Verte llegar

CRÓNICA DE UN VIAJE

Máximo Olmos relata una travesía en el cerro Ñuñorco Grande. "El desafío es la oportunidad de sentir nuestra finitud, de soportar dolores para salvar compañeros, o simplemente para verla llegar".

Foto: Máximo Olmos


Un día cualquiera de un año cualquiera, personas viajan. Ella quiere descansar de su familia. Aquel quiere exponer una singular muestra de fotografía 3D a los 3.300 metros. Los coordinadores son trabajadores de altura, rigurosos y experimentados. Una pareja se ríe y camina la senda como si fuera cuento fantástico. Un grupo de chic@s se siente regio en la huella, charlan mientras pueden y el paisaje que redunda en silencio. Hacen un círculo para orar, para pedir misericordia a la inmensa naturaleza que, en esas alturas, te quita la vida con la fuerza espantosa de los vendavales o, simplemente, te la quita con un pasito en falso. Otros callan, no rezan, sólo piensan en positivo. Uno cuenta la anécdota de Álvaro, que se fue hasta La Ciudacita con una cámara para filmar en la espalda y la acarreó como un acto de redención. Mucho se reza y poco se conoce sobre redenciones. Irse a la montaña a subir 1.100 metros en seis kilómetros es, como mínimo, darle otro nombre al dolor.

Ella, que me enamora con sus bromas, me aclaraba: “Estoy en la parte en que piso una piedra y digo ‘ay’... piso otra piedra y digo ‘ay’...”. Al rato me confiesa: “Estoy en la parte en que digo ‘aaaayyyyyy’, en todas las piedras”. Me distraigo con un colibrí de cola roja y les fabulo que tiene la cola roja por su hábito alimenticio vinculado al picante. Me retan y me piden no imagine, que incomoda y que perdemos tiempo. Viene de nuevo, me avisa: “Estoy en la parte que no puedo ni putear del dolor”, tras lo cual comienzo una disquisición sobre si el dolor es un estado de la mente o es porque el Grupo Culmen nos instaló en la árida pendiente del cerro Ñuñorco. “Máximo, no me jodás, qué poder de la mente me hablás, tengo una ampolla que me hace ver estrellas”. Tras lo cual recuerdo seguimos arrastrándonos bajo un imponente cielo azul clarito, como el fondo de las piletas plásticas. Estábamos varios vestidos de azul como si fuéramos del equipo del cielo. Las comparaciones son como fotografías borrosas cuando no salen bien. En cambio, el paisaje en la montaña es nítido. Intraducible al idioma escrito. Quisiera decirles cómo es una huella con tierra fértil que da hacia el este, en el mismo cerro, y que tiene un sendero de jóvenes alisos. Pero aun así no digo nada. A todo esto, el grupo sigue bien formadito como cola de rapipago y les hablo como una vieja aburrida. Voy loco de contento y ella remonta feliz el cerro. Cuando se torna demasiado empinado el andar, me acerco y me hago el duque educado. Comento los consejos que me sirvieron para salvarme de los rigores del Abra del Inca y de las Montañas de las Ánimas. Sobretodo salvarme del Yastay, que mata a los egoístas. De principio le confesé a Fran sólo quería verla llegar. En las alturas todo se habla cortito y el resto es repechar. Me pareció genial que una amiga le pregunte a la otra por qué llevaba medias agujereadas al campamento. ¿Ser normal con la vestimenta es tener buen tino con la media? Mejor no pregunto, ella todavía no puede hacer que todos mis pares sean del mismo color. Entonces, para seguir la línea pregunte si había descuento para docente, o para las profesiones más golpeadas (como casi todas). Cuando los andariegos supieron que anduvimos por el camino inca, sentimos el CV crecía varios renglones y les dije que, con cada epopeya, crecíamos dos centímetros de altura. Respondieron: “Seguí así... te va a matar el Yastay por egoísta”. Seguí hablando bajito.

Empezó la cuenta regresiva a la cumbre: “Faltan 200 metros...”, a los 20 minutos, “faltan 180 metros...”, y le responden: “Me estás jodiendo”. Ahí uno se da cuenta que hacen faltan cursos para aprender a putear en el llano y en la altura. A su vez, comprendimos que un grupo bien coordinado puede cumplir buenos objetivos físicos. Supieron hacer un campamento intermedio para dos que no pudieron sobrepasar la primera teta o ‘ñuño’. De ahí su nombre Ñuñorco, que según se dice, tanto en quichua como en aymará, significa ‘cumbre con forma de teta’. En aquel impasse, un avivado, les preguntó si no querían les cuidemos sus sanguchitos. Soltamos carcajadas. Hubo otrito que no hizo caso al tema de la hidratación y a la vuelta venía bamboleándose como balanza de carro verdulero. Esa comparación es más criolla, menos marketinera. Las fotografías, en las pantallas del día después, son también como comparaciones del viaje:

Ella sobre las nubes (como en el cielo, riendo con San Peter) / Ella con gorra guerrillera (como lista para combatir las malas ondas) / Ellos risueños (como si todo fuera muy fácil) / Todos levantando los brazos (como si este pequeño logro nos salvara el año) / Alguien que le aburre las fotos (como si las fotos fueran a arruinar los momentos).

Se compara para dar talante justo, para sopesar.  Se transitan aventuras frenándonos para las fotos, cada tanto y tanto. Recordé a los poetas que saben el tiempo lo devora todo y que, ajustar cuentas, es vérselas con el olvido: por el desafío físico, por el riesgo, por lo imponente que es la naturaleza, sé este viaje al Ñuñorco atravesará los años limpiamente y pervivirá en la memoria de los 26 tucumanos. En estos viajes bien resueltos es pronta la generosidad y el amigarse. Me confortó compartir con un hombre que pisaba las seis décadas de vida y que relucía en su espíritu abierto, flexible al diálogo, signo de vida bien llevada. Me agrada sentir que en el talante está todo y que, en el mismo sentido, la montaña tiene algo inmemorial en su talante osco y silencioso.

Claro me acordé de ustedes, los amigos montañeses y la célebre película de la amistad. Recordé un amigo se hizo escritor en las alturas y ahora le guardo su música como un tesoro. Después compartimos las imágenes en familia, parece gran cosa y queremos que todos viajen. En las tomas del mosquito volador se puede apreciar que dios no atiende en las capitales, se puede sentir, otra vez, no somos nada. Ahorita, sólo escribir para no olvidar, fijensé qué poco. Más hermoso es acercarle la palangana con agua caliente y sal, a la antigua, para que afloje los pies, para que la amiga le diga viejita. El desafío del cerro es la oportunidad de sentir nuestra finitud, de soportar dolores para asistir compañer@s o, simplemente, para verla llegar. Esta semana la vi llegar, la sentí dueña de su sonrisa.

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