¡Ay, mi Tucumán querido!

OPINIÓN

Los políticos tucumanos como bandas de ladrones.

Captura de video.-


No estamos ante la decadencia del Imperio Romano ni ante la invasión de los bárbaros, pero la Argentina, en general, y Tucumán, en particular, hace décadas que, ininterrumpidamente, vienen atravesando por una degradación política tan profunda que bien haremos en preguntarnos y analizar por qué seguimos fracasando como país y como provincia. Y, aunque la escala comparativa sea diferente a lo que acontecía en el siglo V d.C., cuando san Agustín escribía la Ciudad de Dios, los procesos políticos que vivimos en el actual mundo globalizado; en nuestras patrias chicas (del país y de la provincia), guardan aleccionadoras analogías con aquel colapso de Roma, que es bueno evocar y analizar aquí.
            El 24 de agosto del año 410 las tropas del bárbaro Alarico entraban a saquear Roma “a hierro y fuego”. San Agustín predicaba entonces un Sermón sobre la caída de Roma en el que decía: “Horribles noticias nos han llegado de mortandades, incendios, saqueos, asesinatos y otras muchas enormidades, cometidas en aquella ciudad… se han cometido innumerables barbaridades en Roma”. ¿Qué analogía podrían tener esas imágenes apocalípticas con las imágenes políticas tucumanas actuales? Cambiando todo lo que haya que cambiar, se encuentra un aire de familia entre aquella crisis política romana con la honda crisis política tucumana.
Cuando uno abre el libro “#Tucumanazo 2015 –Las elecciones que torcieron el rumbo político del país-“1, y se asoma a las primeras palabras del prólogo lee: “Los textos de historia dirán que en las elecciones en Tucumán del 23 de agosto de 2015, después de 12 años de gobierno, al ex radical José Alperovich, devenido en kirchnerista, lo sucedió su vicegobernador, el médico Juan Luis Manzur. Pero para los argentinos –y, especialmente, a partir de este libro (dice la prologuista)- esos comicios serán recordados como los más bochornosos, judicializados y cuestionados en la historia de la provincia norteña”.
La comparación posible entre aquella política romana, fechada en agosto del 410 d.C., y la actual política tucumana, de agosto del 2015 d.C., no recae sólo en las “afinidades” de los acontecimientos y las fechas de un mes de agosto, en dos contextos o constelaciones políticas separadas por más de mil seiscientos años, sino en algo más profundo; esto es en el paralelismo entre procesos de vicios y corrupciones políticas estructurales (o ausencia de virtudes políticas fundamentales). El propio san Agustín lo ilustra, para esa  época del eclipse del imperio romano, en su libro La Ciudad de Dios, estableciendo expresamente una “semejanza entre las bandas de ladrones y los reinos injustos” (Ciudad de Dios, IV,4).
Apelando a conceptos políticos que caracterizan un estado de derecho, de ayer o de hoy, mutatis mutandi, el obispo de Hipona decía. “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?”, y dichas bandas, añadía, “…toman ciudades y someten pueblos: abiertamente se denominan reinos, título que a todas luces le confiere no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda”. Injusticia, impunidad y el no sometimiento al imperio de la ley son las características de los reinos o estados que están gobernados por bandas de ladrones.
Para pasar de esas abstracciones políticas conceptuales a los ejemplos políticos encarnados, san Agustín refería que, con toda finura y profundidad, un pirata caído prisionero, respondió al célebre Alejandro Magno, cuando este le interpeló diciendo: “¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?”. “Lo mismo que a ti el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador”.
Antes de incursionar en el paralelismo entre Alejandro Magno y los zares, reyes o mandamases tucumanos, reitero la estructura conceptual fundamental para tratar de echar luz sobre la constitución política de un estado de derecho (municipal, provincial o nacional, para nuestro caso). El triángulo virtuoso de la política está estructurado en tres puntos: la Ley, la Justicia y la Ética. La contrapartida conceptual viciosa de la política está formada por la Anomia o Ilegalidad, la Injusticia y la Impunidad, y por la Corrupción y la Deshonestidad.
Vayamos al centro de la cosa de esta (¿temeraria?) acusación de que los políticos tucumanos vienen operando como “bandas de ladrones”. A nadie debiera escandalizar al decir que lo que impera en Tucumán hace muchas décadas es la iniquidad de la inequidad, la injusticia escandalosa y la corrupción obscena. Y si en un estado no hay justicia, es signo de que está gobernado por una banda de ladrones, san Agustín dixit. Pero nos internemos en concreto en algunas de las gruesas pinceladas sombrías, con más oscuridades que claridades, que han pintado en el valiente, lúcido y riguroso periodismo de investigación Benito, Sánchez y Stanich. Periodistas que ya habían mostrado su valía en su obra anterior. “A su salud. La historia de Juan Luis Manzur, el ministro más rico de la era kirchnerista”.
Del comienzo al fin de “Tucumanazo 2015” se nos confronta con la farsa, el fraude y el bochornoso salvajismo electoral que aconteció aquel fatídico domingo 23 de agosto de 2015, tal como lo muestran los periodistas tucumanos. Y el meollo del colapso político de una provincia o de una república radica, como se consignó, en la falta de articulación, imprescindible, entre la Ley, la Justicia y la Ética Política. La falta de independencia entre los tres poderes (el legislativo, el ejecutivo y el judicial) abre el camino hacia gobiernos autocráticos y dictatoriales, aunque tengan la fachada de haber sido elegidos democráticamente.
Uno de los puntos más graves en este proceso de “salvajismo electoral”, radica en las “relaciones carnales entre el poder ejecutivo y el poder judicial”. Mencionemos algunos casos puntuales: Se nos refiere que si en el 2016 escandalizaba que un juez federal (Sebastián Casanello), a cargo de causas sensibles y delicadas para el poder político nacional, se reuniera con la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner en la Quinta de Olivos, en el Tucumán de 2015 se había perdido el asombro y, con él, la capacidad de repudio; en tal sentido los periodistas tucumanos citan a Simone de Beauvoir: “lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”; y es que la provincia tucumana parece a veces una caricatura de la Argentina de los límites institucionales rotos.
Las relaciones carnales entre la justicia y el poder político tendieron a naturalizarse en la provincia durante la década alperovichista. En esta “politización de la Justicia local” la tiene un personaje responsable de los manejos poco claros de la justicia sometiéndose al ejecutivo local, Edmundo Jiménez, histórico Ministro de Gobierno y Justicia del alperovichismo, que devino jefe de los fiscales y de los defensores oficiales; desde entonces “cruje la división de poderes”.

No estamos ante la decadencia del Imperio Romano ni ante la invasión de los bárbaros, pero la Argentina, en general, y Tucumán, en particular, hace décadas que, ininterrumpidamente, vienen atravesando por una degradación política tan profunda que bien haremos en preguntarnos y analizar por qué seguimos fracasando como país y como provincia. Y, aunque la escala comparativa sea diferente a lo que acontecía en el siglo V d.C., cuando san Agustín escribía la Ciudad de Dios, los procesos políticos que vivimos en el actual mundo globalizado; en nuestras patrias chicas (del país y de la provincia), guardan aleccionadoras analogías con aquel colapso de Roma, que es bueno evocar y analizar aquí.

El 24 de agosto del año 410 las tropas del bárbaro Alarico entraban a saquear Roma “a hierro y fuego”. San Agustín predicaba entonces un Sermón sobre la caída de Roma en el que decía: “Horribles noticias nos han llegado de mortandades, incendios, saqueos, asesinatos y otras muchas enormidades, cometidas en aquella ciudad… se han cometido innumerables barbaridades en Roma”. ¿Qué analogía podrían tener esas imágenes apocalípticas con las imágenes políticas tucumanas actuales? Cambiando todo lo que haya que cambiar, se encuentra un aire de familia entre aquella crisis política romana con la honda crisis política tucumana.

Cuando uno abre el libro “#Tucumanazo 2015 –Las elecciones que torcieron el rumbo político del país-“, y se asoma a las primeras palabras del prólogo lee: “Los textos de historia dirán que en las elecciones en Tucumán del 23 de agosto de 2015, después de 12 años de gobierno, al ex radical José Alperovich, devenido en kirchnerista, lo sucedió su vicegobernador, el médico Juan Luis Manzur. Pero para los argentinos –y, especialmente, a partir de este libro (dice la prologuista)- esos comicios serán recordados como los más bochornosos, judicializados y cuestionados en la historia de la provincia norteña”.

La comparación posible entre aquella política romana, fechada en agosto del 410 d.C., y la actual política tucumana, de agosto del 2015 d.C., no recae sólo en las “afinidades” de los acontecimientos y las fechas de un mes de agosto, en dos contextos o constelaciones políticas separadas por más de mil seiscientos años, sino en algo más profundo; esto es en el paralelismo entre procesos de vicios y corrupciones políticas estructurales (o ausencia de virtudes políticas fundamentales). El propio san Agustín lo ilustra, para esa  época del eclipse del imperio romano, en su libro La Ciudad de Dios, estableciendo expresamente una “semejanza entre las bandas de ladrones y los reinos injustos” (Ciudad de Dios, IV,4).

Apelando a conceptos políticos que caracterizan un estado de derecho, de ayer o de hoy, mutatis mutandi, el obispo de Hipona decía. “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?”, y dichas bandas, añadía, “…toman ciudades y someten pueblos: abiertamente se denominan reinos, título que a todas luces le confiere no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda”. Injusticia, impunidad y el no sometimiento al imperio de la ley son las características de los reinos o estados que están gobernados por bandas de ladrones.

Para pasar de esas abstracciones políticas conceptuales a los ejemplos políticos encarnados, san Agustín refería que, con toda finura y profundidad, un pirata caído prisionero, respondió al célebre Alejandro Magno, cuando este le interpeló diciendo: “¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?”. “Lo mismo que a ti el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador”.

Antes de incursionar en el paralelismo entre Alejandro Magno y los zares, reyes o mandamases tucumanos, reitero la estructura conceptual fundamental para tratar de echar luz sobre la constitución política de un estado de derecho (municipal, provincial o nacional, para nuestro caso). El triángulo virtuoso de la política está estructurado en tres puntos: la Ley, la Justicia y la Ética. La contrapartida conceptual viciosa de la política está formada por la Anomia o Ilegalidad, la Injusticia y la Impunidad, y por la Corrupción y la Deshonestidad.

Vayamos al centro de la cosa de esta (¿temeraria?) acusación de que los políticos tucumanos vienen operando como “bandas de ladrones”. A nadie debiera escandalizar al decir que lo que impera en Tucumán hace muchas décadas es la iniquidad de la inequidad, la injusticia escandalosa y la corrupción obscena. Y si en un estado no hay justicia, es signo de que está gobernado por una banda de ladrones, san Agustín dixit. Pero nos internemos en concreto en algunas de las gruesas pinceladas sombrías, con más oscuridades que claridades, que han pintado en el valiente, lúcido y riguroso periodismo de investigación Benito, Sánchez y Stanich. Periodistas que ya habían mostrado su valía en su obra anterior. “A su salud. La historia de Juan Luis Manzur, el ministro más rico de la era kirchnerista”.

Del comienzo al fin de “Tucumanazo 2015” se nos confronta con la farsa, el fraude y el bochornoso salvajismo electoral que aconteció aquel fatídico domingo 23 de agosto de 2015, tal como lo muestran los periodistas tucumanos. Y el meollo del colapso político de una provincia o de una república radica, como se consignó, en la falta de articulación, imprescindible, entre la Ley, la Justicia y la Ética Política. La falta de independencia entre los tres poderes (el legislativo, el ejecutivo y el judicial) abre el camino hacia gobiernos autocráticos y dictatoriales, aunque tengan la fachada de haber sido elegidos democráticamente.

Uno de los puntos más graves en este proceso de “salvajismo electoral”, radica en las “relaciones carnales entre el poder ejecutivo y el poder judicial”. Mencionemos algunos casos puntuales: Se nos refiere que si en el 2016 escandalizaba que un juez federal (Sebastián Casanello), a cargo de causas sensibles y delicadas para el poder político nacional, se reuniera con la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner en la Quinta de Olivos, en el Tucumán de 2015 se había perdido el asombro y, con él, la capacidad de repudio; en tal sentido los periodistas tucumanos citan a Simone de Beauvoir: “lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”; y es que la provincia tucumana parece a veces una caricatura de la Argentina de los límites institucionales rotos.

Las relaciones carnales entre la justicia y el poder político tendieron a naturalizarse en la provincia durante la década alperovichista. En esta “politización de la Justicia local” la tiene un personaje responsable de los manejos poco claros de la justicia sometiéndose al ejecutivo local, Edmundo Jiménez, histórico Ministro de Gobierno y Justicia del alperovichismo, que devino jefe de los fiscales y de los defensores oficiales; desde entonces “cruje la división de poderes”.

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