donde corresponde que aparezca el mundito azul. Lo voy corriendo muy lentamente como esperando un envido salvador. Aparece el marco rojo y el número uno blanco, una notificación. Bien. Aunque diga uno, pueden ser varios me gusta, tres o cuatro aunque sea me digo. Entro en las notificaciones. Me invitan a un evento de mierda en dos semanas.

El celular no tiene la culpa. No salgo del Facebook, me dedico a ponerle me gusta a los estados de los otros. Voy arrastrando estados con el dedo, voy haciendo subir estados, y les pongo me gusta. Un rato muy largo así. Después hago el recorrido contrario de los estados, de arriba para abajo hasta que llego a la puta pregunta de qué estoy pensando. Y es muy caótico mi pensamiento, no encuentro mejor opción que irme a dormir la siesta.

Me levanto con la sensación de que algo tenía que hacer. Descalzo nomás voy por el celular. Voy con la esperanza de que un problema de sistema sea el responsable de retener un aluvión de me gusta. Entro. Tres notificaciones. Ninguna que me interese. Vuelvo a recorrer los estados de los otros. Noto con bronca como han aumentado sus me gusta. Entro a mi perfil y Facebook me dice que hace tres horas está mi frase. Tengo que recordarme que el celular no tiene la culpa para no estamparlo contra la pared. Termino el último cigarrillo y me voy al kiosco por un paquete más. Pago y le pido un favor a Cara i’ nada, que entre en su Facebook, que busque en mi muro y que me diga si ve mi frase. Sí me dice y me muestra la pantalla. Le pregunto si puede ponerle un me gusta para ver si funciona bien. Es que no me gusta me responde con pena.

Vuelvo a mi casa pensando que una frase de Facebook tiene veinticuatro horas de vida, después ya nadie la ve, en una semana ya nadie se acordará. Pero no me relajo. Entro y salgo frenéticamente muchas veces hasta que me voy a dormir.

A la mañana siguiente todo sigue igual. Algunas notificaciones sobre eventos y nuevos estados que tienen su gloria pasajera, de mi frase nada. Así todo el día. A la noche, cuando ya casi me olvido del rotundo fracaso veo una notificación que se refiere a mi estado. Entre comillas leo: Hoy tampoco recibiste me gusta por tu frase, seguro tendrás mayor suerte mañana.



Pablo Donzelli nació en 1974, en Santiago del Estero. Fundó y dirigió la revista Trompetas Completas (2004- 2015). Publicó Hemisferio Izquierdo (1999), Los Perfectores (2003), La Sonrisa que Pintó Leonardo (2007) y Jugo (2015). Participó en el libro de cuentos 5 x 5 (2016).

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