Me niego a ser ese hincha

OPINIÓN

La pasión y el amor por los colores, en ocasiones transforman al hincha común en un ser difícil de entender.


Ponerme la camiseta, agarrar la Ciudadana, subirme al colectivo y caminar al estadio, forman parte del ritual del fútbol, que para la persona que escribe estas palabras, es el juego más lindo y emocionante que pueda existir.
Subir por las escaleras hasta la platea, sentarme y quedar rodeado de esos cientos de "hermanos de colores", que con seguridad sienten lo mismo que yo, me llena de emoción y ansiedad, en la que ver la formación de mi equipo, intentar ver la táctica que utiliza nuestro técnico, ver a los jugadores y lo que hace el conjunto rival, son las cosas que más disfruto de presenciar ese show en vivo, el cual siempre quiero que termine de la misma manera: en victoria.
Sin embargo, en esos 90 minutos desde que el árbitro hace sonar el silbato para que la "bocha" empiece a rodar, las almas adentro de esas cuatro tribunas parecen quedar aisladas en una burbuja, donde la racionalidad y el sentido común parece tener prohibido el ingreso.
No sé si la palabra "racionalidad" es exagerada o está mal usada, pero en esos minutos en los que los 22 jugadores intentan meter la pelota adentro del arco, en muchos de esos largos segundos me detengo -en ocasiones de forma obligada- a ver en lo que para mí son insólitas e incomprensibles reacciones de mis "hermanos de colores".
La caída de un jugador, un offside mal sancionado, una lateral que provoca que el banderín apunte en dirección desfavorable o una amarilla que pinta a uno de los nuestros y no a uno de los otros, provoca una “ceguera” que solo puede ser calmada con un grito de furia dirigido al árbitro o a un rival, sea cuál sea el minuto de juego.
Todas esas variables que se dan durante un partido no son justificativo, a mi entender, para que alguien insulte, desee una grave lesión o hasta la muerte del que está en frente y que intenta hacer lo mismo que mi equipo, ganar. 
Debo confesar que soy un tipo con un vocabulario bastante amplio cuando se trata de definir situaciones o personas que me desagradan, pero doy gracias de que todo lo que pasa en una cancha de fútbol no despierta en mi esa locura que me transformaría en una persona totalmente desconocida a la que soy en mi día a día.  
Al brotar en mi esa objetividad, que por fortuna no es bloqueada por el amor a mi club, la locura de mis "hermanos de colores" se vuelve más explícita, ya que decir en voz alta mientras todos protestan: "no fue penal", o "fue offside" o "se tiró" ante una supuesta falta no sancionada, se pueden convertir en el detonante para generar miradas de bronca y hasta discusiones por no quedarme "ciego" al ver a los muchachos que defienden mis colores intentando sacar una ventaja. 
Con esta columna no busco darle respuestas los lectores de estas conductas, sino plantear la incógnita de por qué esas personas que día a día son padres, hermanos, hijos, estudiantes o trabajadores, dan un giro a su personalidad, capaces de llegar a las manos por algunas situaciones que el partido produce, como ser, por ejemplo (y ejemplos hay de más) el grito de gol de un relator partidario del visitante, que con solo expandir un poco la letra “o”, es motivo para que las miradas llenas de odio y algunos gritos poco cordiales comiencen surcar el aire de la tribuna.  
Esos signos de locura, adornados con los colores que amo, en ocasiones me desaniman y me llevan a pensar que en la comodidad de mi hogar la pasaré mucho mejor, sin renegar de aquellos que salieron de casas y en que en masa, se transforman en otro.
No reniego de la pasión ni de la fiesta que envuelve al fútbol, que nadie me malinterprete, sino de aquellos desconocidos que en el fondo sé que afuera del estadio no son así, pero que durante esos 90 minutos no llegó a comprenderlos.
Quiero aclarar que no todos aquellos que van a ver a su equipo quedan adentro de esta burbuja de irracionalidad, ya que tengo amigos, conocidos y personas que uno ve esas dos veces por mes cuando la fiesta es en casa, que mantienen la cordura e intentan ver más allá del presunto "robo" del árbitro o de si pusimos huevos o no. 
Hace poco me convertí en padre y la pregunta que no falta entre mis familiares y amigos es cuándo llevaré al pequeño por primera vez a la cancha. Mi respuesta siempre es la misma: "cuando entienda lo que es el fútbol". Aunque pensándolo bien, en muchas ocasiones y con mis 31 años, ni siquiera yo lo comprendo.
Ponerme la camiseta, agarrar la Ciudadana, subirme al colectivo y caminar al estadio, forman parte del ritual del fútbol, que para la persona que escribe estas palabras, es el juego más lindo y emocionante que pueda existir.

Subir por las escaleras hasta la platea, sentarme y quedar rodeado de esos cientos de "hermanos de colores", que con seguridad sienten lo mismo que yo, me llena de emoción y ansiedad, en la que ver la formación de mi equipo, tratar de enteder la táctica que utiliza nuestro técnico, ver a los jugadores y lo que hace el conjunto rival, son las cosas que más disfruto de presenciar ese show en vivo, el cual siempre quiero que termine de la misma manera: en victoria.

Sin embargo, en esos 90 minutos desde que el árbitro hace sonar el silbato para que la "bocha" empiece a rodar, las almas adentro de esas cuatro tribunas parecen quedar aisladas en una burbuja, donde la racionalidad y el sentido común parece tener prohibido el ingreso.

No sé si la palabra "irracionalidad" es exagerada, pero en esos minutos en los que los 22 jugadores intentan meter la pelota adentro del arco, me detengo -en ocasiones de forma obligada- a ver en lo que para mí son insólitas e incomprensibles reacciones.

La caída de un jugador, un offside mal sancionado, una lateral que provoca que el banderín apunte en dirección desfavorable o una amarilla que pinta a uno de los nuestros y no a uno de los otros, provoca una “ceguera” que solo puede ser calmada con un grito de furia dirigido al árbitro o a un rival, sea cual sea el minuto de juego.

Todas esas variables que se dan durante un partido no son justificativo, a mi entender, para que alguien insulte, desee una grave lesión o hasta la muerte del que está en frente y que intenta hacer lo mismo que mi equipo, ganar. 

Debo confesar que soy un tipo con un vocabulario bastante amplio cuando se trata de definir situaciones o personas que me desagradan, pero doy gracias de que todo lo que pasa en una cancha de fútbol no despierta en mi esa locura que me transformaría en una persona totalmente desconocida a la que soy en mi día a día.
  
Al brotar en mí esa "objetividad", que por fortuna no es bloqueada por el amor a mi club, la locura de mis "hermanos de colores" que me rodean se vuelve más explícita, ya que decir en voz alta mientras todos protestan: "no fue penal", o "fue offside" o "se tiró" ante una supuesta falta no sancionada, se pueden convertir en el detonante para generar miradas de bronca y hasta discusiones por no quedarme "ciego" al ver a los muchachos que defienden mis colores intentando sacar una ventaja. 

Con esta columna no busco darle respuestas a los lectores de estas conductas, sino plantear la incógnita de por qué esas personas que día a día son padres, hermanos, hijos, estudiantes o trabajadores, dan un giro a su personalidad, capaces de llegar a las manos por algunas situaciones que el partido produce.

Esos signos de locura, adornados con los colores que amo, en ocasiones me desaniman y me llevan a pensar que en la comodidad de mi hogar la pasaré mucho mejor, sin renegar de aquellos que salieron de sus casas y en que en masa, se transforman en otro.

No reniego de la pasión ni de la fiesta que envuelve al fútbol, que nadie me malinterprete, sino de aquellos desconocidos que en el fondo sé que afuera del estadio no son así, pero que durante esos 90 minutos no llegó a comprenderlos.

Quiero aclarar que no todos aquellos que van a ver a su equipo quedan adentro de esta burbuja de irracionalidad, ya que tengo amigos, conocidos y personas que uno ve esas dos veces por mes cuando la fiesta es en casa, que mantienen la cordura e intentan ver más allá del presunto "robo" del árbitro o de si pusimos huevos o no. 

Hace poco me convertí en padre y la pregunta que no falta entre mis familiares y amigos es cuándo llevaré al pequeño por primera vez a la cancha. Mi respuesta siempre es la misma: "cuando entienda lo que es el fútbol". Aunque pensándolo bien, en muchas ocasiones y con mis 31 años, ni siquiera yo lo comprendo.

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