La vuelta de la colimba: un viejo anhelo de la derecha más rancia

OPINIÓN

La pregunta es: ¿sirvió la servicio militar obligatorio? Repasemos acá sólo algunos de los últimos episodios históricos en los cuales las Fuerzas Armadas han sido protagonistas.

El servicio militar en Argentina terminó por el homicidio de Omar Carrasco, asesinado durante el adiestramiento.


El regreso del servicio militar obligatorio es una obsesión de la derecha vernácula. Nada nuevo ni original bajo el sol: el proyecto de Ricardo Bussi ya había sonado en boca de otros personajes políticos de similar prosapia ideológica como el diputado salteño Alfredo Olmedo. Los argumentos en los que se sustenta esta idea son similares: se trataría de, parafraseando al hijo del represor, un método de inclusión social para aquellos jóvenes que no estudian ni trabajan. La singular propuesta parece retrotraerse al siglo XIX, los tiempos de la ley de levas, cuando se reclutaban a los gauchos que no poseían propiedad ni boleta de conchabo (antecesora de la actual boleta de sueldo) y se los obligaba a luchar contra las tribus indígenas en la frontera. Basta reemplazar aquella peonada rural malentretenida por la vagancia juvenil actual y a los aborígenes por amenazas más modernas como el narcotráfico y listo. Lo dicho: nada nuevo bajo el sol que entibia los arcaicos anhelos de nuestra derecha más rancia.

Al asociar el servicio militar obligatorio a la idea de inclusión social, Bussi parece partir de un presupuesto por demás anacrónico que le atribuye a nuestras Fuerzas Armadas el rol de formadoras de las nuevas generaciones. Ya en el siglo XX, cuando se instrumentó la ley que obligaba a los jóvenes a realizar la conscripción (En el año 1901, durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, a instancias del ministro de Guerra Pablo Riccheri), se comenzó a forjar en nuestro imaginario la idea de que el paso por el servicio era una instancia clave en la formación de los jóvenes. Según el saber popular de la época, los adolescentes, tras su paso por el adiestramiento militar, “se volvían hombres”. Militarismo y machismo van de la mano en esta idea fuertemente arraigada hasta hace no mucho tiempo atrás y que ahora el bussismo, en su afán innovador reactualiza.

Basta hacer un breve repaso por nuestra historia para comprender que, lejos de las esperanzas que albergan Bussi y otras manifestaciones de la derecha, las Fuerzas Armadas nunca concibieron al servicio militar obligatorio con fines pedagógicos, sino más bien serviles. Esto ha sido denunciado ya por el gaucho Martín Fierro en el poema gauchesco de José Hernández respecto a la ley de levas: Y ¡qué indios, ni qué servicio,/si allí no había ni cuartel!/Nos mandaba el coronel/a trabajar en sus chacras,/y dejábamos las vacas/que las llevara el infiel. Y no sólo en la ficción, sino que también ha quedado plasmado en el nombre con que popularmente se conoce a la conscripción en nuestro país: Colimba, abreviatura despectiva de corre, limpia y barre. En los hechos, para los jóvenes colimbas servir a la patria era igual a servir a los oficiales que servían a la patria. La pregunta es: ¿sirvieron? Repasemos sólo algunos de los últimos episodios históricos en los cuales las Fuerzas Armadas han sido protagonistas: aniquilación de las poblaciones originarias en el siglo XIX, bombardeo de la plaza de mayo en 1955, exterminio de civiles durante la última dictadura y de una parte de la generación posterior en la guerra de Malvinas, entre otros. También conviene recordar porqué se terminó con el servicio militar en nuestro país: el homicidio del soldado Omar Carrasco, asesinado durante el adiestramiento.

Ante la evidencia histórica, todo parece indicar que, lejos de encarnar el ideal del ejército sanmartiniano, nuestras Fuerzas Armadas no parecen la institución mejor preparada para educar a las nuevas generaciones de jóvenes e inculcarles valores humanísticos y ciudadanos. Bastaría recordar que la ESMA ostentaba el título de escuela y que prácticas aberrantes como el estancamiento y el baile eran comunes en la extinta conscripción. Como lo recuerdan todavía muchos de los jóvenes soldados que fueron a la guerra de Malvinas y sufrieron en carne propia el autoritarismo de sus oficiales. Quizás las ficciones del cine hollywoodense han contribuido a la confusión, pero el ejército no es una fábrica que convierte a personas de a pie en letales y frías armas bélicas. Menos a personas que no desean convertirse en esas armas. Mucho menos nuestro ejército con sus antecedentes. Por otra parte, conviene preguntarnos: ¿necesitamos más soldados o más maestros, profesores, médicos, poetas o albañiles?  Tal vez lo que necesitamos son políticos que piensen en verdaderas formas de inclusión social; en definitiva políticos que estudien y que trabajen. 

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